Radical.

Publicado por el 12/06/2017. Categoría: Opinión

Alzar la voz en medio de este desierto, sociedad yerma de ciudadanía expresada como la función límite de la voluntad cuando el espíritu crítico tiende a cero, parece más un ejercicio de rebeldía en un vaso de agua que lo que es, un nuevo intento de ser otra aldaba rompiendo la paz de esta lóbrega noche política española con el sonido seco de sus verdades como puños contra el maderamen de la dura cerviz de un pueblo secularmente entrenado para ser simple carne de cañón; callar en tales circunstancias, lejos de hacerme dueño de mis silencios para no caer esclavo de mis palabras, sería sinónimo de renegar de mis mayores para, estúpidamente, ser otro tonto escupiendo al cielo de los dioses lares creyendo que así inventaré un idílico mundo de nunca jamás para mi inocente hijo.

Tengo edad suficiente para haber padecido en carnes propias la laceración constante de ver públicamente ajusticiado cuanto es bueno y justo para el común, pues peino canas sobradas para haberme ido creciendo en rebeldía acompasada a nuestro tránsito por el desierto político de España, seco de ideología individual porque sus pozos los secaron las incontables arenas de la doctrina de partido, ardientes como el calor de la horda, abrasivas como la lija de los fielatos exhibicionistas de la prosperidad ganada a golpe de clientelismo, nepotismo y despotismo de todo menos ilustrado, pues que la aristoburocracia política que padecemos no cuenta con más ilustraciones que las sectarias cartelerías de guerra civil que alimentan ese guerracivilismo de salón con que malamente llegan a justificar el teátrico de vanidades en que han degradado a nuestras instituciones, hijas díscolas y descaradas de un Congreso de los Diputados que malamente trasciende la condición de dorada perola de grillos.

En este país de Sagitario, Nación de la estirpe de Caín, es de uso partitocrático común poner en la picota inquisitorial de su viciado diccionario gremial cuanto de bueno pudiera ponerles cuesta arriba la predación voraz del presupuesto que creen haber ganado en las urnas como quien gana el dinero ajeno haciendo trampas al Black Jack en una timba esquinera de “Chicago, años veinte”, en la que hasta la mesa de juego te la sirven los lomos del más solícito de tus secuaces; nada se pierde cuando en el juego eres parte, mano y testigo, pues que la honra es algo tan antiguo que sólo guardan recuerdo ya los difuntos y esos libros de caballería que decía El Quijote leer de claro en claro y de oscuro en oscuro. Así las cosas, con la ayuda inestimable de voceros patrocinados y pregoneros a la expectativa, hace décadas que radical viene a significar todo cuanto más odia un buen radical sincero: el maximalismo, el fundamentalismo, el integrismo, en suma, todo extremismo dogmático que distraiga al común de los mortales de lo que verdaderamente importa.

Sin dios al que temer ni cristo al que encomendarse, aristoburócratas de verbo suave y medio pelo, lobos envueltos en sedosos vellones de cordero, anatemizan al radical que temen como a las diez plagas del infierno, pues el cimiento de su éxito, la clave de bóveda de su tinglado, es entretener al vulgo con un muy bien estudiado gatopardismo, pletórico de brindis al sol y ladridos a la luna, según de qué trinchera procedan, buscando dejar al buen reformista a la altura del betún que esta sociedad del espectáculo reserva para los aguafiestas del sentido común, la empatía militante y la conservación de algún provecho para las generaciones siguientes. Viven de la racia constante contra los fértiles campos de la discusión serena, la paz social militante y la pequeña reforma constante que mejore el urbanismo social sin acabar haciendo irreconocible el hogar común; porque el radical es radicalmente contrario a todo cuanto suponga una estafa moral, ética e incluso estética hacia aquellos que entiende iguales a él por la simple razón de haber nacido de mujer.

Ser radical no goza de buena prensa, porque ser radical, con el simple ejemplo del actuar cotidiano, es tanto como oficiar de espejo civil sobre el que ir reflejando, con cada paso, las deformidades y fealdades de un submundo enfermo de Poder en el que no impera más ley que la del más fuerte ni más derecho que el de la élite de esos poderosos e influyentes que aprendieron hace mucho que al que no se pueda vencer hay que comprarlo, o jubilarlo en el consejo de administración de alguna compañía eléctrica, lo cual es mucho más inteligente pues las muchas hambres del encumbrado las pagarán a escote las víctimas propiciatorias de este goyesco aquelarre nacional que tenemos montado, es decir, el pueblo llano. Y el que no esté de acuerdo, puerta, que si ancha es Castilla, más ancha es Europa y paz a de llevar tanta como descanso deje. Mientras tanto, sea para el radical español el hoyo del escarnio y para el político bribón el bollo del escaño.

Mas es dicho popular que a quien va de martillo el cielo le pone el yunque y, como no hay mal que cien años dure ni cuerpo que lo resista, a dios rogando con el mazo dando voy contando los días que faltan para toparme con otro radical bajo la tormenta de arena de nuestra indignidad nacional porque, así, con la sinergia resultante de la reunión, se acortarán los días necesarios para encontrar más radicales con los que conformar la masa crítica necesaria para hacer justo lo que a nuestros próceres de la “secta nostra” les llevaría a la extinción: una leal, diligente y justa reforma del marco constitucional de convivencia que garantice la paz social necesaria para reconstruir esta gran Nación carcomida por siglos de exacción, incuria y descrédito. Porque ellos tienen en las instituciones su residencia, pero nosotros abrigamos en nuestros corazones la resiliencia necesaria para desahuciarlos de la Política, eso que ellos definen como el arte de lo posible cuando todos sabemos que, en verdad, es el arte de la convivencia. Y si es verdad que, en España, quien resiste gana, ¡resistamos!, que la unión siempre hizo la fuerza.

¡Alhorría!

Autor: Pedro Navarrete

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