La izquierda revisa su vieja relación con el nacionalismo.

Publicado por el 8/11/2017. Categoría: Opinión, opinión en medios
Dirigentes y referentes progresistas hacen autocrítica y apuestan por combatir al independentismo y construir un nuevo patriotismo español

“La complicidad de la izquierda con los nacionalismos es un complejo miserable de Edipo. Arrastrar eso del derecho de autodeterminación, que no tiene nada que ver con la realidad en el caso de España… Plantear ahora, en un momento que es necesario más que nunca unir a las gentes, a los pueblos, que hay que continuar fragmentando a trabajadores y clases populares, es un suicidio político colectivo”. El ex secretario general del PCE Francisco Frutos se reafirma en sus críticas una semana después de haber protagonizado un enérgico discurso contra el independentismo catalán en la manifestación por la unidad de España del domingo 29 en Barcelona. Frutos reprendió a la “izquierda cómplice que le baila el agua a los nacionalistas”. Y puso el dedo en la llaga.

Tanto es así que su propio partido (integrado en IU y, a su vez, en la coalición Unidos Podemos) le reprochó que asistiera a la manifestación y advirtió de que no representaba la posición oficial. Pero la llamada de atención del exdirigente comunista —que también ha expresado con contundencia Josep Borrell— no es aislada: tras el fracaso político de la crisis secesionista catalana, una parte del progresismo reflexiona que urge combatir con más fuerza desde la izquierda al nacionalismo tras décadas de connivencia. El trasfondo es claro: izquierda y nacionalismo son incompatibles porque la izquierda es en esencia internacionalista y solidaria. Y hay que decirlo sin complejos.

“La izquierda tiene que recordar cuál fue la posición de Fernando de los Ríos, de [Juan] Negrín… Defender la igualdad, el principio de ciudadanía entre todos, rechazar lo que ya es un inicio de xenofobia. ¿Qué es eso de que tienen un Rh distinto de los catalanes? Sacar a las masas contra las instituciones, contra la democracia representativa, rechazar el funcionamiento de las minorías en el Parlament, de los tribunales de justicia catalanes… Suena muy parecido a lo que sucedió en 1922 en la marcha sobre Roma de Mussolini”, alerta José María Maravall, exministro de Felipe González.

Fascinaba Cataluña en su generación, recuerda Maravall, y un madrileño como él se puso a estudiar catalán. El exministro reconoce que los progresistas españoles con responsabilidades en la democracia, entre los que se encuentra, fueron poco combativos con los nacionalismos. Como titular de la cartera de Educación y Ciencia del primer Gobierno socialista tiene presente su complicidad con la antigua CiU. “Apoyaron todas las leyes que presenté. Al irme del Parlamento, recuerdo que le dije a Miquel Roca: de toda mi experiencia parlamentaria, lo más gratificante es que siempre hemos votado juntos”, rememora. “Entonces parecía que el nacionalismo catalán podía haber cambiado respecto a esa pesadilla que fue en los años traumáticos de la República. Pero hay un mar de fondo que tiende a resurgir de cuando en cuando”, lamenta.

La complicidad entre la izquierda y los nacionalismos se explica también por la lucha conjunta contra el franquismo, cree otro exministro socialista, Ramón Jáuregui, buen conocedor del nacionalismo vasco con el que ha convivido muchos años por su experiencia de Gobierno en Euskadi. “A finales de los setenta cuando no decidimos excluir la autodeterminación de nuestra agenda reivindicativa. Esto ya implica una asunción intelectual de algunos de los postulados nacionalistas, en mi opinión, equivocadamente, fruto de esta complicidad antifranquista”, explica el exvicepresidente del Ejecutivo vasco y eurodiputado del PSOE. Tanto el PNV como la antigua CiU (hoy PDeCAT) han sido, además, los partidos bisagra para Gobiernos de minorías en toda la democracia, lo que les ha concedido un estatus especial en la política española. “El combate ideológico de la izquierda y el nacionalismo no está suficientemente armado y nosotros tenemos que defender el Estado”, incide Jáuregui.

“No ha sido condescendencia, es incapacidad”, opina en cambio Rocío Martínez-Sampere, exdiputada del PSC y directora de la Fundación Felipe González, para quien la izquierda tiene que aceptar que tras la crisis de 2008 “tiene un problema de credibilidad en su relato y en su proyecto que la debilita para combatir los dos vectores que emergen con fuerza en este siglo XXI: la identidad y el poder”, señala la exdiputada en lo que, subraya, es su análisis personal. “Esto explica el repliegue en nombre de la soberanía que estamos viendo en muchas partes del mundo”, analiza.

