URQUINAONA O LA ECLOSIÓN CÍVICA.

Publicado por el 10/10/2017. Categoría: Editorial

 

El 8 de octubre de 2017 será para siempre un día clave de la Historia de España. Será sin duda recordado como el día en que eclosionó la gran rebelión cívica de esa mayoría silenciosa, tanto tiempo postrada en Cataluña. Cierto es que han sido varias las voces valientes que, durante los últimos años e incluso décadas, osaron alzarse frente al clima opresivo y delator del nacionalismo, pero no recordamos un ejercicio democrático tan sobresaliente como el de ayer, en el que una multitud de ciudadanos valientes tomaron partido, inequívocamente, por la democracia y la libertad, por un futuro de convivencia sin fronteras ni rupturas.

Desde todas partes de España, y, sobre todo, desde cada rincón de Cataluña, acudieron ciudadanos de signo ideológico plural y diverso para dar testimonio pleno de que Cataluña no es un sol poble, uniformizado y homogéneo como sueñan los fanáticos de la identidad. Para su disgusto, se volvió a demostrar que la sociedad catalana, al igual que el resto de la sociedad española, es felizmente mestiza. Mestiza y plural, conformada por un crisol de opciones identitarias libremente configuradas a partir de los cimientos cívicos que hacen posible la convivencia pacífica y en libertad de todas esas alternativas. Para disgusto, e incluso desesperación, de los que fantasean con una Cataluña en blanco y negro, que desfile al son de Els Segadors, caminando sobre las sombras de una Historia tergiversada, al dictado de una única voz y unívoco sectarismo, editorializando en conjunto y repitiendo proclamas al unísono, claramente fracturada entre los “de aquí” y los de “fuera”, aquéllos que, por discrepar, son forzados a la inaceptable condición de extranjeros en su propio país.

Diametralmente alejados de esa construcción artificial, forzada y opresiva, los cientos de miles de ciudadanos que inundaron las calles de Barcelona ayer lo hicieron de manera ejemplarmente cívica, alérgica a toda vindicación tribal y nacionalista, con el alivio, la alegría y hasta la necesidad, fácilmente perceptible, de salir masivamente del armario, dejando atrás todos los complejos pasados que tanto han lastrado la resistencia constitucionalista frente a la opresiva y artificial hegemonía nacionalista.

Los ciudadanos españoles que salieron a las calles de Barcelona no lo hicieron para contraponer ninguna quintaesencia españolista frente a una quintaesencia identitaria de signo pretendidamente contrario. Nada más lejos de la realidad, a pesar de las maniqueas y cada vez más ridículas manipulaciones de algunos. Quienes ayer salieron a la calle, ya fueran socialistas, liberales o conservadores – demócratas, en fin, de todas las condiciones ideológicasreivindicaron, en primer lugar, la calle como espacio público que no puede ser patrimonio exclusivo de nadie. Tampoco de los nacionalistas. Ésa fue la primera lección cívica para la posteridad: la calle no es vuestra, ni tampoco pertenece a vuestro mantra identitario. El ficticio derecho de propiedad que durante demasiados años habéis ejercido sobre la misma llegó ayer a su fin. La calle, lo público, en democracia, nos corresponde a todos los ciudadanos y no vamos a permitir que nadie privatice jamás ese espacio político. Aprendan ya la lección; no la olviden nunca.

La segunda lección cívica que brotó ayer de las calles de Barcelona, de Cataluña, de España, fue el clamoroso compromiso democrático de una mayoría amplia de ciudadanos. Bastante hemos sufrido en este país para construir, por encima de renuncias, frustraciones y derrotas, un sistema democrático que garantiza los iguales derechos y libertades de todos, como para permitir su irresponsable harakiri. Nuestro sistema de convivencia se asienta sobre un entramado institucional representativo y un conjunto de leyes, otorgadas entre todos, que consagran derechos y evitan cualquier ejercicio arbitrario y despótico del poder. Por supuesto que las leyes pueden cambiarse, pero única y exclusivamente por los procedimiento previstos en las mismas, y siempre entre todos los ciudadanos, no por la coacción unilateral de unos pocos. Fuera de las leyes que proscriben las arbitrariedades y abusos, no hay democracia. Derogar discrecionalmente la ley democrática en un Estado de Derecho no es una cuestión accesoria o susceptible de transacción alguna; es un ejercicio de violencia inaceptable que altera la convivencia pacífica del conjunto de ciudadanos. Supone la subversión inaceptable de la civilización, el forzado regreso a un mundo de cartas marcadas a perpetuidad, donde siempre se impone la arbitraria voluntad del más fuerte.

La tercera enseñanza de ciudadanía que nos brindó ayer una multitud inconmensurable de españoles valientes, sin miedo ni complejos, es que todos, todos sin excepción, queremos decidir sobre nuestro futuro en pie de igualdad. Lo que nunca vamos a aceptar es que unos cuantos individuos se apropien indebidamente de nuestra ciudadanía, de nuestros derechos, que no emanan de la meva terra – como proclamaba algún rudimentario y solitario graffiti, hagiografía de un mundo felizmente superado, el de los estamentos y los privilegios – sino de la pertenencia igual, en tanto que ciudadanos, a la comunidad política constitucionalmente vigente, democrática. La ruptura de esa comunidad política de conciudadanos libres e iguales es tanto o más costosa que la ruptura del orden constitucional democrático. Esgrimir razones identitarias para ejercitar el pretendido derecho a romper dicha comunidad es completamente inaceptable. Todos tenemos derecho a construir libremente nuestras opciones identitarias, pero ninguna persona o grupo tiene derecho a secuestrar nuestros derechos si no participamos de la identidad oficial. En ese arbitrario proceso de apropiación indebida de nuestra ciudadanía, sin eufemismos justificadores, se traduce el proyecto nacionalista.

Ahora que el silencio ha quedado definitivamente atrás, que los ciudadanos de pleno derecho han gritado cívica y pacíficamente que no negociarán jamás su condición de ciudadanos, es hora de que se pueda capitalizar políticamente esta eclosión cívica. Es hora de traducir políticamente los hermosos versos de Gabriel Celaya: “No reniego de mi origen/ pero digo que seremos/ mucho más que lo sabido, los factores de un comienzo”.

De un comienzo: del comienzo de una verdadera alternativa moderna, laica, democrática, cosmopolita y universalista, que abogue por una comunidad, ampliable y no fragmentable, de ciudadanos libres e iguales, frente al proyecto regresivo y reaccionario del nacionalismo. Desde la izquierda cívica, Plataforma Ahora quiere mostrar una vez más su inequívoco compromiso con dicha alternativa.

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