23 Ene 18

Derechos por Pedro José Navarrete

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Con los últimos estertores del Renacimiento como proceso histórico, malvivimos en una sociedad enferma de derechos vacíos de cualquier contenido humanamente aprovechable. Ya no nos queda ni el recurso nostálgico de la izquierda histórica que se desgañitaba con la perpetua conquista de los mismos, se ve que conquistados por ellos para magnánimamente donárselos al pueblo así reducido a esa triste condición de oprimida masa de productores necesarios para que el paternalista invento del Estado “social” continúe funcionando. Hasta los niños de cinco años te llegan hoy del colegio recitándote sus derechos sin saber lo que significan, para lo que sirven o siquiera lo que están diciendo.

No voy a menoscabar el mérito de la tradición mediterránea a favor del Derecho llegado a nosotros como derecho positivo desde la negritud temporal del derecho negativo de nuestra tradición hebrea, griega, latina y árabe, pues sería añadir otro problema a la escueta solución que tenemos; pero sí voy a ser yo quien, humildemente, sin más ánimo que aclararme a mí mismo nociones que ni yo mismo sé que guardo dentro de mí (automayéutica), busque en la ciencia moderna los principios, que no los fundamentos – estos últimos paciente y rigurosamente sistematizados a lo largo de siglos –, que ayuden a incardinar al Derecho, todo, en el lugar de la naturaleza humana que realmente le corresponde. No desprecio con ello la utilidad de herramientas como la Filosofía y hasta la experiencia que suponen el uso y la costumbre; únicamente pretendo que la objetivación científica entre a ser el escabel en que descansen los pies de todo nuestro entramado legal.

El Hombre, biológicamente, al menos durante los 150.000 años de nuestra existencia como Homo sapiens, es objetivamente una especie social, cooperativa, sinérgica, con división compleja de funciones según sexos y según rangos de edad; y lo es independientemente de sus modismos y engreimientos de solitario hiperpredador de Gaia. No obstante, el Hombre, como especie animal, vive como un macroorganismo con un único propósito: su autoperpetuación como especie viva en espacio y tiempo; luego, el Hombre, funda su existencia en necesidades de viabilidad ecológica sometidas al imperio de leyes universales que lo obligan mucho más allá de sus anhelos y ensoñaciones. Así pues, en este cambio de paradigma humano que se avecina en los albores del III Milenio, auténtica modernidad, todo lo humano, Derecho inclusive, deberá ser referido a esas necesidades existenciales humanas que la ciencia ha podido catalogar sistemáticamente con las objetividad y asepsia intelectuales únicamente disponibles para el método científico y, por tanto, estadísticamente mensurables, comparables y relativizadas conforme a lo común para el estudio y la comprensión del universo conocido.

No es de extrañar que, en sus orígenes, el Derecho fuera de carácter negativo pues, cuanto más cercanos a nuestro alumbramiento como especie, menos numerosos y más conscientes fuimos de que el individuo está atado a la sociedad por indisolubles obligaciones contraídas con el mero hecho de haber nacido. Así pues, el primer código legal del que se tiene noticia, el Código de Hammurabi, Milenio –VII, se basaba en estelas pétreas con todo un coactivo elenco de obligaciones y sanciones instaladas en el corazón de todos y cada uno de los poblados de su imperio. El segundo, que yo recuerde, y tal vez a resultas de los abusos elitistas achacables al aristocrático primer ejemplo, fueron las tablas de la Ley de Moisés, o forma mediterránea de someter a los soberanos al imperio de la ley imputando a Dios la autoría de la misma, con el acierto político de que al estamento aristocrático se le contrapusiese el estamento eclesiástico, único legitimado para interpretar dicha ley, pero con la trampa de poder que supuso la adición del estamento clerical al de una rancia aristocracia militar monopolizadora de la violencia.

De cualquier modo, la base del Derecho negativo es siempre la misma: las obligaciones de la persona hacia la especie; y su abuso apriorístico en todo momento el mismo: el privilegio efectivo de la élite administradora de dichos deberes. Y tal debió ser el poder conferido a las élites por el Derecho negativo que no tardarían en aparecer los soberanos deificados por toda la Cuenca del Mediterráneo, aunando la conveniencia del monopolio de la violencia de su soberanía terrenal y la oportuna concurrencia de una naturaleza divina que les colocaba por encima de sacerdocios vicarios de dichas inefables deidades. Y, no obstante, fue la antigua Roma la que sentó las bases del Derecho positivo, quizá espoleada tanto por el desbordado crecimiento demográfico como por su desbordante crecimiento territorial, luego étnico, desde la piedra angular del manido aserto “do ut des”… Doy para que me des, es decir, si doy primero, me legitimo para recibir y, en su defecto, exigir si no soy correspondido.

