31 Oct 17

Plataforma Ahora muestra su total repulsa contra el expediente disciplinario abierto al inspector de Enseñanza de la Generalitat, Jordi Cantallops

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31 de octubre de 2017– Plataforma Ahora ha querido hacer público su apoyo a Jordi Cantallops. Y es que después de que este inspector de Enseñanza de la Generalidad denunciara que “sí se adoctrina en los colegios”, ha sido expedientado por “incumplimiento de sus funciones”. Ante estos hechos, Plataforma Ahora ha manifestado su repulsa total contra este expediente disciplinario.

En este sentido, la portavoz adjunta de Ahora, Dolores Agenjo, entiende que “este expediente supone una represalia inaceptable contra el señor Catallops por el hecho de haber denunciado el adoctrinamiento en la educación catalana”. En esa línea, admite que “existen numerosos casos debidamente documentados, así como numerosas denuncias de padres y alumnos recogidas en la prensa que ponen en evidencia la discriminación lingüística y la manipulación ideológica a que se ven sometidos los alumnos catalanes, incluso de muy corta edad; todo lo cual constituye un abuso intolerable y condenable al que la administración educativa debe poner fin de manera inmediata”.

Por todo esto, desde Plataforma Ahora quieren manifestar su “total solidaridad y apoyo a una persona valiente y comprometida con la educación, capaz de sacar a la luz esta sórdida realidad a expensas de sufrir represalias por parte del régimen nacionalista que impera en Cataluña”.

Igualmente, tal y como explica Dolores Agenjo, “exigimos también la destitución inmediata de los responsables de la Generalidad que están intentando acallar la voz de Jordi Cantallops por medio de burdas e injustas medidas represivas”

 

 

 

30 Oct 17

La izquierda invertebrada

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Es deseable un proyecto político internacionalista, capaz de confrontar al nacionalismo y al injusto modelo de relaciones económicas hegemónico

Dicen que el primer golpe seco producido por la puerta de la celda es inolvidable. Sólo después de eso, los Jordis entendieron una de las características asociadas a la norma de un Estado que se pretenda vivo: la eficacia. Algunos afirman que el hedor, provocado por los intestinos de los depositantes premium tras constatar la posibilidad de transmutación de euros en pujoles estimuló a muchos de los empresarios que habían nutrido las arcas separatistas a abandonar el barco. Otros señalan que la mera visión de un burofax con un membrete de un gobierno invisible, de una tal España -la nieta con trenzas de Franco según TV3-, provocó la inmediata renuncia de un jefe de Policía, cuyo exquisito gusto y olfato no toleran nada que sea español. Curiosa forma de adentrarse en la validez normativa. En definitiva, agitadores profesionalizados, empresarios de seny y políticos displicentes sintieron, en sus emotivos cogotes, el aliento de algo así como un fantasma; como el Godot al que nunca se espera porque no existe: España. Desgraciadamente, tenían sobradas y convincentes razones para pensar así.

Parafraseando, la novela de Semionov, sobre los últimos días de la II Guerra Mundial, los nacionalistas catalanes se encontraban inmersos en sus diecisiete instantes de una primavera. A cada cual más caótico, pero al fin y al cabo, recubiertos de ese celofán tardoadolescente que tanta fortuna hace en nuestras sociedades de autómatas ciegos. De hecho, aún sueñan con la primavera árabe que les conduzca, por la vía de los hechos o de los muertos, a la conquista de la cola de pasaportes del Prat. No obstante, este último sentimiento es nuevo. La idea siempre había sido reeditar, en las cabezas de los autómatas de todas las edades, la sabiduría complaciente de los libros ochenteros que nos prometían el inglés sin esfuerzo en cuatro semanas. Y todo porque España era algo abstracto, una entelequia, un proceso de renuncias, el gorjeo lejano de un grillo tras una noche de barbacoa veraniega.

Las recientes apelaciones a que la psiquiatría deba explicar la actitud de los líderes separatistas son absolutamente infundadas. En realidad, tienen motivos para pensar y actuar así. El cumplimiento de la norma ha sido optativo. La presencia del Estado irrisoria. La atención a los catalanes no nacionalistas insultante. Mejor, indigna.

Las responsabilidades están repartidas a derecha e izquierda. No obstante, la izquierda nominal ha tenido un papel decisivo en la construcción y éxito del relato nacionalista. El PSOE cimentó un tripartito en Cataluña que asumió los postulados del nacionalismo. Desarrolló los pactos con el pujolismo y cercenó cualquier mínima veleidad internacionalista en su seno. Al contrario, siempre se mostró exultante con la colonización que el PSC hizo de los rescoldos de un imaginario español que se extinguió proporcionalmente a su socialismo. De hecho, sus políticas antisociales fueron contestadas en las plazas con nitidez, sencillez y realismo: “No nos representan”, decían los manifestantes a ZP y a Mas. Cuando un partido deja de ser obrero, socialista y español, se convierte en el partido; una herramienta que permite ganar elecciones contra un contendiente erosionado por un turnismo gris. Pero nada más.

IU siguió un camino semejante. La integración del nacionalismo en su ideario aniquiló al viejo PCE, que continuó su caída libre bajo el pseudónimo de IU. Finalmente, se travistió en algo que se denominó Podemos, donde las inercias suicidas de la vieja tradición “llamazárica”, interpretada por sus ayudantes bolivarianos, se agudizaron hasta convertirse en el actual cadáver político. Su papel en la tragicomedia separatista ha acelerado su descomposición. Por un lado, la foto grupal de Vista Alegre ha quedado reducida al amado líder; por otro, se confirma que es un partido inhabilitado para gobernar España. Esta izquierda invertebrada ha querido hacer del libro de Ortega una profecía autocumplida.

Y no es cuestión de sentimiento. Como bien señalaba Savater, uno no se siente español, sino se sabe español. Una España felizmente vertebrada como proyecto colectivo, como representación del esfuerzo de nuestros abuelos por abandonar la miseria a la que condujo el cainismo y la incultura. Como un estado en el que existe un notable consenso en torno a los derechos sociales, como probó el 15-M. España es ahora un país de ciudadanos hartos de dirigentes que no creen en él o se avergüenzan de sus símbolos. De ciudadanos hastiados de una izquierda que en vez de confrontar el nacionalismo, lo asume y promueve. La ensoñación estaba justificada.

Es deseable un proyecto político internacionalista, capaz de confrontar al nacionalismo y al injusto modelo de relaciones económicas hegemónico. Una izquierda con un programa sólido en favor de la justicia social y de un proyecto común que ha superado sus complejos y al que denominamos España. Un país que se sabe capaz de afrontar desafíos y cuya esperanza es derribar fronteras.

