30 Abr 17

¿Qué es el populismo?

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Según el populismo (primer teorema), el pueblo sabe lo que quiere. Y, cuando quiere algo (segundo teorema), siempre tiene razón. Falta (postulado) que realmente sea él quien lo quiere. Falta también (corolario) que nada obstaculice esa legítima pretensión.

En otros términos, el populismo dice al mismo tiempo: confianza ilimitada en los recursos y en la capacidad del pueblo, y desconfianza hacia todo aquello que podría interpretar, desvirtuar, diferir la justa expresión de ese pueblo que, librado a sí mismo, libre de obstáculos, tiene buen criterio por naturaleza.

¿Interpretar? Los intelectuales, las élites. Y por eso el populismo es siempre un antintelectualismo, una reacción contra las élites.

¿Desvirtuar? La maledicencia. La hipocresía política. Y por eso, de Tsipras a Le Pen, de Trump a Mélenchon, el populismo siempre recurre al lenguaje vivo contra el lenguaje vacío, al lenguaje crudo, truculento, contra la lengua supuestamente muerta, constreñida por los tabúes, de lo políticamente correcto.

¿Diferir? Las leyes. El derecho. Las instituciones. La razón en el puesto de mando. La política. Todos esos ornamentos, esos suplementos redundantes e inútiles, esas formas vacías, cuyo único efecto será siempre, dicen y repiten los populistas, ahondar un poco más en la diferencia, un filósofo del siglo XX habría dicho la différance o, simplemente, la distancia entre el pueblo y sí mismo, entre su sana y santa voluntad y su expresión desvirtuada.

Hay políticos buenos y malos, dicen.

Están los que actúan de común acuerdo con el mundo del vacío y los que han sabido desvincularse de él.

Y lo propio de quien ha sabido hacer tal cosa es haber conjurado esa enfermedad que lo distancia del cuerpo social; es estar en contacto directo con los rencores, y también las esperanzas, de lo que los romanos llamaban, no el populus, sino la turba; es estar en contacto directo, también, con las fluctuaciones de esa turba tal y como se expresan, día tras día, a través de la enfermedad de los sondeos.

Ah, los sondeos…

Cuando aparecieron los sondeos, algunos dijeron: un instrumento más en manos de los poderosos que van a escudriñarnos, a evaluarnos, a manipularnos.

Pero los más lúcidos —¿y por desgracia, los populistas estaban entre ellos?— respondieron: al contrario, es la opinión pública la que triunfa; ella la que, en adelante, llevará la voz cantante; ¿qué Gobierno podría ignorarla?, ¿cómo no tener en cuenta una voluntad popular tan sabia, constante e incesantemente medida?

Y he aquí que los roles se invierten: la Opinión arrogante, el Príncipe humillado; la Opinión en los graderíos, el Príncipe en el estadio; el Pueblo rey, pues es él quien presiona, acosa y atemoriza al Príncipe, y el Príncipe recientemente rebajado.

Otro filósofo de la misma época, Michel Foucault, describió los mecanismos del poder tomando como modelo el panóptico de Bentham, ese centro invisible a partir del cual un amo, ausente, escudriña el cuerpo social: nadie lo ve, pero él ve a todo el mundo; es estructuralmente invisible, pero esa misma invisibilidad hace visible a la sociedad; y es esta visibilidad la que, al final, nos hace tan totalmente controlables.

El populismo ha dado la vuelta al dispositivo: pueblo invisible, poder visible; un pueblo que se escabulle, un poder conminado a mostrarse; ya nadie ve al pueblo, pero él ve todo el tiempo a sus amos (en los periódicos, en Twitter y en Facebook, en los programas de la señora Le Marchand, en los falsos debates, ajenos a toda voluntad de veracidad, que se organizan en nuestros días); de forma que, si el secreto del poder está en la mirada, el populismo es una de las fórmulas más elaboradas del poder en la Edad Moderna.

¡Ah, si pudiéramos reemplazar de una vez las elecciones por los sondeos!, piensa el populista.

Si pudiéramos transformar la república en concurso televisivo; las elecciones, en plebiscito; la audiencia, en audímetro; si pudiéramos terminar con el pueblo y coronar al “gran animal” de Platón o a esa plebe que, según los sofistas, debía reemplazar al demos.

¿La plebe? El verdadero pueblo.

¿El audímetro? ¿El plebiscito? Modos de una única sustancia: la sociedad concebida como un cuerpo pleno, deslumbrado por el espectáculo de su propia presencia.

Hay una psicología del populismo: el narcisismo de los individuos, ebrios de sí mismos y de su suficiencia.

Una fisiología: ese no sé qué abotargado, autosatisfecho, ahíto que encontramos en todos los Trump, Berlusconi y Le Pen varios (padre e hija).

Una metafísica: la idea de una voluntad general causa sui, anterior a toda palabra y, más aún, a todo contrato, una voluntad natural, soberana y naturalmente buena con la que volver a conectar a poco que se sepa eliminar los filtros y mediaciones que la oscurecen.

El populista será inevitablemente nacionalista: ¿el nacionalismo no es el camino más corto para ir hacia una comunidad libre de todo filtro o mediación?

El populista será implacable a la hora de fabricar alteridad y de generar enemigos: pues, si no, ¿cuál sería el medio de imaginar esa presencia en sí? Si no se dota de una exterioridad masiva y obsesivamente denunciada, ¿cuál sería el medio para reunir su propio cuerpo en una identidad recuperada?

El populismo es una propedéutica del odio, de la exclusión y, en definitiva, del racismo: véase el discurso antinmigrantes de Hungría a Estados Unidos, de Polonia a Rusia.

¿El populismo? La enfermedad senil de las democracias.

Decimos “populismo”. Y es el nombre, finalmente único, de la reacción de las democracias al pánico que les gana y a la desbandada que las amenaza.

Sálvese quien pueda: la última palabra de los populistas.

Bernard-Henri Lévy es filósofo.

FUENTE: http://elpais.com/elpais/2016/12/01/opinion/1480600428_619998.html

27 Abr 17

En defensa de la igualdad

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Cada vez son más las voces que reclaman una solución política al problema de Cataluña. Acto seguido, estas mismas voces nos explican que con la ley sólo no basta y que es imprescindible acudir a la política para resolver el conflicto. El último en sumarse con entusiasmo a esta creativa tesis ha sido Albert Rivera en la entrevista publicada el domingo 6 de noviembre en El País. Aunque, ciertamente, no es la primera vez que apunta esa idea ni que obra en consecuencia.

El gran problema no es el nacionalismo de los nacionalistas sino el de quienes, sin supuestamente serlo, se comportan como si lo fueran… y, desde luego, que quienes ciertamente no lo son hayan renunciado expresamente a plantar cara a quienes quieren abundar en la idea de que España es una suma de parcelas con intereses contrapuestos en lugar de un país de ciudadanos libres e iguales en derechos y obligaciones. Y que, bien por intereses electorales o pereza intelectual, defienden ya un proyecto asimilado al del nacionalismo. O utilicen argumentos semejantes a quienes no tienen otro objetivo que seguir obteniendo ventajas políticas y privilegios económicos a costa del conjunto de los ciudadanos españoles. Hablar de problema catalán -que es lo que se colige de la fórmula reformas que necesitan los catalanes– como algo fragmentado o escindido del resto de España es demencial; esgrimir una solución política como un ente diferenciado del resto de España y de la aplicación de la ley, un inmenso error.

