Una agenda socio-liberal para el Siglo XXI.

Publicado por el 19/06/2017. Categoría: opinión en medios

La Gran Recesión ha sido el catalizador para unos grandes cambios que amenazaban incluso antes de 2008 con poner nuestro mundo patas arriba. Bien por el extraordinario ciclo expansivo previo a dicho año, bien por permanecer camuflados por unas instituciones socio-políticas redistributivas, en especial en Europa, dichos cambios no se habían revelado con toda su crudeza. Y es que tanto el cambio tecnológico como los efectos de la globalización no son hechos recientes. Llegaron hace mucho. Pero es ahora cuando empezamos a notar más intensamente sus efectos, para bien, o especialmente y para algunos, para mal. Estos nuevos problemas que surgen en un mundo cambiante exigen de los responsables políticos que replanteen sus esquemas programáticos, sus agendas de intervención.

Que una crisis zarandee hasta sus raíces todo un sistema económico, social y moral, no es novedoso como podemos recordar por lo ocurrido en los años 70

La dificultad de redefinir las políticas públicas necesarias en un entorno cambiante como el actual está en el origen de la crisis de la tradicional izquierda política. Y es que, que una crisis zarandee hasta sus raíces todo un sistema económico, social y moral, no es novedoso como podemos recordar por lo ocurrido en los años 70. Aquella crisis obligó a reconsiderar no solo todo el aparataje keynesiano de la ciencia económica sino de las directrices mismas del quehacer político de la época. Aquella crisis puso punto final a la llamada Edad de Oro del Capitalismo, una conjunción de desarrollo económico post-bélico, fuertemente controlado por estados en un mundo catatónico, altamente estructurado en lo económico, en lo social y hasta en lo moral y consolidado por un sistema monetario estable hasta finales de los sesenta. La crisis puso punto final a este “idílico” matrimonio entre intervención y mercado. Fue entonces cuando (re)aparecieron los ahora llamados economistas de la oferta, los clásicos reconvertidos, los Chicago Boys. Fue entonces cuando se rehabilitaba a un Hayek cuyo “Camino de Servidumbre” descansaba en la mesita de noche de Margaret Thatcher mientras esta y su homólogo norteamericano, Reagan, combatían con dureza contra los mismos poderes sociolaborales anglosajones. Se inaugura una nueva etapa, el Reaganomics, que buscaba imponer una visión de “oferta” al diseño de las grandes políticas económicas. Este neoliberalismo abogaba por una desregulación, por una retirada del control estatal de la economía. Si bien tuvo gran predicamento en los países anglosajones, fue menos exitoso en la Europa continental, en gran parte reducto de una socialdemocracia que aún se mantenía en pie.

De nuevo surgen voces que exigen un cambio de paradigma no solo en el análisis de los problemas económicos sino especialmente en las políticas a aplicar

Como en los 70, de nuevo surgen voces que exigen un cambio de paradigma no solo en el análisis de los problemas económicos sino especialmente en las políticas a aplicar, a reconsiderar ciertos paradigmas en la intervención pública. Como ocurriera hace cuarenta años, distintas visiones heterodoxas esperan y desean tomar al asalto el espacio que según ellos una moribunda mainstream económica ha dejado vacante. No son pocas las voces de nuevos adalides de la heterodoxia económica y política que, algunos con intencionada y refinada persuasión, exigen paso a sus ideas para ofrecer respuestas a los problemas que acucian a la gente, al pueblo, a los ciudadanos.

Pero el análisis económico está lejos de morir. Más bien al contrario, el análisis de datos basados en nueva información y en nuevas técnicas han permitido dilucidar las relaciones entre ciertas variables y que, en algunos casos, han venido a mostrar que nuestros prejuicios, nuestros a priori, estaban lejos de ser ciertos.

La política debe enmarcar dos tipos de intervenciones que por un lado permita expandir la libertad del individuo, facilitarla, y por otro que la encauce por un bien social superior

Esta nueva evidencia es alimento para nuevas propuestas económicas y políticas de elevado contenido socio-liberal. El socio-liberalismo comparte con el liberalismo la idea de que es importante preservar la libertad individual como base y fundamento del desarrollo de una sociedad. La libertad del individuo es la base para el desarrollo de una sociedad moderna y democrática. Sin embargo comparte también la idea de que estos mismos individuos están obligados a convivir con otros individuos en un marco de relaciones donde la confianza mutua y la convivencia pueden deteriorarse significativamente si aparecen desigualdades excesivas o dinámicas de exclusión social. De nada sirve la libertad individual si esta no se mezcla armoniosamente en el conjunto social donde se desarrolla. En este sentido, la política debe enmarcar dos tipos de intervenciones que por un lado permita expandir la libertad del individuo, facilitarla, y por otro que la encauce por un bien social superior.