Autor:Rafael Rodríguez Prieto

Fuente: http://www.diariodesevilla.es/opinion/tribuna/izquierda-invertebrada_0_1186381760.amp.html

 

28 Oct 17

Mandamiento

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Una Cataluña sumisa y humillada debe ser mucho peor que una cívicamente rota, empobrecida, intolerante y reprobada

El primero: no humillarás. Los mismos que durante dos décadas no vieron especial peligro de ello en la inmersión lingüística, la manipulación de los textos educativos, el casi risible sectarismo antiespañol de TV3, el ofuscamiento de los símbolos del Estado, las pitadas al Rey, etcétera, están hoy muy alerta ante la amenaza que supone aplicar el artículo 155. ¡Cuidado con los abusos! ¡Se ha despertado ese endriago infernal, el nacionalismo español! Es pecado mencionar los lúgubres precedentes de anteriores aventuras separatistas. Y nada de cárcel, ni del mínimo menoscabo de unas instituciones de autogobierno que han sido utilizadas de modo impropio y torticero, hasta provocar la división entre los catalanes y la crisis más grave en España desde el comienzo de la democracia. “¡Quieren una Cataluña sumisa y humillada!”, clama Puigdemont. Lo cual debe de ser mucho peor que una Cataluña cívicamente rota y empobrecida, intolerante con su amplísima disidencia interna, reprobada por los representantes de la Europa unida que quiere seguir estándolo, mintiendo a diestro y siniestro para justificar lo injustificable. Pues nada, antes muerta que humillada, qué se habrá creído Rajoy, violento y franquista. En fin…

Humillar a alguien es someterle a la arbitrariedad, no al cumplimiento de la ley. Al contrario: según Hegel, si no se castiga legalmente al delincuente se le humilla, porque se le trata como si no fuera humano, es decir, responsable. Y desde luego se humilla al resto de los ciudadanos que cumplen las leyes para asegurar sus libertades. Claro que no se debe ir más allá de la legalidad: por ejemplo, condenando a los maestros que enseñan a los niños a detestar y perseguir a algunos de sus conciudadanos a limpiar letrinas con la lengua. Eso solo pueden quererlo los energúmenos… como, por ejemplo, yo.

Autor: Fernando Savater
Fuente: https://elpais.com/elpais/2017/10/26/opinion/1509035038_117132.html?id_externo_rsoc=TW_CC

26 Oct 17

El supremacismo catalán

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Antonio Robles escribe “si hay un hecho diferencial en Cataluña es el de que se haya logrado que mientras todos los proyectos europeos basados en el supremacismo nacionalista son rechazados como ultraderechistas, el supremacismo catalán pase por democrático”.  Y exactamente eso es lo que está pasando.

En el programa de TV3 del sábado 30 de septiembre, al que me invitaron por primera vez en siete años, en el último día de campaña por el referéndum, para fingir que era un medio de comunicación plural y objetivo, a Suso del Toro que debatía conmigo, le pareció bien que la campaña nacionalista presentara a los catalanes como más industriosos, trabajadores, formales e inteligentes que el resto de los españoles. “Sí así es, conviene decirlo” me respondió.

Recordemos los mítines del famoso diputado de Unió, Durán y Lleída, asegurando que los catalanes trabajaban para que los andaluces se gastaran su dinero en la taberna.  Y eso que al final no se decantó por el independentismo. En el programa de Unió sólo se perseguía dinero.

Pero la identidad, la diferencia, la supremacía en resumen, es un elemento importante para convencer a las poblaciones de la justicia de sus reclamaciones.

Ada Colau ha enviado un sensiblero y almibarado escrito quejándose del trato de la Guardia Civil y de la Policía a los indefensos electores y reprochando amargamente al portavoz del PP que calificara de “nazis” a los catalanes y catalanas que se manifestaban contra la represión policial. Desde luego, es poco afortunada la expresión. Pero esa señora nunca ha dicho una palabra cuando sus socios y ahora protegidos han tachado de fascistas a tantos cuantos nos negábamos a aceptar la ideología supremacista, hablamos castellano y pretendemos seguir perteneciendo a España para no enfrentar a los pueblos y a los trabajadores entre sí.

El episodio de llamar fascista a Joan Manuel Serrat ha tenido mucha cobertura mediática, pero cuando hace veinte años a los firmantes del Manifiesto de los 2.000 se les pintó las paredes de sus casas con el calificativo infamante, casi nadie lo reprodujo. Como ningún medio de comunicación en Cataluña informa del acoso a que se somete a los profesionales, a los maestros, a los funcionarios, que no comparten la ideología supremacista e  independentista que impone el régimen.

Ese sábado la inefable Pilar Rahola, reina de TV3, que domina el programa ya que los tiempos de intervención no rigen para ella, y cuya palabra es la ley de la televisión pública catalana, me dirigió una mirada hostil acompañada de una sonrisa despectiva cuando alegué que el Referéndum era ilegal, mientras comentaba “igual que lo que dice Rajoy”. Si los tiempos de la televisión fueran ponderados hubiese podido recordarle dos axiomas definitivos: “La verdad es la verdad la diga Agamenón o su porquero” y el de Antonio Gramsci: “la verdad es siempre revolucionaria”.

Para Rahola la única forma de descalificarme ante el imbatible argumento de que el Referéndum era ilegal, era situándome en el espacio ideológico de Rajoy. Le pregunté si también, como Joan Manuel Serrat, yo era fascista.

Mientras según el relato oficial de los ideólogos del supremacismo catalán y de la independencia, entre los que se encuentran el honorable Jordi Pujo y su esposa Marta Ferrusola, Artur Mas, su delfín, el President Puigdemont, Oriol Junqueras y Carme Forcadell, los catalanes son un pueblo oprimido por el Estado Español que ha ocupado Cataluña militarmente durante seiscientos años, y que solo quieren votar pacíficamente la independencia, los gobiernos de la Generalitat desde 1980 han impuesto un régimen de persecución de lo no catalán con lo que es una violencia diaria y continuada, aunque no utilicen las  armas.

La coacción, el insulto, la descalificación, la marginación contra lo “español” han dominado la administración, la cultura, la educación, los medios de comunicación, el ambiente social que se ha hecho irrespirable para los sectores sociales que no son de pura cepa catalanes y que no aceptan ni el falso relato de la opresión y el expolio por parte del Estado español ni apoyan la independencia.

Han marginado, acosado, despreciado y humillado a maestros, jueces, fiscales, funcionarios, hasta conseguir que se fueran de Cataluña o vivieran en el ostracismo. Se han ido de Cataluña 14.000 profesores en los últimos 10 años, y notarios y escritores y actores, perseguidos con el infamante calificativo de fascistas, o españolistas, que para ellos es sinónimo. Estamos viendo como se lleva a los niños a las manifestaciones y en las escuelas se insulta a los hijos de los guardias civiles.

Los gobernantes de la Generalitat durante 37 años se han apropiado del dinero para sus cuentas en Andorra y en Suiza, y para financiar a sus colegas, acólitos, clientes y paniguados que han vivido durante casi cuatro décadas de la prevaricación, la apropiación indebida, las comisiones y dádivas que partían de la Generalitat hacia sus fieles. Dinero que también ha servido para financiar la espuria campaña independentista, con todos los medios de que dispone, que desde hace siete años intoxica el ambiente de Cataluña. Sólo en esta última etapa la Generalitat ha gastado 98.000.000 millones de euros en la campaña de la independencia mientras 19.000 niños estudian en barracones porque no tienen escuelas. No lo digo yo, lo explicó Jiménez Villarejo en el mitin del Foro de las Izquierdas No Nacionalistas. Otro fascista, supongo, para Pilar Rahola, ya que se atrevió a pedir el procesamiento de Jordi Pujol cuando la quiebra de Banca Catalana.

Los supremacistas catalanes tienen adoctrinadas a tres generaciones de jóvenes, y se permiten incumplir no solo las leyes del Estado sino el propio Estatut por el que tanto han llorado; cambian las leyes al mismo tiempo que las aprueban dándole a la oposición dos horas para presentar enmiendas cuando el reglamento del Parlament establece 15 días, impiden hablar y debatir a la oposición, y luego lanzan a sus fieles como zombis a la calle para que les pegue la Guardia Civil. Ese Parlament del que Pilar Rahola dice sentirse tan orgullosa.