No existe un problema catalán ni con Cataluña, sino un grave problema en España al estar en tela de juicio nuestra ciudadanía compartida. Este problema, de extrema gravedad, no afecta a unos determinados y pretendidos nativos, residentes en una determinada parte del país, sino al conjunto de sus legítimos titulares: los ciudadanos españoles. Cuando se quiere fragmentar la ciudadanía, y se pretende ejercer un ficticio derecho a decidir para realmente privarnos del verdadero derecho a decidir que detentamos el conjunto de ciudadanos españoles sobre las cuestiones que nos afectan, estamos ante un problema, de magnitudes considerables, que afecta a todos los ciudadanos, no a una parte de ellos. Aunque algunos aún no lo entiendan, la ciudadanía no nos la concede nuestro lugar de origen ni nuestros afectos geográficos: es respetable que los tengamos, pero a efectos políticos son irrelevantes. Lo que nos hace ciudadanos es la ley común, democráticamente otorgada, que es igual para todos y frente a la que todos somos iguales. Esa ley se puede modificar por los cauces democráticamente establecidos y a través de los procedimientos que todos debemos cumplir. Lo que no se puede modificar ni derogar en ningún caso es nuestra cualidad de ciudadanos. La ciudadanía no viene configurada por una historia, lengua, sangre, etnia o leyenda comunes, ni siquiera por unos lazos culturales o afectivos compartidos, sino por la ley que nos iguala y permite la convivencia entre diferentes. Nuestra comunidad política es democrática porque no se asienta en ninguna baja pasión, ni en elemento emocional alguno, sino en el aglutinante de la ley común, elemento racional a partir de cuyo cumplimiento cada uno puede ser tan parecido o diferente al vecino como le plazca. Así, haber nacido o residir en un lugar o en otro de España no puede concedernos un estatus jurídico o económico privilegiado.

Si el planteamiento que algunos hacen del problema es grave, la solución que ofrecen lo es aún más. Entre la ley y su incumplimiento no existe una tercera vía, por más que se empeñen en dibujar soluciones mágicas e imposibles. En democracia, no hay nada fuera de la ley. Cuando un gobierno legítimo y democrático plantea el estricto cumplimiento de la legalidad vigente, y otro, de idéntica naturaleza, propugna el desacato a la ley y un golpe de Estado institucional, aunque sea por fascículos o a cámara lenta, inmediatamente la simetría entre ambos queda rota. No se puede poner en pie de igualdad ni repartir cuotas de responsabilidad entre quien cumple las reglas del juego y quien sistemáticamente las ignora y vulnera.

La modificación de las leyes, opción legítima y hasta recomendable en muchos casos, jamás puede presentarse como atractivo idóneo para propiciar que algunos bajen del monte. Deben bajar del monte aunque las leyes no se modifiquen e incluso aunque prometamos no hacerlo. Que modifiquemos las reglas del juego ha de ser una decisión legítima de todos nosotros, tomada sin presiones ni chantajes y, desde luego, nunca configurada como intento de calmar o integrar a los que han hecho de su voluntaria exclusión del sistema todo fundamento político. Nuestras normas se habrán de cambiar, además, en el sentido contrario a lo que algunos proclaman: para garantizar una financiación justa e igualitaria, para eliminar privilegios fiscales y asimetrías inaceptables como el concierto económico vasco o el convenio navarro o para recuperar para el Estado competencias legislativas en Educación, Sanidad y Justicia, preservando así el igual acceso a los servicios públicos de todos los ciudadanos, con independencia de su lugar de origen o residencia. Es poco probable que los nacionalistas bajen del monte cuando estas propuestas se lleven a cabo… así que es mejor no prometerles modificaciones legales que les acomoden si bajan del monte.

Determinadas declaraciones parecen el preludio de un pacto fiscal para Cataluña. Esto es, de un nuevo ataque a la igualdad de todos los ciudadanos españoles. Abonado el terreno de las supuestas soluciones políticas, esperan que nadie alce la voz. Por desgracia para ellos, UPyD siempre estará enfrente de cualquier chanchullo que fracture la convivencia y consolide la segregación entre ciudadanos de primera y de segunda. Para nosotros, el objetivo político ha de ser bien distinto. No se trata de acomodar a los territorios, entes inanimados y carentes de derechos, y menos aún a los insaciables nacionalistas, expertos seculares en hacer del chantaje estrategia única de acción política, sino de garantizar y preservar más bienestar y más igualdad para todos. Del acomodo real de este valor político, la igualdad, hoy olvidado premeditadamente por demasiados, depende nuestro futuro.

Gorka Maneiro  y Guillermo del Valle.

FUENTE:http://www.elmundo.es/opinion/2016/12/10/584ae78e22601ddf628b4664.html

26 Abr 17

Andrés Aberasturi, Miguel Ángel Idígoras y Miguel Vázquez se unen a “Plataforma Ahora”

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  • A los firmantes ya anunciados, se suman estos nuevos perfiles que apoyan a Ahora, plataforma ciudadana que reclama un proyecto político en el centro izquierda español y que se dispone a defender los principios e ideas recogidos en su manifiesto fundacional.
  • En poco más de un mes, esta iniciativa, impulsada por Gorka Maneiro, cuenta con importantes apoyos y destacados nombres de panorama intelectual, político y social.

La Plataforma Ahora sigue dando pasos importantes y sumando a nombres relevantes a su proyecto. Hace poco más de un mes que se presentó y cada día son más los que se suman a esta iniciativa, impulsada por Gorka Maneiro, y que pone de manifiesto la necesidad de un espacio de centro izquierda en el panorama político español.

A los firmantes ya anunciados, se unen nuevos perfiles como los reconocidos periodistas, Andrés Aberasturi y Miguel Ángel Idígoras y el joven politólogo, Miguel Vázquez, quien concurrió a las elecciones autonómicas de Galicia, en 2016, como miembro de la lista electoral de Unidos Sí.

Andrés Aberasturi, conocido periodista español nacido en Madrid en julio de 1948. Inició su andadura profesional como redactor en prensa, pero ha desarrollado casi toda su carrera en televisión y radio. Licenciado en Periodismo. Su primer empleo fue como meritorio en el Información de Alicante, para pasar de ahí al diario Pueblo. En 1976, pasa a formar parte del equipo de redacción de Informativos de RNE y, posteriormente, su carrera en radio se desarrolló con la dirección y presentación de diferentes programas en RNE, Radio Voz y Onda Cero. De hecho, junto con Luis de Benito, Aberasturi fue la voz estrella de la nueva emisora Onda Cero, cuando esta apareció en noviembre de 1990.

Por su parte, en televisión ha dirigido y presentado programas en Televisión Española, Antena 3, Telecinco, Canal Sur, ETB y Telemadrid. En este medio ha destacado sobre todo en programas informativos y de entretenimiento, habiendo sido presentador de los telediarios de TVE (1988– 1989) y Telecinco (1996). En prensa cabe mencionar que ha sido columnista en El Mundo y Colpisa y ha ejercido como crítico televisivo para el suplemento de algunos periódicos nacionales y regionals, El Semanal TV, en una sección denominada «Ojo Vago», entre otros periódicos.

En la actualidad es columnista de OTR (Europa Press).

