Socialismo.

Publicado por el 17/07/2017. Categoría: Opinión

Hace tiempo que confesé por escrito que no creo en ese pretendido par dialéctico Izquierda/Derecha, mera topografía política, histórica, que viene a reservar espacios separados a las “fuerzas progresistas” de la Sociedad, aquellas que pretenden mantener vivo el lema revolucionario de “libertad, igualdad y fraternidad”, todo un paradigma social en sí mismo, frente a las “fuerzas regresivas”, comúnmente llamadas reaccionarias, que viven permanentemente aprovechando la ocasión de regresar al engrandecimiento de sus privilegios históricos; y no creo en ese par dialéctico porque falla en lo principal: la izquierda reaccionaria existe y es siempre peligrosamente populista, como cierto progresismo no es extraño a la derecha, aunque sólo sea para adquirir nuevos privilegios con los que sustituir a algunos viejos, tan vetustos, que de poco les sirven ya. Para colmo, esa topografía de izquierda/derecha no admite título de propiedad, pese a la contumaz insistencia de políticamente interesados en ello, sino que exige que sea la diacronía de tus hechos políticos la que deje bien sentado de qué lado de la intangible frontera se encuentra cada cual.

Además, por experiencia propia sé que hay muchas maneras de ser de izquierdas (disculpad que no me ocupe de las derechas, pues siempre me dio mucha pereza), aunque yo únicamente estoy capacitado para reconocer tres: izquierda reaccionaria, normalmente populista, eternamente en pos de una utopía teórica dogmáticamente impedida para aterrizar en el mundo de los vivos y que, cuando lo hace, siempre necesita riadas de sangre, sudor y lágrimas con que amasar cierto cimiento social; la izquierda radical, reformista a perpetuidad, normalmente ilustrada e intelectualmente impelida a profundizar hasta la raíz misma de los problemas, sabedora como es que solucionar la periferia de cada problemática es una abominable tibieza que se reduce a vivir aparentando lo que no se es; y la izquierda oportunista, esa otra izquierda tan dignamente centrada que pretende vivir educadamente con un pie en la izquierda y otro en la derecha, sirviendo acomodaticiamente a dos señores y arrogándose un pretendido meritorio equilibrio que no es más que un patético baile de la yenka que sólo conduce a confundirse con el paisaje para, así, mejor asegurarse un mullido, cómodo y dorado pesebre de poder. Y pese a todo lo dicho, volvemos a toparnos con que es la crudeza de los hechos políticos, y no el almíbar del discurso sectario, quien nos coloca a cada uno en el hemisferio topográfico que nos corresponde.

Por mi parte, mis circunstancias familiares me han llevado siempre a encontrarme en el lugar en el que todo el mundo me ha visto, hasta el punto de que llegué a militar en el PSOE, desde 1998, hasta que la tozudez de los hechos me demostraron que esa fuerza política era una maquinaria pendular, de reaccionaria a oportunista según dictasen las santas encuestas, y no sin amargura, lo reconozco, me vi en la obligación de abandonar sus filas, mediante renuncia manuscrita, un 9 de Marzo de 2014. Digo ésto porque durante aquellos años de militancia “pesoísta” y bastantes otros más desde mi mocedad, el PSOE ha sido esa fuerza hegemónica que ha conseguido patrimonializar la izquierda española sin más mérito ideológico reconocible que odiar retóricamente a la derecha y negarse fervientemente a ser comunista, extremos políticos que no cunden buenos ejemplos históricos en el imaginario colectivo nacional, pese a que un riguroso estudio de historia comparada nos llevaría muy pronto a comprobar que, como se suele decir en Granada, “en todas las casas cuecen habas y en la mía a calderadas”. Pues bien, en todos aquellos años, desde mi mayoría de edad, me he encontrado con carretadas de argumentaciones teóricas “socialistas”, pero ni en una sóla ocasión con una definición clara, concisa y concreta de lo que realmente ha sido, es y será el socialismo, pues se entiende que ha de ser un movimiento político hábil y válido, mientras que la Sociedad exista, siempre ubicado en la topografía de izquierda radical que se supone ha de ocupar el socialismo, al menos el que todos los socialistas convencidos echamos de menos.