Toda esta operación de largo alcance está organizada para que la casta que domina el Govern y los ayuntamientos y asociaciones a ella vinculada pueda quedarse impunemente con el dinero de todos, catalanes y españoles, supongo que con el patronazgo de Israel, Estado que tanto les gusta, especialmente a Pilar Rahola. Para dividir España, enfrentar a los trabajadores y a las mujeres entre sí, a mayor beneficio de esa mafia que gobierna Cataluña, formada por la burguesía tradicional y la de arribada por su complicidad con el franquismo.

En ese día aciago del 1 de octubre me paseé por Barcelona para encontrarla vacía, tranquila, ajena a las “luchas revolucionarias” que se estaban librando en los colegios electorales. En algunos, unas decenas de personas esperaban en la calle, en otros quizá llegaban a cien.

Cuando, ante la dejación de de los Mossos de Esquadra de su obligación de cumplir las órdenes judiciales, la Guardia Civil intentó entrar en los locales y llevarse las urnas, comenzaron los ataques de los entrenados para ello. Lean Resumen Latinoamericano que es muy ilustrativo de cómo los piquetes estaban organizados para ir de colegio en colegio a insultar y pegar a la policía. Todos los golpeados por la policía no eran viejecitas, madres embarazadas y niños como explica el almibarado mensaje de Ada Colau. Quienes agredieron a los policías y destrozaron los coches de la Guardia Civil eran mozos aguerridos, vociferantes, cuyas expresiones de rabia y golpes sobre los automóviles hemos visto en las imágenes repetidas por la televisión.

Imposible que votaran 2.200.000 personas cuando la gran conurbación de Barcelona estaba vacía. Las cifras de heridos son absolutamente falsas, dado que sólo hay 4 hospitalizados. La señora a la que le rompieron los dedos “uno a uno” ha explicado después que no fue así sino que tiene una capsulitis en uno solo. Nadie ha perdido un ojo, quien sí lo perdió fue una señora llamada Quintana a la que los Mossos dispararon una bala de goma en las manifestaciones contra los recortes de hace cinco años. El señor de Lérida no murió, afortunadamente se salvó del infarto que le acometió.

Y, por supuesto, ninguno de los heridos han sido ni Puigdemont ni Junqueras ni la Forcadell, que no estaban a la cabeza de las tropas de liberación nacional. Y tampoco les hemos visto visitando a los cientos de heridos en los hospitales.

Como epílogo de esta mini crónica de un debate, Pilar Rahola me espetó con desprecio que hablar de clases y lucha de clases era un discurso tan viejo como del siglo XIX, y nadie me dio la oportunidad de recordarle que precisamente el discurso del XIX es el de los nacionalismos, que ocasionó millones de muertos entre los siglos XIX, XX y XXI.

Autor: Lidia Falcón O’Neill
Fuente: https://www.cronicapopular.es/2017/10/el-supremacismo-catalan/

26 Oct 17

Autoridad

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La acepción semántica más completa que el DRAE expende a propósito de la palabra autoridad, dice lo siguiente: “prestigio y crédito que se reconoce a una persona o institución por su legitimidad o por su calidad y competencia en alguna materia”, que no es otra cosa que esperado del Gobierno de la Nación en este penoso trance, del golpe de Estado catalán, que lleva camino de convertirse en todo un culebrón televisivo; porque, la verdad, del pasado primero de Octubre a esta parte únicamente han obrado con autoridad el Juzgado Nº-13 de Barcelona, previa denuncia por parte del partido político VOX, y ahora la Audiencia Nacional, previa denuncia de un particular. Por eso, a los que aducen que el gobierno está midiendo muy bien los plazos y pasos de sus obligaciones institucionales al respecto, les contesto que eso es así porque lo hacen todo como buen cubero: midiéndolo a ojo y desde lejos.

Sonroja pensar por un momento la respuesta institucional que la República de Francia, sospechosa de todo menos de antidemocrática y novel, habría dado a los catalanes de estar aún las marcas hispánicas del Sur en territorio galo; pero de eso se libran gracias a la firma en 1258 del Tratado de Corbeil, cuando la Corona de Aragón y el Trono Franco se repartieron las marcas hispánicas y fijaron definitivamente – no sin seculares litigios – la frontera pirenaica donde la conocemos. Por supuesto, ni se me ocurre imaginar lo que habría ocurrido si una turba vociferante hubiera bloqueado y pisoteado una caravana de vehículos del FBI, todos con sus dotaciones policiales dentro y reglamentariamente armadas con munición de guerra; de hecho, eso no se le ocurre ni al más frenopático de los manifestantes estadounidenses, porque saben que la munición de guerra es allí argumento de autoridad indiscutible.

Ahora bien: Spain is diferent!. Desde que en 2012 el catalanismo del ínclito descendiente de negreros Artur Mas calentase motores, para que poco más tarde pisase el acelerador a fondo el nada honorable Jordi Pujol, al grito arrogante y desafiante de que “cuento con información que haría caer al Estado español”, nuestras élites políticas vagan taciturnas y afligidas por los montes de la retórica del Poder; y cuando dicen algo al respecto, mayormente es según una huida personal hacia adelante que todo lo embarra más en el de por sí espeso fango de la confusión política nacional. ¿Tendrá eso algo que ver con que el aspirante a la Moncloa sea el sucesor del responsable de una reforma del estatuto de autonomía catalán enfocada hacia el Olimpo taifal de los fueros vascos? ¿Tendrá también algo que ver con que en la Moncloa resida el que es presidente y fuera secretario general de un partido político investigado por corrupción a título de persona jurídica? ¿Vendrá todo ello a colación del espeso silencio nacional en torno a las grandes causas judiciales de corrupción, como Gürtel, EREs y Pujol?

No sabemos la respuesta exacta y, conociendo a nuestras élites políticas, lo más probable es que no la conozcamos nunca; pero eso no obsta para que contemos con datos objetivos sobrados para afirmar que ni el Gobierno de España ni la oposición principal cuentan con autoridad para seguir arrogándose la potestad de ser solución sin antes solucionarse ellos como parte fundamental del problema patrio, este chusco fenómeno que quedó sociológicamente acuñado en nuestra Universidad como “franquismo sociológico”, o una forma corrupta, arbitraria e insolente de administrar la cosa pública para enriquecimiento y empoderamiento de sus subalternos, parientes, pescavotos y amiguetes varios. En verdad, los únicos que han demostrado autoridad en este chusco acontecer son, precisamente, los separatistas, que la han ejercido acorde a la primera acepción semántica que el DRAE otorga al término: “poder que gobierna o ejerce el mando, de hecho o de derecho”, porque sin duda la han ejercido, por pelotas y pasando insolentemente por encima del mismísimo Tribunal Constitucional al que suelen acudir hipócritamente, en busca de amparo, cada vez que les interesa.

Hay quien habla rotundamente de que la abdicación de Juan Carlos I en Felipe VI es el hito temporal de la II Transición española, pero, llamadme pesimista, yo lo veo como un síntoma más de la decadencia española hacia un nuevo estado taifal travestido de moderno y progresista; porque, sin entrar a valorar pormenores poco edificantes de nuestra Historia – muy lejos, por cierto, de los fondos y maneras de los impulsores y gestores de nuestra leyenda negra -, España pudo crear y sostener el imperio más grande jamás conocido por dos razones de enorme calado: primera, el profundo mestizaje de nuestro pueblo, acreedor de todos las virtudes y miserias del civilizador Mediterráneo y, por tanto, ingenioso y adaptable como ninguno otro jamás conocido en la historia de la Humanidad; y segunda, la creación del Estado moderno unitario con la unificación política, religiosa y militar de los Reyes Católicos y la consolidación jurídica y económica de Carlos I – lástima que la cerril megalomanía de Felipe II impidiese la unificación definitiva de Iberia –. Sin embargo, desde 1975 a esta parte, la mal llamada izquierda española ha roto todas y cada una de las banderas ideológicas de la Izquierda a golpes con esa doble realidad nacional noble e indómita. Y yo, como recalcitrante español de izquierdas, me rebelo contra tanta infamia.