En 2007 se prejubiló por el Expediente de Regulación de Empleo (ERE) de RTVE, aunque con posterioridad ha continuado asomándose a la pantalla en programas de tertulia política en Telemadrid Intereconomía y El Mundo TV. Desde marzo de 2013 publica una columna semanal en el diario digital VLC NEWS.

Está casado y tiene dos hijos, uno de ellos con parálisis cerebral. Fue uno de los fundadores de la Fundación Nido, dedicada a la atención de estos niños.

Actualmente participa como tertuliano y colaborador en el programa de radio ‘No Es Un Día Cualquiera’ dirigido por la periodista Pepa Fernández y emitido por Radio Nacional de España.

Otro de los nombres a destacar es el de Miguel Ángel Idígoras Urrezola (San Sebastián, 1959). Licenciado en Periodismo por la Universidad del País Vasco, comenzó a colaborar en la Agencia EFE en San Sebastián en 1982. Tras un breve paso por Radio Popular de San Sebastián, entró a formar parte de la plantilla de El Diario Vasco en 1983, donde trabajó hasta 1989. Ese año se integró en la Corresponsalía de TVE en la capital guipuzcoana, hasta que en 2001 fue nombrado corresponsal en Rabat. Durante esos años siguió la convulsa actualidad política vasca, marcada con especial dureza durante esa década por la actividad terrorista de ETA a través de atentados y secuestros.

Además de informar puntualmente de la actualidad marroquí, ha cubierto en los últimos años los procesos electorales y políticos como enviado especial a zonas como el Sahara Occidental y a países como Argelia, Mauritania y Senegal, donde ha podido seguir de cerca el fenómeno de la inmigración clandestina.

En el año 2007 fue designado corresponsal de TVE en Londres, hasta que dejó TVE en el año 2009, en el que es nombrado director de la Televisión Autonómica Vasca (ETB) al inicio del gobierno socialista de Patxi López. Dimite del citado cargo al constatar la imposibilidad de hacer de ETB una televisión desprovista de injerencias nacionalistas. Desde enero de 2013, es nuevamente corresponsal de TVE en Londres.

Ha realizado diversos reportajes informativos para programas como “En Portada”, “Informe Semanal”, “Crónicas”, etc. Ha sido finalista del 46o Festival de Televisión de Montecarlo con el reportaje “Subsaharianos en el desierto”, dentro del apartado “Contenidos informativos”, y candidato al Premio Cirilo Rodríguez 2005.

La tercera presentación es la de Miguel Vázquez (Madrid, 1994). Desde los 11 años vive en Galicia. Es graduado en Ciencias Políticas y de la Administración (2016), con Premio Fin de Carrera por la Universidad de Santiago de Compostela. Ha recibido una Beca de Colaboración (2015) para el proyecto “Micromotivos y macrocomportamiento. Una aproximación a la complejidad en ciencias sociales”. Le interesa el estudio de las ciencias del comportamiento humano a través de un enfoque multidisciplinar.

Ha militado en Podemos desde su fundación en 2014 hasta 2016, colaborando en una agrupación local. Tras el abandono de la formación, cansado del nacionalismo obligatorio y de la falta de discusión libre sobre sus consecuencias antiigualitarias, ha formado parte de las listas electorales de Unidos Sí en las elecciones autonómicas de Galicia en 2016.

Estas nuevas adhesiones ponen de manifiesto el excelente respaldo que está recibiendo la plataforma, aunando perfiles con experiencia, juventud y ganas de crear una alternativa política nacional.

25 Abr 17

ELECCIONES FRANCESAS: EUROPA EN LA ENCRUCIJADA

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Las recientes elecciones en Francia son una muestra más del proceso general de descomposición que está experimentando la política en las sociedad occidentales. La aguda crisis económica que nos asola ha sido acompañada de una análoga crisis política que ha puesto en cuestión varios de los principales cimientos en los que se asentaban las sociedades democráticas. Una vez más, volvemos a ser testigos de un auge imponente de partidos de corte antipolítico que organizan su discurso en torno al desprestigio generalizado de las instituciones y propugnan soluciones grandilocuentes, de trazo grueso, frente a problemas con una causalidad múltiple y compleja. Volvemos a observar cómo se contrapone pueblo a élites, y cómo se explota de manera tan torticera como efectiva las desiguales consecuencias que la globalización ha acarreado, colocándose el acento en aquellas personas que peor han digerido los efectos de las economías abiertas, de la competencia despiadada que determinados agentes económicos y políticos plantean, y del inevitable desequilibrio que se deriva de ese estado de cosas.

En esta ocasión, el descontento y la frustración se han canalizado a un extremo y otro del tablero político, con especial resonancia en el resultado del ya conocido, y aterrador, Frente Nacional. Un partido hoy levemente barnizado por un liderazgo presuntamente amable, que ha sustituido la violencia dialéctica de antaño por un discurso algo más refinado, que sin embargo mantiene la esencia xenófoba, intolerante, y reaccionaria de siempre. No podemos enfrentar fenómenos así con titubeos y medias tintas, debemos hacerlo con la total contundencia de quien rechaza la banalización del miedo y la intolerancia como armas habituales de la acción política. El Frente Nacional representa, en esencia, la actualización posmoderna del fascismo años treinta, sometido a una intervención calculada y medida de marketing, idónea para hacer convenientemente translúcidos los elementos más beligerantes de su discurso – los más proclives a suscitar el enconado y generalizado desprecio del electorado – al tiempo que focaliza el discurso y lo potencia en el rechazo a las políticas hegemónicas en Europa, causantes de desigualdades y desequilibrios plurales, elementos que son convenientemente utilizados para explotar un discurso populista dirigido a las capas sociales más débiles y desfavorecidas.

El componente fuertemente identitario del Frente Nacional entronca bien, además, con la pulsión nacionalista que vertebra su ideario: la exaltación de una entidad metafísica y poco menos que sobrenatural (la nación étnica), preexistente a cualquier pacto civil, de la que emana una legitimidad primigenia y superior, que por tanto excluye a cualquiera que venga de fuera, haciéndole por definición y a priori sospechoso y potencial chivo expiatorio de cualquier mal. El discurso es, por desgracia, tristemente conocido – aunque proyectado en otras demarcaciones territoriales – por estos lares.

Al otro extremo del tablero, también confluyen tentaciones identitarias que han terminado suponiendo de facto la triste descomposición de la izquierda. El proyecto socialdemócrata francés ha quedado dilapidado y subsumido entre dos bloques que han certificado su fagocitación electoral. Por la derecha, la izquierda socialdemócrata ha sido arrollada por el discurso aseado y superficialmente progresista de un joven banquero que rechaza las denominaciones ideológicas – nada más ideológico que ese presunto abstencionismo, por cierto – al tiempo que promete incidir en la senda de la austeridad indiscriminada y la clara contracción del gasto público. Por su vertiente izquierda, el socialismo democrático se ha visto claramente sobrepasado por un movimiento político abiertamente partidario del repliegue identitario, del proteccionismo económico y de la ruptura con la Unión Europea.