Así pues, el socioliberalismo propone una clara disminución del papel del Estado en la regulación y en la influencia de la actividad privada. No se niega la necesidad de regular, sino que se fomente una mayor transparencia, una simplificación de la misma así como una deseable estabilidad regulatoria. Todo ello como condición sine qua non fomentar un crecimiento económico a largo plazo. Además, como ya se ha advertido en este mismo post varias veces, el Estado debe dejar de establecer vínculos de “afectividad” con los lobbies económicos y que solo limita el crecimiento a largo plazo de la economía. El Estado debe eliminar barreras de entrada y obstáculos a la actividad de las empresas. Debe fomentar la competencia, como medio para elevar el bienestar de los ciudadanos. El Estado no solo debe ser garante de un liberalismo económico, sino que debe promulgarlo.

La desregulación puede ayudar. Pero, paradójicamente y a diferencia de las propuestas más liberales, mediante su intervención redistributiva el Estado puede hacer mucho bien a la misma

A este liberalismo económico habría que añadir una clara función redistributiva y de supervisión económica. La vertiente social. Marcando algunas diferencias con las políticas socialdemócratas tradicionales, donde las medidas de redistribución son más pasivas, la política social debe ser más proactiva, debe tomar en serio su capacidad para influir y elevar la eficiencia de lo que en los setenta se vino a llamar oferta. Buscando paralelismos con los postulados liberales de aquella época, estas políticas sociales, muchas nada novedosas, deben en parte centrar su atención en cómo mejorar y hacer más eficiente la oferta productiva. Si, como he dicho antes, la desregulación puede ayudar a ello, pero paradójicamente y a diferencia de las propuestas más liberales, mediante su intervención redistributiva el Estado puede hacer mucho bien a la misma.

En este sentido, el Estado debe asegurar la libertad de los ciudadanos en su relación con la actividad económica y laboral. Para ello es fundamental la libertad de opciones, y por lo tanto la igualdad de oportunidades. Son absolutamente necesarias políticas predistributivas, como son las tradicionales de educación y sanidad pública. Pero además son fundamentales políticas que fomenten mediante la redistribución monetaria o en especie, la libertad de decisiones.

Numerosos análisis económicos recientes han cambiado enormemente la consideración que se tenía sobre los efectos de los complementos salariales, cheques a determinados colectivos en riesgo de pobreza, políticas de vivienda pública, políticas de conciliación familiar…

En este sentido, como he adelantado, numerosos análisis económicos recientes han cambiado enormemente la consideración que se tenía sobre los efectos de estas políticas. Por ejemplo, los complementos salariales, cheques a determinados colectivos en riesgo de pobreza, políticas de vivienda pública, políticas de conciliación familiar, etc. Estas políticas incentivan por ejemplo la participación en el mercado de trabajo, la igualdad de género, el aprovechamiento más eficiente del capital humano. Además, las políticas fiscales, como ya he descrito en más de una ocasión, deben intentar maximizar su capacidad redistributiva minimizando la creación de incentivos perniciosos. Recientemente algunos resultados muestran, no sin un gran debate de fondo, que puede ser más eficiente para el crecimiento y para luchar contra la desigualdad bajar los impuestos sobre la renta a los colectivos de menores ingresos, pues incentivan mucho más su participación en el mercado de trabajo que subir los impuestos a los colectivos de mayores ingresos. A su vez, la sustitución de parte de la presión fiscal basada en los ingresos de las familias por impuestos basados en el uso de la misma ayudarían a esta política de redistribución sin afectar en exceso a estos incentivos.

En resumen, tres grandes pilares deben guiar la política pública del futuro, una política de oferta liberal que fomente la eficiencia y el crecimiento económico, una política de oferta “social”, que eleve y mejore la participación laboral de todos los colectivos pero en especial de aquellos que con los recientes cambios pueden verse desplazados y, por último, una política de igualación de oportunidades, y que se concretaría con las tradicionales educación y sanidad públicas.

Autor: Manuel Alejandro Hidalgo

Fuente: http://www.vozpopuli.com/la_economia_explicada/agenda-socio-liberal-Siglo-XXI_7_1019068088.html

2 respuestas a “Una agenda socio-liberal para el Siglo XXI”

  1. Javier Martínez dice:

    El socioliberalismo o Tercera Vía es la impostura y la infiltración de la gran patronal y los bancos en el seno de los partidos socialdemócratas; las políticas social-liberales han sido un fracaso que ha ido allanando el terreno al fascismo.

    Veo que vosotros ya vais enseñando la patita con total descaro…

  2. Sara Gálvez dice:

    Muy bien. Eso es lo que necesitan España y Europa, un centro izquierda progresista y liberal que aplique sin complejos reformas como la introducción de un contrato único o la reducción de entes y empresas públicas.

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