Desde el punto de vista jurídico, político y social, no reconozco más España que la emanada del referéndum del 15 de Junio de 1977 y sancionada en la Constitución Española de 1978, igualmente aprobada aplastantemente en referéndum por un pueblo soberano que llevaba cinco siglos evolucionando como Estado unitario. Pretender para la España actual, pues, un marco federal simétrico, al estilo alemán, o asimétrico y por tanto discriminatorio, como propone el decadente PSOE, sería el segundo paso activo para descomponer definitivamente a la Nación, pues el primero ya han sido estas autonomías mendaces que han convertido a nuestra sociedad en una torre de babel. Podría entender que el Reino Unido de la Gran Bretaña, andando el tiempo, se dotase de una constitución federal que acabase unificándolo política y jurídicamente como una Nación moderna, pues eso mismo es lo que hicieron esas cincuenta colonias suyas de ultramar que hoy llamamos los Estados Unidos de América; y hasta me parece deseable una supranación europea fundada sobre la base de una equilibrada Constitución federal, simétrica, que unifique política y jurídicamente este conglomerado de naciones independientes disimilares entre sí. Pero en la vieja Iberia yo no admito más experimento que la unificación democrática, luego en derecho, de la España y el Portugal que Austrias y Braganzas condenaron a languidecer espalda contra espalda por los siglos de los siglos.

En ese contexto, reformar la Constitución se antoja necesario, pero no para ahondar la brecha abisal que los aldeanismos periféricos han abierto en la sociedad española al amparo del imperdonable reconocimiento constitucional de comunidades históricas y nacionalidades allí donde sólo hay regiones; porque en verdad, España no cuenta con más comunidades históricas que las recogidas en el escudo constitucional y que no están ahí por capricho, sino por el hecho de que todas ellas fueron, en su tiempo, estados independientes, luego diplomáticamente reconocidos en todo el mundo posromano, reunificados en base a un derecho de conquista que puede que no guste a los ojos del español medio actual, pero que fue un derecho ampliamente reconocido en la Edad Media y ejercitado en el mundo antiguo incluso por el propio Vaticano. Que era perentorio descentralizar el Estado, muy cierto, pero, entonces, ¿por qué no se invirtieron tanta energía y tantos dineros en perfeccionar y consolidar una efectiva separación de poderes de ese Estado?, porque parece algo fundamental y consustancial a cualquier otro elemento descentralizador que pudiera asegurársenos bueno. Aparte de que eso sí que habría procurado un Estado perfectamente revestido de autoridad.

Por mi parte, me abstendré de valoraciones jurídicas que son viaje arduo para tan flojas alforjas como poseo; pero, desde el punto de vista estrictamente político y con los datos empíricos que poseo como ciudadano español, nuestra élite política va camino de hacerse legítimamente acreedora del peor de cuantos delitos pudiera contemplarse en cualquier Estado de Derecho: ALTA TRAICIÓN. Porque es cierto que nos estamos jugando el futuro de España, pero no con la burricie tardía de una aplicación del Artículo.155 por fascículos, a tropezones y procurando que no moleste demasiado al que ya creció, vive y morirá absolutamente molestado por todo, menos por su capricho, sino con la entrega de toda la autoridad, por la vía de los hechos consumados, a los mismos sediciosos que no han parado mientes en conculcar derechos fundamentales para mejor consumar esa altísima traición que son los delitos de rebeldía y sedición. No quepa duda que en el preciso instante de que los tres partidos sediciosos ganen la batalla de la autoridad, es decir, de la reforma constitucional o las medidas de paños calientes que mejor les convenga, no serán los grandes partidos nacionales ni el Gobierno de España los que habrán perdido la autoridad, sino todo el Estado de Derecho español el que quede desautorizado para otra cosa que no sea la independencia inmediata de todas y cada una de las taifas que así lo deseen.

Y mientras toda esta galopante merma de autoridad acontece, ¿qué estamos haciendo los españoles de a pie que indefectiblemente oficiamos de religiosos paganos de todas esas facturas…?

¡Carpe diem!

Autor: Pedro José Navarrete

25 Oct 17

Contrarrevolución

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Afirmaba Platón, hace 2.500 años, que “el pueblo que no se cuida de la Política acaba siendo gobernado por los peores hombres”, y Europa toda, y en mucha mayor medida España, vuelve a darle la razón al pensador heleno, aunque con matices tradicionales que el sabio no quiso o no pudo tener en cuenta; porque mientras que en Europa crece la extrema derecha al amparo de una sociedad opulenta y acrítica que en vez de cuidarse de sí misma asume, sin más, excesiva población foránea para suplir las necesidades que sus remilgos no cubren, en España, tierra de cortadillos y rinconetes, nos estamos entregando con fruición a nuestro infeliz retorno a las cavernas prerrevolucionarias por la vía de la rebelión de los necios.

Con una Constitución socialdemócrata permanentemente puesta en tela de juicio por la vía de los hechos consumados, es decir, a base de cumplir únicamente las partes que a nuestras élites interesan, y con el ejército estamentalmente desmantelado a resultas de un chapucero golpe de Estado que no secundaron ni los principales espadas del cartel, España lleva cuarenta años incubando huevos de serpiente como quien cría gallinas para vender artísticos huevos de pascua, que no sirven para engordar, pero que cuentan con un elevado valor añadido. Seguimos siendo el país de la renta y el pelotazo, la triste España esclava de la tierra en la que el señorico se limitaba a exigir cada año más rentas, dejándole el trabajo sucio de obtenerlas a mayorales lamebotas, necios y desalmados, capaces de arrancarle la piel a tiras a sus propias madres con tal de obtener más y mejor trabajo por menos.

Así las cosas, gobernados por el que fuera secretario general y luego presidente de un partido político investigado judicialmente por corrupción, como persona jurídica, lo inevitable no se ha hecho esperar más: una horda de piratas aldeanistas, consentidos por el mismo gobierno central que durante décadas los ha cebado por un puñado de votos con los que gobernar a su antojo y sin sobresaltos, conocedores, como españoles de pro, que esta nación de hijos del agobio siempre es extremadamente fuerte con el débil y sonrojantemente débil con el fuerte, se han montado una sedición de salón que si no acaba con la nación por la vía de los hechos consumados lo hará de un insufrible ataque de vergüenza. No en vano, fue necesario que VOX denunciara al secesionismo catalán, en el juzgado Nº-13 de Barcelona, para que el gobierno del Reino de España tuviese a bien hacer como que paraba lo que no paró, que para sufrir el ridículo en carnes vivas ya cuenta con la fidelidad constitucional de la Guardia Civil y la Policía Nacional.

Desde que tengo uso de razón a nuestra patria le ha podido parecerse a la envidiable Alemania, esa que fue capaz de reunificarse democráticamente a finales del s. XX; pero se ve que la prisa por confluir con ella ha sido tanta que de toda la aleccionadora historia alemana nuestras élites aristoburocráticas sólo han acertado a aprenderse el catecismo doctrinal de herr Joseph Goebbels, insigne ministro de propaganda del III Reich germánico que, desde Podemos al Partido Popular, ha cultivados doctos educandos distinguibles únicamente por su pereza, su indolencia o su déficit de atención, pero todos ellos sobresalientes en el arte de la alienación de una masa social previamente entumecida por siglos de fatalismo hispánico para que el que el mundo no tiene arreglo porque está diseñado así desde la noche de los tiempos. Por cierto, hablo de esa misma nación monolítica que en cuanto surge una nueva moda global la asimila y adopta como propia en tiempo récor. ¿Esquizofrenia quizá?