El caso francés no es único, pero sí paradigmático. Refleja con total precisión lo ocurrido en otros países europeos, y marca tendencia sobre los grandes interrogantes que se plantean sobre el futuro de la Unión. Algunos se han aprestado a realizar un análisis optimista y seguramente bienintencionado de lo acontecido, basado principalmente en la derrota electoral de Le Pen frente a Macron en esta primera vuelta, que, a buen seguro, se confirmará de manera ampliada en el ballotage. No cabe duda de que la derrota de opciones que impugnan de manera indisimulada los consensos democráticos más irrenunciables y el pluralismo político en que se basan las sociedades abiertas no puede sino catalogarse, efectivamente, como una gran noticia. En este mismo sentido, cualquier vacilación ante la segunda vuelta que se avecina en Francia resulta intolerable; es hora de tomar partido para salvaguardar el orden democrático y las libertades civiles de todos los ciudadanos, para lo cual se antoja absolutamente indispensable una contundente victoria electoral de Emmanuel Macron, cuya candidatura apoyamos con decisión desde Plataforma Ahora.

Con todo, creemos firmemente que limitarnos a constatar nuestras preferencias más instintivas sería un análisis tan insuficiente como peligroso. Las relaciones de causalidad entre las políticas que se han llevado a cabo durante estos últimos tiempos y los resultados que arrojan las urnas son innegables. No queremos decir con esto – entiéndase bien – que Emmanuel Macron tiene, ni lejanamente, la más mínima cuota de responsabilidad en el alto porcentaje de voto de Marine Le Pen. Queremos significar, muy por el contrario, que el actual proceso de construcción europea revela unos importantes déficits democráticos que han acarreado un creciente sentimiento de exclusión del sistema de amplios grupos sociales, al tiempo que las políticas económicas preeminentes, basadas en una errada concepción de la austeridad indiscriminada y en la proliferación de los recortes sociales, consiguiendo un acortamiento inaceptable de las grandes conquistas sociales aparejadas al Estado del Bienestar, han supuesto la peligrosa generalización del descontento social y de la sensación de exclusión social y política.

Desde Plataforma Ahora hemos expresado en reiteradas ocasiones nuestro deseo de potenciar el proyecto europeo y, sin duda, en este proceso cualquier planteamiento nacionalista, que nos aboque hacia el repliegue identitario, el cierre de fronteras y el ensimismamiento nacional debe rechazarse de plano. Si a estas alternativas se le adhieren, además, componentes de intolerancia, odio y miedo al diferente, nuestro rechazo no puede sino ser contundente, radical y sin paliativos. Ahora bien, este rechazo no puede dejar de estar acompañado de la firme y convencida exigencia de que se modifique el rumbo que actualmente sigue Europa. Precisamos caminar hacia una verdadera armonización fiscal que acabe de raíz con las dinámicas de competencia desleal y deslocalizaciones en las que nos encontramos sumidos. Al mismo tiempo, es imprescindible que los principales responsables políticos comunitarios reflexionen seriamente sobre el camino recorrido hasta el momento, y se pregunten sobre la conveniencia de incidir en unas políticas que han incrementado las desigualdades, a la par que agravaban las consecuencias de la crisis económica que aún padecemos. Necesitamos preservar, sin hipotecas ni injustos recortes sociales, las conquistas del Estado del Bienestar, concreción política tangible de la mayor expansión de posibilidades de vida a un mayor número de gente, como nunca antes se conoció en la Historia.

Sin una reflexión sincera, no exenta de autocrítica, Europa seguirá deslizándose por el peligroso alambre del desequilibrio socioeconómico y de la desafección política. Para corregir esta senda errada y reorientar el rumbo, estimamos que el papel de la izquierda, en su modalidad universalista, igualitaria, cívica y progresista, será esencial. Somos profundamente escépticos ante proyectos políticos que han prometido reducir el papel del Estado en la economía, deslizando la errónea sugerencia de que es éste quien ha provocado los desequilibrios que enfrentamos, y omitiendo cualquier crítica a las malas regulaciones o regulaciones inexistentes que han permitido el desarrollo de una modalidad de capitalismo financiero especialmente disfuncional. No creemos que la aplicación de las mismas políticas por políticos diferentes garantice resultados muy dispares, sino esencialmente los mismos. Por ello entendemos que es ineludible una modificación sustancial de las políticas a aplicar, para lo cual será imprescindible el papel de una izquierda que debe ser capaz de resolver su propia fractura e integrar corrientes y familias a fin de articular un proyecto inclusivo y creíble, a la vez institucional y radical en la búsqueda de soluciones, inequívocamente progresista y racionalmente socialdemócrata.

Sólo así será posible minimizar el impacto de las fuerzas que reaccionan contra nuestro marco de convivencia. Preservándolo decididamente en vez de agrietarlo incidiendo en errores pasados.

 

25 Abr 17

Huérfanos políticos

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Dícese de los ciudadanos que, a día de hoy, no se sienten representados por ninguno de los principales partidos políticos españoles, aún pudiéndose sentir representados por otros partidos políticos menores sin representación parlamentaria cuya capacidad de influencia es, por ello, limitada. Dícese de los ciudadanos que, sintiéndose definitivamente alejados de los partidos políticos viejos, consideran que ninguno de los nuevos con presencia actual en el Congreso de los Diputados les satisface, bien por razones ideológicas, programáticas o actitudinales. Dícese de los ciudadanos políticamente comprometidos que esperan una opción atractiva y atrayente que definitivamente les satisfaga.

Casi tres años después del surgimiento de Podemos y de Ciudadanos en el panorama político nacional que insufló los ánimos de participación política de muchos, el número de huérfanos políticos, de un tiempo a esta parte, sigue creciendo. Las razones son varias: el mantenimiento en el tiempo de los principales problemas políticos que sufrimos y a los que se sigue sin hacer frente (desempleo, precariedad laboral, desigualdad, corrupción, tensiones territoriales…), la repetición de las elecciones generales y la actitud de los principales líderes durante todo ese tiempo, la constatación por la vía de los hechos de que la nueva política copiaba muchas de las formas de la política vieja, los problemas intestinos que afectan a casi todos los partidos y especialmente a Podemos y PSOE (sumidos en una crisis interna de consecuencias imprevisibles), la comprobación de que la mentira, la demagogia, las promesas incumplidas, los “donde dije digo digo Diego”, las purgas internas y los bloques irreconciliables campan por sus respetos en la práctica totalidad de las fuerzas políticas y… cuestiones de índole puramente ideológica o de afinidad programática que son también muy relevantes.

Tras la Asamblea de Ciudadanos este fin de semana, hoy lunes hay más huérfanos políticos que el pasado viernes. Ciudadanos ha decidido abandonar la socialdemocracia y abrazar definitivamente el liberalismo progresista y el centro político, con el objetivo ya confesable de pelear abiertamente al PP el terreno del centro derecha. Esta legítima decisión de Rivera dejará, sin embargo, fuera de juego a miles de “ciudadanos” que no comparten que la socialdemocracia haya muerto (como afirman Ignacio Aguado o Pedro J) sino más bien piensan, con Fernando Savater, que sigue siendo “el auténtico esfuerzo revolucionario de la era contemporánea”.

En fin, a mí que haya un centro derecha liberal me parece estupendo; lo que es extraño es que no haya en el Congreso de los Diputados un centro izquierda progresista (a diferencia de la izquierda reaccionaria que padecemos), que defienda la igualdad, las políticas sociales y la socialdemocracia y que, de manera coherente y precisamente porque sin Estado no hay Estado del Bienestar, se enfrente de verdad a los nacionalismos que pretenden romper España.