El fenómeno tiene un reverso. El problema de los partidos progresistas para defender una idea fuerte de España. Cuesta hasta llamarla por su nombre, España, y hay reticencias para reconocerse en los símbolos nacionales: la bandera, el himno…”Han entregado el concepto de España a la derecha. Toda esta izquierda de Cataluña y de parte de España no cita la palabra España, hablan del Estado español”, se queja Frutos, especialmente crítico con Podemos y el partido de Ada Colau, a quienes califica de “servicio auxiliar del independentismo”.

En las direcciones del PSOE y de Podemos se van abriendo paso estas reflexiones. El secretario general del PSOE, Pedro Sánchez, hizo referencia a ello durante su discurso este domingo en Zaragoza. Sánchez recordó que el franquismo quiso “arrebatar a la izquierda el mero derecho a invocar el nombre de España”, y cargó contra la otra izquierda “que se creyó ese relato y que todavía traga saliva cuando tiene que invocar ese nombre”. “No es nuestro caso. A esta izquierda, la nuestra, la izquierda de gobierno, jamás le arrebatarán ese derecho”, defendió Sánchez, quien ha comenzado a desarrollar un discurso más españolista, mientras deja en un segundo plano su apuesta por la plurinacionalidad de España.

“La clave de la cuestión no son otras identidades nacionales, que son perfectamente legítimas, sino la debilidad cultural del proyecto nacional español”, analiza Íñigo Errejón, secretario de Análisis Estratégico de Podemos. El conflicto catalán, cree Errejón, es también una oportunidad para revertir este déficit histórico. “La crisis del modelo territorial nos pone frente a la tarea histórica de construir una idea nacional progresista, capaz de actualizar el pacto de convivencia con otros pueblos”, plantea.

En este contexto resurge la necesidad de escribir un relato de España desde el progresismo. Un patriotismo español que se oponga a la monopolización de la patria por la derecha y el independentismo. Errejón propone lo que describe como “un patriotismo cívico, que no se construye por esencias o referencias a un pasado mítico, sino por una voluntad ciudadana de vivir en un país más justo, una comunidad que se afirma en la solidaridad y los cuidados, en la igualdad de oportunidades, en los derechos y responsabilidades compartidas”.

El exnúmero dos de Podemos alza también la voz contra la visión catastrofista de España que defienden los independentistas catalanes. “España no es esa meseta negra e irreformable que se pinta a veces, y no porque pudiera reformarse, sino porque ya ha cambiado”, argumenta Errejón. “Es un país moderno, con unos servicios públicos envidiables pese a los recortes. Hemos sido pioneros en libertades sexuales e igualdad, hubo un 15-M que lo cambió todo y que se replicó por todo el mundo, la capital está gobernada por alguien como Manuela Carmena… Hay quienes usan España contra otros, el PP sigue con esa idea patrimonial partidista de la nación. Pero esa España es el pasado”, razona el diputado, que ha teorizado mucho sobre un nuevo proyecto patriótico para España.

Hispanofobia

“Si la izquierda no asume el concepto de España, lo que significa, por su historia desde la II República, la Guerra Civil, toda la lucha antifranquista, y lo que representa ahora, es que no ha entendido nada y es una izquierda que está condenada a desaparecer”, coincide Frutos.

¿Se puede hablar tanto como de hispanofobia en el progresismo español? La directora de la Fundación Felipe González lo rechaza. La cuestión clave, cree, es que falla el proyecto de la izquierda para España. “Cuando hay un proyecto consistente, creíble e ilusionador como lo ha habido en algunos momentos en este país, las banderas no son un problema para nadie. Es cuando falta esto, como ahora, que se pueden convertir en problemáticas”, entiende. “La lección para la izquierda debería ser clara: no se trata de reivindicar la bandera de España para que nadie se la apropie, sino de reivindicar una idea de España y tener un proyecto de país para que nadie lo rompa”.

Un nuevo patriotismo progresista defiende también el histórico dirigente comunista y vicepresidente de la Fundación Alternativas, Nicolás Sartorius: “Hay una línea progresista de España desde las Cortes de Cádiz, que pasa por la Primera República, la Segunda, y que llega hasta la Constitución del 78, nuestra propia revolución francesa”, reivindica Sartorius, que apuesta por crear “una cultura del patriotismo constitucional”. No hay en la capital, por ejemplo, ni una plaza ni un monumento importantes para el texto del 78, recuerda Sartorius (hay una escultura en el paseo de la Castellana). Y a España le urge, considera, apostar por “la patria de la libertad, la Constitución y la democracia”. Ahí está la tarea.

Autor: Elsa García de Blas

Fuente: https://politica.elpais.com/politica/2017/11/06/actualidad/1509986544_540445.amp.html

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