Vistas así las cosas, no es de extrañar que el Mariscal Von Bismarck dijese de España que “seguramente sea la nación más poderosa del mundo, pues sus gobernantes llevan siglos intentando destruirla y no pueden”; claro que el canciller no contaba con el ingenio español y nuestra capacidad de inventiva, porque si llega a conocer el diseño y desarrollo de nuestras comunidades autónomas no dice esa frase, con toda seguridad. Y es que la España de las autonomías ha acabado resultando el mundo al revés y, de tener que ser conservada en el Museo del Prado alegóricamente como obra pictórica singular, seguro que sería “Saturno devorado por sus hijos”, o reverso tenebroso de una sociedad, analfabeta de sí misma, que, al contrario que Roma, siempre acaba pagando a sus traidores. A veces pienso que no fue el apóstol Santiago el que arribó a Hispania, si no el impostor de Judas Iscariote travestido de “hombre de paz”.

Duele decirlo, pero dieciséis años de gobiernos socialistas sirvieron de mucho, sobre todo a esa diosa bastarda que se llama Hipocresía: se gobernaba al calor institucional de la bandera de España, pero se usaba el partido para inculcar en el vulgo que era la “bandera facha”; se rendía honores al escudo constitucional al tiempo que se llamaba y jaleaba como comunidades históricas a dos que no aparecen en los cuarteles oficiales del mismo; se usaba del partido para inculcar una cerril aversión popular hacia el clero, mientras se gobernaba ratificando el concordato con la Santa Sede y se miraba para otro lado entretanto el clero aldeanista usaba púlpitos y sacristías para dar marchamo de divinidad a un muy bien calculado odio visceral a España; y se arengaba a las masas a golpe de miedo a la derecha al tiempo que se gobernaba cada año más y más acorde a los rancios postulados de poder de la derecha de siempre. ¿Dos generaciones de catalanes que odian a España? Sí, cierto; pero es mucho peor contar con dos generaciones de españoles que la desprecian pese a desconocerla.

No nos extrae pues que, llegados al punto histórico en que nos encontramos, con una izquierda oficiosa mitad reaccionaria y mitad oportunistamente aburguesada, por tanto, con todas las banderas de la izquierda rendidas al fango de las miserias humanas y vilmente pisoteadas para que nuestra acomplejada mugre moral las fuera convirtiendo a todas igualmente pardas, como hace la noche con los gatos, la pillería de cuatro piratas de la política, acuciados por los gravísimos problemas judiciales de sus señores feudales, estén haciendo humanamente reprochable pensar siquiera cumplir con el mandato constitucional de preservación del Estado de Derecho, porque Europa está mirando y, consecuentemente, hemos de regalarles el más que deseable espectáculo de ver cómo la inmensa mayoría se defiende de una inmensa minoría sin más armas que besos, vinos y rosas…. Ha resultado humanamente denigrante ver acosados hasta la nausea a los mismos cuerpos y fuerzas de seguridad del Estado que fueron capaces de mantener la paz y el orden, ejemplarmente, en lugares tan poco amables para la vida humana como Bosnia, Líbano o Afganistán.

Después de todo esto, hemos aprendido amargamente lo que quiso decir Alfonso Guerra con aquello de que “a España no la va a conocer ni la madre que la parió”: sindicatos apesebrados, gobiernos de Aznar jugando a ser anglosajones, gobiernos de Zapatero emulando la buenista hipocresía vaticana y los gobiernos de D. Mariano, el “Manso de la Moncloa”, descubriendo el móvil perfecto de primera especie, es decir, que lo mejor para que este país se mueva es hacer virtud de una cabeza estática a la que le resbalan el espacio, el tiempo y quien los inventó. Así las cosas, validando con la praxis cotidiana la leyenda negra que pergeñaron otros para descrédito y decadencia del imperio que dicen que una vez fuimos, contestamos al grueso calibre del golpe de Estado promovido por un puñado de piratas del pedigrí con la contundencia ética y moral de aquel que le daba innúmeras oportunidades al torpe de Platanito.

Y si únicamente fuese eso, el ridículo nacional, la cosa tendría un pase generacional, que peores sapos nos hemos tenido que tragar los españoles, y sin pelar; pero es que se han perpetrado, ante nuestras estólidas narices, crímenes de lesa humanidad organizados desde, lo público y lo privado, para imponernos por las bravas una inexistente nación catalana y, para colmo, hacerlo con la insultante chulería de ese prurito imperialista de los Países Catalanes. Y, de todos esos crímenes de lesa humanidad, el peor sin duda, el adoctrinamiento vil, rastrero y ramplón de la inocente chiquillería catalana que, cuando crezca y abra los ojos, comprobará con sumo dolor lo que significa el término “alienación” que tanto coreaba la izquierda histórica cuando todavía parecía de izquierdas; pues no hay peor crimen que impedir, entorpecer o sesgar el libre desarrollo individual de la persona.

Y, por si faltaba poco, el baile de la yenka de un pusilánime gobierno del PP, además de apestar a miedo cerval a que el “molt deshonorable” tire de diario de las cloacas y ponga de mierda hasta el cuello blanco a todo lo más granado de nuestra élite partitocrática, si no más, como el novio que ronea a su moza tentando forzar por agotamiento la rendición que no se atreve a conseguir por las bravas, nuestro “Manso de la Moncloa” se comienza a bailar un agarrado con el “Trepaollas de Ferraz” y, al apretado ritmo del chotis de la “Nación de naciones cañís”, se comienzan a camelar la distracción del persona para reformar la Constitución hasta reducirla a la infame condición de un pedo con cáscara, ese tipo de esferoide rígido que cuando se casca sólo deja aire y mal olor. Precedente tuvimos en 2010 cuando, por el precio de un café con pasta que pagamos a escote todos los españoles, P-P-SOE pactaron la modificación del Artículo.135 de nuestra Constitución y aún hoy seguimos esperando que nos pregunten qué nos ha parecido la enmienda.

Grotesco. La Revolución Francesa tuvo su contrarrevolución en una derecha aristocrática que reaccionó contra natura y acabó dándose de bruces con el motín jacobino posterior y sus refrescantes guillotinas y aquí, contrariamente, sospechosos de cualquier cosa menos de no ser originales, nos montamos nuestra contrarrevolución política a ver cuánto tarda la nación en responder con una revolución, ya sea a lo quevediano o a lo goyesco. En fin, como leí el otro día en twitter: “ha sido exhumar a Salvador Dalí y, de repente, todo se ha vuelto tremendamente surrealista”.

Menos mal que aquí estará siempre España para pagar la factura.

¡Carpe diem!.

Autor: Pedro José Navarrete

25 Oct 17

Plataforma Ahora pide contundencia democrática y pedagogía política para detener el golpe a la democracia

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  • Desde la plataforma de izquierdas apoyan la aplicación del artículo 155 de la CE en toda su extensión, aunque lamentan que “no se haya aplicado antes”

 

  • Insisten en la necesidad de que el Gobierno de España debe hacerse con el control de los Mossos, de las finanzas, de la educación y de la radio y televisión públicas catalanas

25-octubre-2017– Plataforma Ahora insiste en la necesidad de parar el golpe contra la democracia y contra el ordenamiento jurídico llevado a cabo por los independentistas catalanes. Por este motivo, tal y como ha explicado, Gorka Maneiro, portavoz de Plataforma Ahora, “el Gobierno de España debe aplicar el artículo 155 de la CE sin temor ni temblor y cesar a Puigdemont y a todos los consejeros del Gobierno de Cataluña, quienes fueron elegidos gracias a la Constitución Española: al vulnerarla gravemente no pueden seguir en sus cargos y deben ser cesados”.