Gorka Maneiro

FUENTE: http://theobjective.com/elsubjetivo/gorka-maneiro/huerfanos-politicos/

24 Abr 17

¿Por qué DEBES asociarte a Ahora Plataforma?

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Constantemente damos nuestra opinión sobre las cosas que ocurren a nuestro alrededor: defendemos nuestra sanidad pública, criticamos las sucesivas leyes educativas, hablamos de la importancia que tiene blindar las pensiones…

Nos gustaría que las ideas que defendemos se llevasen a cabo, que lo que pensamos se haga, pero desgraciadamente si no hacemos algo más que esto, todo ello no irá más allá del debate de sobremesa en familia o la barra de un bar con los amigos. Y es que a la hora de la verdad no demostramos quererlo: nos falta dar un paso adelante.

Para poder defender nuestras ideas es imprescindible implicarnos en política. Partidos políticos y asociaciones son, entre otras, las herramientas que nuestra democracia ha habilitado para ello. Pero según los datos, los españoles no somos precisamente alumnos aventajados en ello. Estamos por debajo de la media de la UE-10 en afiliación política y los datos son tremendamente negativos en lo que a pertenencia a asociaciones se refiere.

El desencanto con la política es un factor muy importante en estos datos, pero hace algunos años logró vencerse este desencanto y surgieron nuevos partidos en el panorama político. La democracia interna era uno de los puntales de esta nueva política pero, lamentablemente, han defraudado estrepitosamente pareciéndose demasiado a la “vieja política” y esto les ha hecho perder toda la credibilidad. Y el problema es: ¿quién va a dar su confianza a un nuevo actor después de lo ocurrido?

Además, a este problema de democracia interna en las organizaciones políticas, hay que sumarle otro: ¿quién defiende nuestras ideas?

Yo tengo claro cuáles son mis ideas: socialdemocracia, laicismo, regeneración democrática, progresismo y ecologismo. ¿Quién va a representarme?

El panorama es desolador: socialdemócratas que cambian su ideario a liberales, comunistas que dicen ser socialdemócratas, liberales conservadores que llevan a cabo políticas socialdemócratas para ampliar su electorado, las propuestas medioambientales son retorcidas para ser utilizadas como moneda de cambio, progresistas que apoyan el nacionalismo, partidos que llegaron a regenerar la política manteniendo imputados en sus filas, laicistas que pasan a ser aconfesionales… Con semejante ensalada de ideologías me resulta imposible encontrar una opción política que me satisfaga.

Por eso debemos organizarnos. Porque actualmente no existe una izquierda progresista, que se oponga frontalmente a los nacionalismos, que lidere una regeneración democrática real.

Y de esa manera nace Ahora Plataforma, porque visto lo visto, si queremos que nuestras ideas sean defendidas, debemos dar un paso adelante y hacerlo nosotros mismos. Ánimo.

Javier Maurín.

 

21 Abr 17

La supervivencia de los nuevos partidos

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Si hoy día sigue existiendo el Comité para la Descolonización de las Naciones Unidas –y en teoría no queda (casi) nada que descolonizar– es fácil comprender que cualquier organización buscará resistir hasta sus últimas consecuencias. Los partidos políticos no son menos. Y es que ya lo decía el sociólogo Robert Michels hace más de un siglo: los partidos políticos, como toda organización, tienen la supervivencia como su primera razón de ser.

Ahora bien, que un partido perdure en el tiempo depende de que se institucionalice. Un vaporoso concepto este de la institucionalización de los partidos, que lejos de hablar de acomodarse a la lógica de las instituciones, se presenta como un fenómeno con dos caras. Por un lado, institucionalizarse consiste en construir identidad partidista de modo que los votantes le den valor intrínseco a votar a ese partido (al margen del candidato que presente). Es lo que podríamos llamar generar “raíces” con la sociedad, que en los estudios clásicos se suele medir mediante el grado de identificación partidista.

Por el otro lado, la institucionalización también consiste en que los partidos tengan estructura y organización con procedimientos para elegir sus cargos orgánicos y listas, gestionar las promociones internas y resolver sus posibles conflictos. Es decir, una estructura perdurable que no se escinda o descomponga periódicamente. A nivel de sistema normalmente se mide con la volatilidad electoral: si muchos votos cambian de manos rápidamente, si continuamente aparecen y desaparecen partidos, es que estamos ante un sistema poco institucionalizado.

Evidentemente las dos caras son complementarias e importantes. Tanto construir lealtades como asentar estructuras es fundamental para que un partido sobreviva. Si no es capaz de conseguir estos dos objetivos corre el riesgo de sucumbir cuando haya un ciclo electoral adverso o acabar relevando a su líder fundador. Y ese objetivo requiere tiempo. De ahí que los partidos suelan morir más frecuentemente si son jóvenes o la democracia no está asentada. Basta con revisar el rumbo de la UCD o el CDS para hacerse una idea de estas dinámicas en nuestro entorno cercano. Si al final de la crisis, y aunque sea con dificultades, aún subsiste IU pero no UPyD es precisamente porque estas variables entran en juego.

 

Reto 1: Construir lealtades e identificación partidista

El primer reto necesariamente interpela a los nuevos partidos. Basta con mirar los niveles de identificación partidista para asumir que incluso tras la repetición electoral han ido haciendo los deberes. En comparación con Ciudadanos, Podemos tiene algunas ventajas de entrada. Ha generado -en parte gracias a los ataques externos, en parte gracias a las corrientes de fondo que lo empujan-, una creciente identidad de partido. De hecho ha mantenido una identidad de partido alta tanto en las generales de 2015 como en las de 2016: entre quienes les votaron y se sienten cercanos a algún partido, en torno al 91% afirman sentirse cercanos Podemos. Además la intensidad de la identidad partidista en Podemos es bastante alta:  de sus votantes con identidad partidista el 73,4% se siente muy o bastante cercano/a, una cifra algo mayor que en el resto de partidos.

Las noticias no son tan buenas para Ciudadanos. Como se ve, su núcleo de votantes incondicionales es más pequeño: apenas el 80% de quienes les votaron y sienten cercanía a algún partido consideran que Ciudadanos es el partido con el que se identifican. De ellos apenas la mitad (el 51,5% exactamente) se siente muy o bastante próximo. Esto obviamente lo convierte en un partido más vulnerable. Por las razones que sean, no han conseguido generar la misma identificación partidista que su rival en la izquierda. Esta menor identidad partidista, unida al hecho de que es el más penalizado por el sistema electoral, convierten a Ciudadanos en un partido más expuesto a sufrir las consecuencias del voto estratégico y a caer por debajo del umbral de votos crítico que supondría que una pequeña pérdida de votos suponga una pérdida de escaños mucho mayor.

Construir identidad partidista entre los votantes es algo que lleva tiempo. Los partidos ganan presencia pública, desarrollan “redes” con otras organizaciones, y el propio hábito de votarles hace que los electores se sientan más identificado con ellos. Y esto tiene ventajas obvias. Cuando los electorados se consolidan y el sistema de partidos cristaliza se reduce la porosidad entre los partidos, hay menos miedo a pactar con otros partidos cercanos en el espectro ideológico porque sabes que los tuyos se quedarán. Como sabemos, esa porosidad, esa potencial volatilidad electoral, tuvo mucho que ver con la repetición de las elecciones en junio.