Debo esta convicción precisamente a mi formación académica, la que me ha llevado a saber que desde nuestro antepasado género Australopithecus, luego antes incluso del nacimiento de la Humanidad, el Hombre ha escogido la senda evolutiva del hiperpredador social, cooperativo y organizado en base a la familia nuclear que jamás debió abandonar; porque la cruda verdad antropológica es que fue hace muy poco, en torno al Milenio –VII, que la Revolución Agrícola que sedentarizó a la Humanidad liberándola de las cadenas demográficas y ambientales del pasado, degeneró en lo que los antropólogos bautizaron como Conflicto Neolítico y que no fue otra cosa que la fractura social por la emersión contra natura del elitismo, o sea, un credo supremacista, clasista, corporativista y xenófobo que, reservándose el control de la fuerza militar, moral e económica de las sociedades antiguas, las acabó aristocratizando y arrastrando a la senda cainita que condujo directamente a la Humanidad que hoy conocemos. Por consiguiente, podría definirse en negativo el socialismo como todo lo que es radicalmente opuesto al elitismo y, sin necesidad de definirlo en positivo, como es de rigor, la simpleza anterior ya se basta para ilustrarnos fehacientemente que el socialismo, como su antagonista el elitismo, lejos de ser una doctrina política es una emoción política, es decir, una aptitud política privativa del individuo y, por tanto, independiente de su cuna, raza, credo o sexo. El socialismo, como el elitismo, pues, son atributos humanos que se maman en casa y se desarrollan y pulen en sociedad con la fuerza de las circunstancias vitales de cada persona, las cuales principian siempre con hechos emocionales tan determinantes como las predisposiciones genéticas, que mejor dejar al margen de esta discusión.

Consecuentemente, para un humilde radical que cree fervientemente que la “Política es el arte de la convivencia”, el socialismo real, nada que ver con el histórico heredado del romanticismo filosófico, no es otra cosa que la aptitud prosocial activa, individual y consecuente del ciudadano que se reconoce igual al resto de los hombres y, por ende, que cree firmemente que lo que es bueno para él, y para los suyos, ha de ser intrínsecamente bueno para el resto de la Humanidad lo cual, subsecuentemente, le lleva a asumir que la libertad individual requiere de normas, pues necesariamente ha de acabar allí dónde comienza la libertad de su prójimo, por lejano que resulte, y que la fraternidad humana es un hecho natural, absolutamente biológico, que le asegura que todos sus anhelos y esperanzas son automáticamente homologables a los del resto de los humanos vivos. De hecho, hasta las propias élites sociales apelan a esa fraternidad, a esa igualdad y a esa libertad toda vez que necesitan contención social para seguir preservando sus privilegios, más que nada, porque los elitistas tienen meridianamente claro que su posición contra natura, además de requerir ingentes cantidades de capital humano, económico e institucional para perpetuarse, adolece de la enorme flaqueza de ser una realidad histórica a cada generación más y más minoritaria, luego más débil e inestable.

Pero claro, el grado de confusión actual es tal, en plena edad de la Posverdad, y el nivel de degradación pública del progresismo mundial es tan grande, que ahora nos encontramos como aquel recluta paisano mío que, apuntando maneras de valeroso caballero legionario, en sus primeras maniobras con fuego real se hizo un ovillo sobre sí, tan apretado, que un pequeño grano de arena fue capaz de hacerle sombre de cuerpo entero. Furibundamente interpelado por su sargento, bajo el aplastante silencio acusatorio del alto el fuego provocado, el cuitado se cuadró, se armó de dignidad, sacó una bala de su canana y, jurando y perjurando que él no le tenía miedo a las balas mientras se golpeaba duramente con aquella en el pecho, acabó reconociendo que le asustaba mucho la velocidad con que le pasaban silbando… Y eso mismo es lo que le ocurre a esta sociedad posmoderna que amenaza ruina por doquier, que no le teme a las palabras pero se horroriza con el significado original y exacto de las mismas; por eso las pervierte, las violenta y las eufemiza hasta el más grandilocuente de los ridículos, en una suerte de logomaquia de salón de té que ha acabado configurando una sociedad acrítica y descreída en la que los “políticos” de oficio, beneficio y condición reinan como tuertos en países de ciegos.

Mas yo no me resigno. Jamás dejaré de ser lo que buenamente pueda ser conforme a mis circunstancias personales y eso, necesariamente, entraña negarme a que otros se arroguen en propiedad actitudes y aptitudes políticas permanentemente contradichas por sus hechos. Por tanto, el que quiera ser de izquierdas que lo demuestre, y el que quiera ser socialista que lo atestigüe con ejemplo, que las palabras se las lleva el viento por más que haya palabras que matan.

¡Carpe diem!

 

Autor: Pedro Navarrete

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