Asimismo, insisten en que “el Gobierno de España debe hacerse además y especialmente con el control de los Mossos, de las finanzas, de la educación y de la radio y televisión públicas catalanas, unos instrumentos que han sido utilizados por el Gobierno de Cataluña a su servicio: al servicio del independentismo que ha venido vulnerando el Estado de Derecho”. Y es que, tal y como advierten desde Plataforma Ahora, “el orden constitucional debe prevalecer frente a quienes llevan demasiado tiempo saltándoselo y vulnerándolo”.

En esta línea, añaden que “el Gobierno de España, que hasta la fecha permanecía dubitativo e inmovilizado, hace por fin acto de presencia a través del artículo 155”. Al hilo de esto, desde la plataforma de izquierdas advierten que no van a bajar la guardia y “observaremos atentamente qué decisiones toma y denunciaremos cualquier tipo de acuerdo subterráneo antidemocrático con los golpistas así como cualquier tipo de impunidad para los mismos”.

Por todo esto, desde Plataforma Ahora piden contundencia democrática y pedagogía política para detener el golpe contra la democracia y contra el ordenamiento jurídico. Y para ello, “hay que actuar en el corto plazo mediante la aplicación del 155 en toda su extensión y, desde ya y en el medio y largo plazo, haciendo pedagogía política y democrática frente al nacionalismo rupturista que, como estamos viendo, termina rompiendo la convivencia entre conciudadanos”.

Asimismo, según las palabras de Maneiro, “apoyamos la aplicación del artículo 155 de la CE en toda su extensión”, aunque lamenta que “no se haya aplicado antes”. Y es que, tal y como subraya, “ante un golpe de Estado, su no aplicación suponía un ejercicio de parálisis irresponsable que ha durado demasiado tiempo y no solo por parte del Gobierno de España sino también por parte de los principales partidos nacionales que pidieron al gobierno que no lo aplicara”. En este sentido, el portavoz de Ahora argumenta que “si se hubiera aplicado meses o incluso años atrás, no habríamos llegado a la situación en la que nos encontramos”.

Para concluir, desde Plataforma Ahora piden al Gobierno de España y a los partidos nacionales que “piensen en España y olviden sus intereses particulares, partidarios o electorales. La situación actual requiere unidad democrática y defensa del interés general y del bien común”. Por lo que “pensamos que no es necesario señalar un límite de seis meses para la convocatoria de elecciones autonómicas en Cataluña sino restituir la democracia y los derechos ciudadanos vulnerados”. Y es que, tal y como sentencia Maneiro, “ahora mismo es lo importante y lo prioritario”.

25 Oct 17

¿Y qué más da ya si Puigdemont hace ‘balconing’?

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El autor, militante socialista, defiende un 155 indefinido, no tecnocrático y a cargo de un Govern provisional entre Ciudadanos-PSC/PSOE-PP, que haga frente con decisión al nacionalismo.

Cuando los historiadores vuelvan la mirada a lo que estamos viviendo, quizá lo llamen la Primera Guerra ‘Prusesista’, que se declaró cuando el Parlamento de Cataluña aprobó el 23 de enero de 2013 que el pueblo catalán era soberano. Algunos hoy deben creer que se habrá de terminar necesariamente cuando el presidente del Gobierno convoque elecciones en Cataluña porque “se habrá recuperado la normalidad institucional”. Será inevitablemente un cierre en falso –como el de tantas contiendas en la historia, que luego vuelven de manera más cruenta– ya que únicamente se habrá sofocado el síntoma de la desobediencia de los mandatarios del momento, pero no se habrá curado la enfermedad que ha inoculado el letal veneno del nacionalismo.

Peor aún, ni se ha intentado. En su comparecencia del sábado, Rajoy reconoció que “el “Gobierno podía haber hecho este requerimiento antes, como lo pidió una parte de la opinión pública”. E inmediatamente intentó convertir el argumento a su favor remitiendo esa casuística solo a hace un mes y medio, cuando se aprobó la ley del referéndum, y justificándose en la “prudencia, responsabilidad, sentido común” para esperar a una rectificación que no se produjo.

Se nos hace creer que la acción de los poderes del Estado solo era legítima cuando se llega a la máxima expresión de ilegalidad, que es la secesión, no cuando se amenaza con la misma (el actual gobierno catalán se comprometió desde su investidura en enero de 2016 con un referéndum ilegal de ruptura que consideraría vinculante y en junio de este año hasta le puso fecha) ni siquiera cuando se realizan actos preparatorios (el hurto de datos censales, el desvío de fondos o la manipulación de los medios de comunicación públicos).

En su larga exposición tras el Consejo de Ministros del 155, Rajoy no mencionó la palabra “nacionalismo” y dedicó la parte más breve de su discurso al desastre –del que solo citó la dimensión económica– que supondría la independencia, algo de lo que ha hablado muy poco estos años, oponiendo simplemente el inmovilismo a las mentiras de los nacionalistas. El PSOE guarda absoluto silencio durante día y medio desde que se presentaron las medidas, salvo el agradecimiento del propio secretario general a la desleal Parlon, que dimite de la ejecutiva tras llevar semanas desmarcándose de la posición del partido (sin poder ser ni expedientada porque pertenece al PSC). Y Ciudadanos, a quien cabe agradecer que es el único partido que desafía abiertamente el nacionalismo y rechaza dialogar con sus cabecillas ya investigados como delincuentes, fue el primero en tenderse la trampa de asumir las críticas de esos secuestradores de la democracia y proponer que el 155 solo pudiera servir para convocar unas elecciones con carácter inmediato.

Los servicios jurídicos del Gobierno han redactado un 155 con un catálogo de medidas impecable. Algunos responsables políticos del bloque constitucionalista habían indicado que se limitarían a lo imprescindible, ¿pero alguien se imagina que pudiera permanecer en su cargo un consejero cuando se cesa al presidente que lo ha nombrado y junto al que ha suscrito varias decisiones ilegales? Si el 155 es duro o blanco, no es tanto por su intensidad que es casi un invariable jurídico, sino por las instituciones a las que afecta y, en este caso, ha sido también correcto establecer un control sobre el orden del día del Parlamento de Cataluña, que ha sido un instrumento esencial del proceso independentista.

Jurídicamente el 155 está pues bien diseñado, pero políticamente su arranque es muy torpe. Llega tarde como se ha visto: enviado el requerimiento en junio o julio de manera que el 6 de septiembre ya se pudiesen desplegar sus efectos, se habría impedido consumar la organización de tamaña ilegalidad como fue el referéndum del 1 de octubre y las imágenes de impotencia del Estado (transformadas mentirosa pero hábilmente por los golpistas en acusaciones de deliberada brutalidad policial). Pero lejos de aprender de la importancia de controlar los tiempos y tomar la iniciativa –aún algunos estarían dispuestos a mercadear con nuestro Estado de derecho si Puigdemont convocara elecciones– , el Gobierno y sus socios se sabotean su propio 155 al ponerle un plazo de caducidad de solo seis meses.

Después de cuatro décadas de intoxicación ideológica e incumplimiento progresivo de las leyes y sentencias desde las instituciones catalanas, después de tantas renuncias desde los ejecutivos españoles a imponerse o siquiera criticarlo (pensando en sus votos en el Congreso), ahora quieren fiar todo a los efectos de seis meses de administración tecnocrática. ¿Se imaginan un profesor que dice que de todas formas va a dar aprobado general al cabo de medio año? Los rebeldes ya saben cuánto tiempo tienen que aguantar la agitación y el victimismo.