 

Reto 2: Construir y asentar estructuras organizativas

Para la supervivencia de un partido no sólo es importante la lealtad de sus votantes. Los nuevos partidos también se deben fijar en la otra cara de la moneda: construir organización. Este hecho es en realidad crucial porque sirve para el reclutamiento de cuadros, desarrollar estrategias electorales y, por descontado, para canalizar el conflicto dentro de los partidos. Tanto Podemos como Ciudadanos han crecido muy rápido en un contexto electoral acelerado, así que este reto no es menor.

Podemos tiene, simplificando mucho, tres líneas esenciales de fractura. Primero, que Unidos Podemos es una coalición pre-electoral que incluye a 11 partidos, entre ellos IU, cuyos votantes tienen una fidelidad e identidad partidista muy fuerte que en ocasiones puede entrar en conflicto con la fidelidad a Podemos. Obviamente, una primera cuestión clave es cómo se le da forma a toda esa amalgama y la relación amor-odio con este partido entre diferentes sectores.

Segundo, la estructura de Podemos fue diseñada para gestionar un partido de matriz centralizada, pero tras las elecciones catalanas cerró una serie de acuerdos de confluencias con otros partidos de ámbito territorial como Compromís o Iniciativa per Cataluña. Esto lógicamente genera tensiones, porque España es un estado compuesto y no siempre se pueda regular bien la relación de Podemos con partidos más veteranos de ámbito no estatal. Por ejemplo, Compromís está en el gobierno de la Comunitat de Valencia o la plataforma de Ada Colau en el de Barcelona. Su arena de referencia no es la estatal y eso hace que no siempre los intereses de Podemos estén alineados con ellos.

Finalmente, el propio modelo de partido en disputa internamente. Unos revindicando más ser una organización con un pie en las instituciones y otro en la calle, con una estrategia abiertamente combativa con los otros partidos, más operativa y menos descentralizada. Del otro, un partido en el que haya más contrapoderes internos, una estrategia más cooperativa en las instituciones y una estructura más descentralizada. Cada fórmula con sus matices, pero con decisiones internas que se proyectan hacia afuera. En todo caso, si no son capaces de dar forma en VistaAlegre II a una estructura prevista para durar y dejar espacio a diferentes sensibilidades, seguirá dividido y en conflicto. Y esto puede jugar en su contra.

En el caso de Ciudadanos el proceso interno está operando con mayor sordina. A diferencia de lo que hizo su hermano difunto UPyD, Ciudadanos partía con una base fuerte en Cataluña que luego expandió a competir en todos los escenarios electorales, si bien con fortunas muy dispares según el territorio y el municipio. Su rápido crecimiento, a diferencia de Podemos, siguió una pauta mixta captando a “notables locales”. Es decir, que aunque en muchos sitios generó estructura nueva, lo normal fue captar a líderes y cuadros que provenían de diferentes partidos: UPyD en Asturias, ex miembros del PAR en Aragón, gente desafecta del PP en Valencia o del PSOE en Andalucía. Por lo tanto, una amalgama compleja de gente con diferentes trayectorias e incluso planteamientos ideológicos, pero rara vez con trayectorias tan nuevas en política como la de sus afiliados de base.

Este rápido crecimiento captando a líderes vinculados con los intereses locales también tiene implicaciones. Las tiene porque supone una gran disparidad de perfiles e, incluso, posicionamientos. Las tiene porque genera una continua tensión entre el centro y liderazgos regionales que, igual que se movieron una vez, pueden hacerlo dos. Las tiene porque requiere que su partido les vaya dotando de estructura y cohesione a su menguada militancia. Por lo tanto, mientras que el contexto sea favorable no deberían emerger demasiados problemas pero, fuera de Cataluña, Ciudadanos tiene el problema de ser una plataforma en torno a Albert Rivera. Justamente lo contrario a lo que supone estar institucionalizado: es decir, que corren el riesgo de que sus votantes y cuadros se identifiquen en torno a un entrenador y no a los colores de un equipo.

En definitiva, los dos nuevos partidos tienen por delante el reto de consolidarse, algo para lo que esta legislatura será fundamental. Podemos tiene sobre Ciudadanos la ventaja de su mayor identificación partidista y de venir apoyado en corrientes de fondo (territorial o generacional) que difícilmente se agotarán en el medio plazo. Ahora bien, aunque con elementos diferentes, ambos tienen por delante el reto de construir una organización eficaz tanto en el reclutamiento como canalizando la disensión. Que el multipartidismo haya llegado para quedarse depende, más que nunca, de ellos mismos.

y @kanciller, @RamosMa_,

FUENTE: http://politikon.es/2017/02/01/la-supervivencia-de-los-nuevos-partidos/

20 Abr 17

Plataforma Ahora pide la dimisión inmediata del jefe Anticorrupción y del ministro Catalá por entorpecer la acción de la Justicia

comunicacion

 

 

  • Igualmente, exigen explicaciones inmediatas a Esperanza Aguirre “ante los múltiples casos de corrupción que le rodean”
  • Gorka Maneiro hace un llamamiento a la ciudadanía para que “ante tanta basura, no se desmoralice y actúe”Plataforma Ahora se ha posicionado sobre las informaciones aparecidas en diferentes medios de comunicación referentes a que el nuevo jefe Anticorrupción, Manuel Moix, intentó limitar la investigación sobre el ex presidente de la Comunidad de Madrid, Ignacio González, considerando estos hechos de “una gravedad extrema que debe tener consecuencias políticas inmediatas”. Y es que, en palabras del portavoz, Gorka Maneiro, “no podemos olvidar que al jefe Anticorrupción lo eligió el actual ministro de Justicia, Rafael Catalá”. Un motivo que “no se puede pasar por alto” y por el que desde Plataforma Ahora, ante la gravedad de los hechos, piden el “cese inmediato de Rafael Catalá”. Y más, “después de conocer que el jefe de Anticorrupción cuestionó algunas de las decisiones adoptadas por los fiscales del caso referidas a los registros que había que realizar y a qué hechos debían incluirse en la investigación, todo ello con el objetivo de entorpecer la investigación y proteger a un supuesto corrupto del Partido Popular”.

Unos hechos que, tal y como explica Maneiro, “vuelven a evidenciar la necesidad urgente de despolitizar la Justicia en España, hoy en manos de los partidos políticos, y de asegurar la imparcialidad de la Fiscalía, que depende del Gobierno de turno”. Por tanto, “no se trata de lamentar sin más los hechos ocurridos, sino de impulsar medidas de regeneración democrática y de transparencia para impedir que los corruptos puedan robarnos a todos”. Además, se ha vuelto a hacer hincapié en la “necesidad urgente de asegurar la independencia de la Justicia”. Al hilo de esto, apuntan que “la situación que vive hoy España es insoportable y exige medidas al alcance para impedir que los corruptos nos roben y, si nos roban, vayan a la cárcel y devuelvan hasta el último céntimo del dinero que nos han robado”.

Todo esto pone de manifiesto que, “más allá del comportamiento individual, es el sistema en su globalidad el que hay que regenerar, actualizar y modernizar”, ya que, en este caso concreto, “vuelve a demostrarse que la Fiscalía actúa de facto como correa de transmisión del poder político; principalmente, del ejecutivo de turno”.

Llegados a este punto, para el portavoz de Plataforma Ahora es necesario recordar “en este caso al PP, pero en general a todos los partidos afectados por gravísimos casos de corrupción política, que los votos no exoneran y que son culpables en la medida en que se niegan a impulsar las medidas regeneradoras que España necesita”. Igualmente, considera que existen motivos más que suficientes para “pedir a la ciudadanía que retire su confianza en aquellos partidos afectados por gravísimos casos de corrupción política o en aquellos que, ante estos hechos, no hacen sino mirar a las musarañas”.

Por todo esto, y en relación a los hechos concretos que afectan a Ignacio González y que se están investigando, desde Plataforma Ahora exigen explicaciones inmediatas a Esperanza Aguirre, “ante los múltiples casos de corrupción que le rodean y sobre los cuales dice no saber nada, algo extraño en una política tan experimentada como ella”.

Para concluir, Gorka Maneiro recuerda que “volvemos a pedir una Justicia independiente”, así como “que todo el peso de la ley recaiga sobre los corruptos” y, habida cuenta de la actuación obstaculizadora del jefe Anticorrupción, “su dimisión inmediata y la de quien lo nombró, el ministro Catalá”.

Igualmente, Plataforma Ahora hace un llamamiento a los ciudadanos para que “ante tanta basura, no se desmoralicen y actúen, ya que la mafia corrupta es precisamente lo que espera: que la ciudadanía decente baje los brazos”.

19 Abr 17

El laicismo bien entendido

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Supongo que si me leen en estas fechas estarán disfrutando de este puente festivo llamado Semana Santa, esta festividad que tanto creyentes, como ateos, agnósticos, etc. disfrutan -salvo que sean de estos desgraciados como en mi caso que también trabajan en estos días tan soleados-.

Precisamente el jueves pasado fue un tema de destacado interés el hecho que se autorizó por parte del Ministerio de Defensa que la bandera de los edificios del ejército ondeasen a media asta hasta el domingo de Resurrección, dicho de otra manera, se usó un medio estatal (como es el ejército) para conmemorar un evento religioso como es la muerte de Jesucristo. Y es entonces cuando me pregunto, la aconfesionalidad, que es nuestro actual marco legal donde se desarrolla el Estado y su relación con los ciudadanos, ¿es realmente suficiente para garantizar el libre ejercicio de la libertad religiosa? Yo les digo, claramente NO, y los soldados musulmanes y de otros credos que se ven obligados a bajar un asta para conmemorar un hecho de un credo que no comparten me lo podrán atestiguar.

Antes de hablarle sobre la necesidad furibunda de defender el laicismo como pilar básico de nuestra sociedad, me gustaría aclarar unos conceptos previos:

Una duda que surge mucho es si las acepciones laicismo ­y ­laicidad vienen a ser sinónimas, ya que laicismo hace una evocación al movimiento ideológico, laicidad haría mención al estado ideal de emancipación de las instituciones religiosas y del Estado, dicho de otro modo, el ­laicismo sería entendido como proceso a alcanzar y laicidad como el fin mismo, por ello creo a mi juicio que ambos son dos caras de una misma acepción, porque pueden haber personas muy creyentes y muy ateas que persigan el mismo ideal y colaboren en pos de un mismo objetivo común.

Otra apreciación es la de que el laicismo se puede entender desde dos perspectivas: Negativa, es decir como la ausencia de intervención del Estado en los asuntos religiosos que conciernen al ámbito individual, y positiva como la capacidad del Estado de regular las relaciones entre el ciudadano y el Estado sobre materia religiosa.

Es precisamente esta última percepción la que ha sido utilizada por los movimientos radicales, situados entre el anticlericalismo y en caso español, especialmente el anticatolicismo, para ‘’agenciarse’’ el monopolio del uso de un concepto como éste, que lo desvirtúa y lo convierte como rehén de sus acciones, haciéndolo incluso impopular en ciertos sectores sociales en determinadas épocas de la historia, ya que como suele pasar, la radicalización comporta una polarización indeseada por la mayoría popular, que puede llevar a interpretar la parte con el todo.

Es muy importante diferenciar los principios del laicismo del anticatolicismo y del anticlericalismo porque el laicismo defenderá con igual o más ímpetu la libre potestad de ejercer su credo cualquier ciudadano, siempre y cuando se haga desde la esfera individual y privada. La fe es fruto de la decisión personal, y nadie ni algo pueden frenarlo.

La defensa del laicismo que propugna y defiende Ahora Plataforma (y la cual suscribo y comparto plenamente) es integral, ampliándose no solo a no intervención de la religión en la vida pública, sino extendiéndose a la etnia (ninguna característica común del individuo debe ser motivo de discriminación), cultura (una herramienta poderosísima de control social si es usada con fines perversos por parte del Estado), por ello creo que a mi juicio se debería apoyar con firmeza:

  • La defensa de una escuela pública, única, laica, universal, gratuita para los niños y que promocione y fomente el libre pensamiento, la creatividad y el método científico como manera más lógica de llegar al ­conocimiento.
  • La eliminación de la cobertura estatal (sea de manera financiera, cesión de espacio público o publicidad en medios) de cualquier festividad, acto o promoción que afecte a cualquier credo institucionalizado, sea que el que sea, fuera el que fuere.
  • Avanzar hacia la auténtica igualdad legal de la organización de las instituciones religiosas, ya que actualmente en España hay una mayoritaria (la Iglesia Católica Apostólica Romana) que posee determinadas prebendas –como el Concordato con el Vaticano, exención del IBI, casilla propia en el IRPF- que, suponen un privilegio legal que discrimina tanto a los ciudadanos que tienen otra fe como a las otras organizaciones religiosas, rompen con el precepto de protección de las minorías que es fundamental en democracia.

Finalmente, sé que puede resultar controvertida la inclusión en el título de un concepto tan subjetivo como es el del ‘’bien’’, pero el enfoque que he querido mostrar es plenamente aclaratorio y ilustrativo, para que así la luz de la razón, guíe a las personas, a los ciudadanos, en la senda del conocimiento.

 

José Javier Saldaña Gonzaga.
18 Abr 17

¿ES POSIBLE UNA IZQUIERDA NACIONALISTA?

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Cuando uno lee un título como éste y lo firma un miembro de la plataforma Ahora y que además es diputado provincial de Ciudadanos, enseguida el lector pensará que se trata de una pregunta retórica y que la respuesta es clara: no. Pues si eso ha pensado siga leyendo: sí, es posible.

En España se ha olvidado dos de los principios fundamentales de la izquierda: su carácter internacionalista y su solidaridad. En realidad el primero es consecuencia del segundo. Porque esa solidaridad es entre ricos y pobres. Sean los ricos y los pobres estractos diferentes de una misma comunidad —las clases altas y bajas de una misma sociedad, dirían los marxistas—; países ricos y pobres —del centro y la periferia que dirían los neomarxistas de la CEPAL y aquí entraría ese carácter internacionalista—; o regiones ricas y pobres de un mismo Estado —algo que en España no sostiene ningún partido de izquierdas—. ¿Cómo ser solidarios con Nicaragua o el Congo, y no con Extremadura o Galicia?