Más suicida todavía. Los partidos constitucionalistas atribuyen a las próximas elecciones un efecto purificador, que pondría los contadores políticos a cero. Por definición de los términos que se han impuesto, al convocarlas se habrá “restaurado la normalidad”, por lo que su resultado deberá considerarse el sereno balance que hacen los catalanes sobre lo ocurrido. No hará ni falta que los independentistas, si deciden presentarse –y apuesto que lo harán cuando vean de lo poco que sirve la cárcel de Puidgemont y de algunos otros–, las califiquen de constituyentes, Rajoy estará implícitamente dándoles un carácter de plebiscito a la vez sobre la Constitución y sobre sí mismo… y es de temer cuál será el resultado, que podría interpretarse como un indulto político a los delitos cometidos estos últimos meses. En esas condiciones, la Primera Guerra ‘Prusesista’ se habría dado por concluida un lunes en que se convoquen las elecciones, pero la Segunda volvería con más crudeza el domingo en que se celebraran, solo 55 días después.

Aún estamos a tiempo de que el Senado lo enmiende. Pese a la mayoría absoluta de que dispone el Partido Popular, es el momento del debate político de mayor altura para que los partidos constitucionalistas hagan autocrítica de sus errores y debilidad para identificar al nacionalismo como primer enemigo de la democracia y enfrentarse juntos a él. Debería ayudar que haya quedado claro que con Unidos Podemos no se puede contar para ningún acuerdo responsable a nivel de Estado (¡qué ganas tenían de evadirse de la comisión parlamentaria de evaluación del estado autonómico!), atrapados en su única obsesión de intentar buscar supuestas incongruencias al PSOE aunque sea a costa de hacerse cómplices de causas tan ajenas a la izquierda como es el nacionalismo.

El 155 que hace falta es, en primer lugar, de carácter indefinido. Por supuesto, como en cualquier otro ámbito de la política, con el objetivo de concluir con éxito lo antes posible, pero sin renunciar a él si no se consigue en un plazo dado. ¿Se imaginan que el Gobierno de España abandonara el intentar reducir el desempleo porque no tuviera resultados en seis meses? Obviamente, este caso es más complejo porque supone un régimen excepcional que implica limitaciones a algunas previsiones constitucionales como son el autogobierno (sin ser cierto que se suspenda la autonomía, sino que precisamente se busca restaurarla tras el derribo al que la han sometido Puigdemont, Forcadell y sus socios dentro y fuera de las instituciones).

En cualquier caso, el necesario equilibrio se garantizaría por el control del “gobierno provisional” por el Senado (ya está previsto en lo aprobado el sábado pero solo como una dación de cuentas y cada dos meses), además de por la posibilidad de recurso que siempre se mantiene ante el Tribunal Constitucional y, en su caso, la justicia ordinaria. El Parlamento catalán solo debería renovarse necesariamente al cabo de su mandato en 2019, pero aun entonces, el Senado debería pronunciarse por si retira o mantiene el 155, igual que lo puede ir modulando hasta entonces.

El ejercicio del 155 debería realizarse además no con el espíritu de un gobierno en funciones de evacuar los asuntos de trámite, sino con el claro objetivo político de extirpar el cáncer nacionalista de las instituciones. Eso exige no solo deponer a sus mandos, sino también los efectos que ya se han plasmado en normas autonómicas (el antiespañolismo y la falsificación histórica en aulas y medios de comunicación, las multas por no rotular en catalán, y muchas otras). Esa política no solo corresponde hacerla desde las instituciones catalanes sino, por supuesto, también desde las españolas.

La evaluación de las competencias autonómicas y la posible reforma constitucional deberían servir, por ejemplo, para aprobar con amplias mayorías leyes de armonización que aseguraran una suficiente homogeneidad en la prestación de servicios entre comunidades (tras el intento fallido de 1982, que se declaró inconstitucional en buena medida por cuestiones de forma, pero para la que luego ya siempre faltó consenso político para volver a intentarlo). También para establecer un modelo de financiación más justo, empezando por corregir la abultada e injusta ventaja que logran mantener País Vasco y Navarra, no tanto por el sistema de concierto en sí, sino por el ventajoso cupo que consiguen negociar cada vez que la continuidad del ejecutivo central depende de sus votos. El lendakari ha ofrecido su respaldo a la Generalitat, ya sabe por donde puede empezar.

La escasa compenetración, cierta desconfianza y lenta capacidad de reacción que hasta ahora han demostrado PP, PSOE y Ciudadanos, ha derivado en proponer el 155 tan tarde, maniatado por una fecha de caducidad suicida, y con un mandato meramente tecnocrático. Sigo pensando que un gobierno de concentración en La Moncloa, sin Rajoy, resolvería con más eficacia y lealtad esas tensiones, para gobernar ante tan graves desafíos y además pactar las bases de la reforma constitucional. Pero parece que ninguno, empezando por el actual presidente, está dispuesto a los sacrificios que supone en términos electorales.

Sin embargo, quizá sí puede lograrse un gobierno de coalición para el gobierno provisional de Cataluña. Como militante socialista, me gustaría que fuera nuestro partido, que ocupa la segunda posición en el bloque constitucionalista, tanto en las Cortes Generales como en el Parlamento catalán, el que lo impulsase, asumiendo incluso la responsabilidad de presidirlo. Y sin importar si Puidgemont va al final cumplir su sueño de hacer ‘balconing’ desde el Palau, porque su caída libre le conducirá ya inexorablemente a una celda en Soto del Real.

Autor:Víctor Gómez Frías
Fuente: https://www.elespanol.com/opinion/tribunas/20171022/256344365_12.html

24 Oct 17

Estado de excepción

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Barcelona es en estos días una ciudad deprimida, políticamente desahuciada y con brotes de odio. La voz del Parlamento ha sido sustituida por una “masa de acoso” dirigida y espoleada por la ANC y Òmnium Cultural

Los pasados días 6 y 7 de septiembre, cuando seguía atónito las sesiones del Parlamento de Cataluña en la que se trató de legitimar una nueva e improvisada legalidad, recordé una reflexión de Elias Canetti en sus Apuntes, escrita en Londres y en 1942, cuando Reino Unido resistía a solas el imparable avance de Hitler en toda Europa: “Siempre que los ingleses atraviesan un mal momento, me embarga un sentimiento de admiración por su Parlamento. Éste es como un alma reluciente y sonora, un modelo representativo en el que, ante los ojos de todos, se desarrolla aquello que de otro modo permanecería secreto”. La admiración de Canetti por la indesmayable pervivencia de la vida parlamentaria británica, aun en uno de los periodos más oscuros de su historia, era el sentimiento opuesto a la vergüenza y la humillación que yo sentía en aquellos momentos como ciudadano de Barcelona, viendo cómo se violaban en directo mis derechos de representación en un acto dirigido por una presidente —tan ente es la mujer como el hombre— con vocación totalitaria y en connivencia con una mayoría absolutista.

Esos dos días en el Parlamento fueron el huevo de la serpiente de lo que estamos viviendo en Cataluña desde entonces y que no sabemos cómo puede acabar, si es que algún día acaba. Ahí se escenificó la batalla que se está librando —no solo en Cataluña sino en toda Europa— entre la democracia representativa y una supuesta democracia plebiscitaria de la que no sabemos nada, salvo que quiere instaurar una república de gente buena. La abstracción del pueblo —el Volksgeist— se ha puesto por encima del poder legislativo y del poder judicial, con un Ejecutivo que actúa como oráculo visionario de la voluntad demótica. A la espera de saber cómo se van a aplicar exactamente las medidas que Rajoy, al amparo del artículo 155 de la Constitución, ha elevado ya al Senado para restaurar el orden constitucional, los ciudadanos de Cataluña estamos viviendo un verdadero estado de excepción, zarandeados entre una paralegalidad promulgada y suspendida, pero amenazante, y otra vigente y constitucional que está aún en trámite. Recordemos que, inmediatamente después de llegar al poder, Hitler proclamó, el 28 de febrero de 1933, el Decreto para la protección del pueblo y del Estado que suspendía la Constitución de Weimar, un decreto que nunca fue revocado y que rigió en Alemania el estado de excepción durante 12 años.

Esa excepcionalidad se ha trasladado ahora a la calle, donde las voces del Parlamento han sido sustituidas por el clamor unánime de una “masa de acoso” —la expresión es, otra vez, de Canetti—, dirigida y espoleada por la ANC y Òmnium Cultural, las dos asociaciones que están tratando de escenificar la farsa de un “pueblo oprimido” contra un “Estado represor”. La operación es de una perversión moral absoluta. Una oligarquía política que lleva gobernando Cataluña desde hace 40 años se disfraza, con la ayuda teatral de la CUP, de pueblo asfixiado y, armada con un fenomenal aparato propagandístico que cuenta con la televisión, la radio y la escuela públicas, pretende poner en jaque al Estado de derecho. Los juristas nazis hablaban sin ambages de un gewollte Ausnahmezustand, un estado de excepción deliberado, con el fin de instaurar el Estado nacionalsocialista. Giorgio Agamben, el filósofo que con mayor ambición y rigor ha estudiado el fenómeno del estado de excepción como una de las prácticas de los Estados contemporáneos —la “abolición provisional de la distinción entre los poderes legislativo, ejecutivo y judicial”— ha dicho que el estado de excepción se presenta “como un umbral de indeterminación entre democracia y absolutismo”, exactamente lo que está instaurando Puigdemont en nombre de la democracia, la libertad y los derechos humanos.

En Cataluña, el nacionalismo se mantuvo durante muchos años en un ámbito aparentemente simbólico, pero en realidad se iba haciendo carne por debajo del folclore. Y eso se ha visto estos días, de una manera trágica, en las escuelas. Un amigo me contaba desolado que el director del colegio de sus hijos había recibido la propuesta de sacar a los niños —escolares de nueve años— con las manos pintadas de blanco a protestar contra las cargas policiales del 1 de octubre. Me llamaba hace poco para lamentarse de que en el colegio de sus sobrinos se hubiera obligado a los alumnos a guardar cinco minutos de silencio por la legítima encarcelación de los señores Sànchez y Cuixart. Se trata de la imperdonable destrucción de la escuela como estatuto intermediario, como pedía Hannah Arendt, entre la vida familiar y la vida pública, la pausa de educación y pensamiento que precede a todo ejercicio responsable de la libertad.

Barcelona es en estos días una ciudad deprimida, políticamente desahuciada, con brotes de odio como nunca habíamos conocido. Por ello es más lamentable si cabe la ingenuidad de algunos políticos como Ada Colau o Pablo Iglesias, presuntos renovadores de la izquierda, que no han dudado en dar su apoyo a una propuesta totalitaria que amenaza con destruir nuestra vida social y nuestro orden político. No les ha bastado con defender, sin la más mínima reflexión seria al respecto, el referéndum como solución mágica a nuestros problemas, ignorando que el plebiscito nunca puede resolver problemas ab ovo y que, tal y como se expone en nuestros días, no es más que la adaptación política de los likes de Facebook, una manera pueril de simplificar brutalmente la enorme complejidad que encierran los sistemas políticos democráticos.

En contra de lo que suele decirse, es mucho más frágil la libertad de pensamiento que la libertad de expresión, incluso en una democracia. Según cuenta en sus memorias, el editor Manuel Aguilar, encarcelado en Vallecas en otoño de 1936, se hacía la siguiente reflexión: “¿Dónde estaban el orden y la ley que debían garantizar la vida y la actividad de los ciudadanos? Al hacerme esta pregunta medí lo que habíamos perdido, de pronto, los españoles”. ¿Son conscientes los secesionistas y sus amigos de la nueva izquierda de todo lo que podemos perder? ¿Se han parado a pensar los independentistas a qué mundo están enviando a esos niños a los que obligan a manifestarse cuando ni siquiera han alcanzado la edad de conciencia? ¿Qué están, en realidad, defendiendo? Quizá es que, como dice un personaje de Faulkner, “cuando se tiene una buena dosis de odio, no hace falta la esperanza”.

Siempre recordaré, con emoción y agradecimiento, el coraje que mostraron los políticos de la oposición, sobre todo Inés Arrimadas, Miquel Iceta y Joan Coscubiela, los días 6 y 7 de septiembre. En su trabajo, a pesar del secuestro del Parlamento decretado desde entonces por la mayoría, sigue estando mi representación y mi esperanza. Ojalá que, después de las próximas elecciones, el Parlamento de Cataluña refleje de verdad la complejidad y la pluralidad de la sociedad catalana. A los señores Mas, Puigdemont, Junqueras y Turull, solo les deseo que, al final de este proceso, la vergüenza les sobreviva.

Autor: Andreu Jaume
Fuente: https://elpais.com/elpais/2017/10/21/opinion/1508583802_160310.html

24 Oct 17

Mugre

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La única diferencia que veo es que alguna vez pudo haber comunistas de buena fe, mientras que un nazi de buena fe es inimaginable

Un mes después de asumir la presidencia del Consejo de la Unión Europea con el lema “Unidad y equilibrio”, Estonia convocó para el 23 de agosto una jornada en memoria de las víctimas de los totalitarismos europeos, es decir, el estalinismo y el nazismo. Es evidente que los estonios algo saben del asunto, porque los han padecido a ambos. Lo que no sé es por qué al comunismo lo llaman “estalinismo”, como si antes de Stalin y después no hubiera sido también totalitario. Como si, ya puestos, no lo siguiera siendo hoy, cuando de Stalin ya no se acuerda casi nadie… al menos fuera de los países que sufrieron su caricia de acero. Esta jornada no parecía una efeméride demasiado comprometida, pero sin embargo no logró ni mucho menos un apoyo unánime. El griego Tsipras, Podemos, Izquierda Unida, EH Bildu y algún otro grupo parecido se desmarcaron de la celebración proclamando que “equiparar nazismo y comunismo supone un error histórico”. Cosas del parentesco. No sé exactamente qué error hay. Si es el número de asesinados por cada equipo siniestro, dentro de Europa el balance está bastante equilibrado pero China y los jemeres rojos desbordan a sus rivales. La única diferencia que veo es que alguna vez pudo haber comunistas de buena fe, mientras que un nazi de buena fe es inimaginable. Pero eso a las víctimas de unos y otros les ayuda poco.

Lo que cuenta es que el comunismo y el nazismo son la mugre política que la UE trató de erradicar. Pero ahí siguen. Marina Albiol, eurodiputada por Izquierda Plural, ha calificado hace unos días a la UE en un tuit de “institución criminal al servicio de los poderosos”. Y eso repantingada en su escaño de Estrasburgo. Ella sí que es un error histórico…

Autor: Fernando Savater
Fuente: https://elpais.com/elpais/2017/10/19/opinion/1508429102_287096.html?id_externo_rsoc=TW_CC