El desaparecido nacionalismo español del franquismo consiguió identificar su régimen con el país. Éxito al que aspira toda dictadura, pero que no todas consiguen. Y por eso para la izquierda España es sólo la versión casposa de un país milenario —a los cinco siglos de España hay que sumar la identidad anterior como Hispania e incluso la celtíbera—. Y la alergia de la izquierda es tan intensa que renuncian a mencionar el nombre del país y lo llaman en su ‘neolengua’ Estado español. Pero ni si quiera inventó el término, pues esta izquierda olvida que eso de ‘Estado español’ sí que es franquista. Tras el fracasado golpe de Estado que originó la Guerra Civil, las fuerzas rebeldes comenzaron a utilizar la expresión ‘Estado español’ (y no República española o Reino de España) debido a que las distintas facciones ‘nacionales’ no se aclaraban en la forma de Estado que darían al país. La dictadura era tan amorfa en este sentido que el Estado español fue declarado Reino en 1947, pero no fue designado ningún rey; el Jefe de Estado, Franco, se reservó el derecho a nombrar la persona que considerada más adecuada para el título y retrasó el momento de la elección hasta que en 1969 designó a Juan Carlos de Borbón como sucesor oficial.

Así que la pretendida ‘neolengua’ izquierdista y nacionalista ni siquiera era capaz de inventarse nuevos términos. Pero disquisiciones semánticas aparte, izquierdas y nacionalismos ya desde la II República comenzaron una andadura común en su desprecio por el sentido patriota español que incluye la unidad del país.

Por Izquierda Unida, por ejemplo, han pasado muchos partidos, algunos de ellos con claras sintonías con los separatismos como Izquierda Castellana o el Colectivo de Unidad de los Trabajadores – Bloque Andaluz de Izquierda de Sánchez Gordillo, ambas formaciones con vínculos de hermandad con Herri Batasuna y/o sus herederos. Líderes de Podemos los hemos visto en ‘herriko tabernas’. Y hay multitud de formaciones políticas que se declaran de izquierdas y nacionalistas (ERC, CUP, Andecha Astur, BNG, Nación Andaluza, herederos de las marcas proetarras…).

¿Tiene sentido ser de izquierdas y nacionalista? Es más, ¿se puede ser socialista —en su sentido más amplio— y nacionalista?

La izquierda irrumpió a finales del siglo XIX porque las revoluciones burguesas liberales no solucionaron los problemas de los excluidos. Por ello tuvo que aparecer un nuevo concepto político que aunase a los pobres de todos los Estados. Por el contrario, el nacionalismo de la Europa de finales del XIX y principios del XX se encargó de hacer de las diferencias de los distintos pueblos un principio de convivencia tan imposible que cada pueblo necesitaba tener su propio Estado, y a ser posible ‘puro’. Un pueblo, un líder, un Estado. Y la izquierda europea no consiguió en la I Guerra Mundial que los principios socialistas de luchar unido el proletariado frente a los abusos patronales prevaleciesen sobre los intereses de los nacionalistas. Se puede decir que el socialismo perdió la batalla contra el nacionalismo. Y masas de obreros/soldados murieron en los campos de batalla.

En los años 20, socialistas radicales en diferentes lugares de Europa confeccionaron un innovador tipo de socialismo. Uno que en lugar de ser marxista se hacía nacionalista y que cambiaba el concepto de ‘clase’ por el de ‘pueblo’. Y así surgió lo que después se conoció de forma genérica como fascismo pero que tuvo muchas variantes. Y muchos de sus principales dirigentes venían del socialismo marxista: los hermanos Strasser del Partido Nacional Socialista de los Trabajadores Alemanes; el fundador del Nasjonal Samling (‘Encuentro Nacional’ o ‘Unión Nacional’) —colaboracionista del nazismo alemán— fue Vidkun Quisling, que provenía del Partido Laborista Noruego y tenía la finalidad de copiar una revolución socialista como en Rusia; Pierre Laval, que estuvo al frente del Gobierno francés de Vichy, era miembro del Partido Socialista; Oswald Mosley pasó del Partido Laborista Independiente a fundar en 1932 la Unión Británica de Fascistas…

Si nos acercamos más en el tiempo hay otros casos de recuerdo tan triste como los recién mencionados. La unión de socialistas y ultranacionalistas en la Serbia de Slobodan Milosevic y sus políticas ‘limpieza étnica’ nunca fue objeto de crítica de Izquierda Unida, quien en cambio se lamentó del fallecimiento del dictador serbio y preocupada pidió explicaciones sobre las causas de su muerte en una prisión holandesa mientras esperaba juicio por delitos de genocidio.

Acercándonos a España, la integración de las juventudes de ERC con las de Estat Català dio lugar a una milicia paramilitar, los ‘escamots’, con una estética claramente fascista: camisas color verde oliva con banderas negras con las barras ‘catalanas’ —aragonesas en realidad— y una estrella en blanco. Los ‘escamots’ destacaban en 1933 —el año de la subida al poder de Hitler en Alemania— como una organización de combate contra los anarquistas. Desde los sectores del catalanismo ‘progresista’ se les tildaba de «aprendices de nazis» y del «fascio de Macià», y provocaron el rechazo incluso en sectores de ERC. Los ‘escamots’ tuvieron un papel destacado en la proclamación del Estado catalán en octubre de 1934, aprovechando los altercados de la Revolución de Asturias. Josep Dencàs, líder de esas milicias, fue el único miembro de ese gobierno que evitó la cárcel, huyendo por las alcantarillas del Palacio de la Generalidad, y de ahí escapó al extranjero, apareciendo tan sólo una semana más tarde en el balcón de la Piazza del Popolo, en Roma, durante un discurso de su protector, Benito Mussolini.

Esto no es una coincidencia aislada. Jon Miranda, un teórico del nacionalismo vasco, era asiduo colaborador en la revista francesa “Le Devenir Européenne”, fundada por Yves Jeanne, un antiguo combatiente de las SS francesas. En el subtítulo de esta publicación se calificaba de ‘etnicismo-socialista’, y se podían leer reflexiones de Miranda como ésta:

«Pienso que es la raza y no la lengua lo más importante […]. Espero que el futuro gobierno de Euzkadi expulse a esos semita-camitas españoles y demás negros que se han asentado en nuestra patria o los reduzca a un estrato de humanidad inferior».

En esa revista también escribía con frecuencia otro nacionalista: Federico Krutig de Arteaga, quien fuera miembro de ETA entre 1965 y 1968. Y expresaba opiniones como:

“Una mezcla de vascos con elementos negríticos desvirtuaría la raza vasca y difícilmente se podría tratar de un vasco o un negro”.

Soy un enemigo acérrimo de la mala costumbre de calificar de fascistas a todos los rivales políticos, porque el fascismo obedece a una teoría política concreta. Y algunos males de la política no son fascistas, por mucho que en el fascismo sea difícil encontrar algo positivo. Por ejemplo, el clericalismo no es fascista sino tradicionalista; el aumento de impuestos indirectos suele obedecer a políticas liberales; gravar en exceso las herencias es más típico de la socialdemocracia y de todo lo que quede a su izquierda —salvo al anarquismo por adolecer de Estado—; el anticlericalismo es más bien izquierdista en sus múltiples facetas… Yo llamo fascismo a lo que es fascista.

Y la izquierda claro que puede ser nacionalista, pero esa variante tiene un nombre bien definido: fascismo. Aunque precisamente sean ellos —los nacionalistas radicales de izquierda— los que nos insulten a los demócratas que luchamos por la libertad llamándonos fascistas o ‘txacurras’ (perros).

Gonzalo Sichar.