Pero el nacimiento del Derecho positivo como tal se lo debemos, sin duda, a la Ilustración y su consecuencia sociopolítica, la Revolución Francesa, que, acuñando el término Nación = pueblo soberano como concepto jurídico, responsabilizaba a toda la Sociedad de la autoría y administración de unas obligaciones sociales que emanaban de la naturaleza igual de toda persona y no de la paternal magnanimidad de unas monarquías absolutas únicamente justificables por el asfixiante poder coactivo/coercitivo ejercido inclementemente por los estamentos privilegiados que sostenían al propio trono soberano. De entonces a esta parte, más de dos siglos de renacimiento humano hacia su renaturalización como sociedad cooperativa sinérgica han ido derivando hacia un apriorístico reconocimiento de derechos que, a más de no tener más fundamento que la Filosofía del Derecho y la pugna política por el Poder, han devenido una suerte de fiebre existencial que amenaza ya con quebrar la naturaleza del Hombre.

No obstante, la ciencia nos reclama poner el foco de nuestra atención en que el Hombre, por cuanto que especie viva y social, solo conoce de necesidades individuales y colectivas, inherentes al imperativo natural de viabilidad ecológica e impuestas por los principios universales de transformación de la energía que ningún ser vivo puede transgredir sin responder por ello con su propia vida. Así pues, debe ser cada necesidad discreta de la persona la razón primera y última del Derecho neutro llamado a articular el nuevo paradigma humano, necesidad discreta que se fundamenta en un deber para con la especie concreto, ineludible, aunque esa realidad se exprese como un derecho que la Nación reconoce positivamente en cada neonato a la espera de que éste cumpla oportunamente con las obligaciones del contrato social que supone, en sí mismo, el acto de su nacimiento.

Dicho de modo más ilustrativo. Partiendo del principio universal de que la vida no es un derecho, sino el hecho constitutivo de todo derecho, los atributos físicos de dicha vida son una suerte de dote biológica que cada neonato tiene físicamente reconocida nada más nacer, es decir, el pan que cada niño trae debajo del brazo, según el dicho popular, o el pequeño cofre de monedas de curso legal que todo bebe trae a este negocio llamado vida humana: el capital de la persona. Cada una de esas MONEDAS, o necesidad concreta, cuentan indisolublemente en su cuño universal con una pesada CRUZ, el deber, que porta el valor inequívoco de la misma, así como una CARA conmemorativa, el derecho, que expresa el contrato social concreto que sustenta el valor de dicha moneda. Y ahora sí, conforme al románico “do ut des”, podemos encontrarle pleno sentido humano a una legislación en positivo que exigirá, desde luego, la educación de ciudadanos libres y conscientes del carácter indisoluble, incuestionable, de derechos y deberes, con estos últimos como valor real de la convivencia humana.

Sólo queda decirle a nuestra trasnochada y decadente izquierda histórica, que miente descaradamente cuanto nos habla de la conquista de derechos. Se lo dice la nueva izquierda, regenerada y reformista, que viene al nuevo paradigma humano haciéndole notar a la ciudadanía que si sigue siendo necesario RECONQUISTAR derechos, porque los deberes no tenemos quien nos los condone, es porque hemos dejado que las élites del momento se los apropien desde la avaricia de un Poder que se reproduce a sí mismo desde su necesidad visceral de gestionar una existencia de vencedores sobre vencidos. Y esto incluye a toda es izquierda mercadotécnica de privilegios políticos, teléfono corporativo y coche oficial que hace lustros que no pasa de triste maquinaria electoral.

¡Carpe diem!

Autor: Pedro José Navarrete

22 Ene 18

Se paró el péndulo electoral por Marta Garrote

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La metáfora del péndulo electoral para explicar las mayorías absolutas de PSOE y PP, alternativamente, la he utilizado en innumerables ocasiones porque es la que mejor explicita el movimiento del voto en España, hasta hace muy poco tiempo. Alrededor de dos millones de votos podían cambiar el resultado final de unas elecciones, bien quedándose en casa, bien votando al rival.

Entre los socialistas, solíamos pensar que éramos nosotros los que ganábamos o perdíamos elecciones. Si lo hacíamos bien, ese par de millones de votos apostaban por el PSOE y ganábamos, si lo hacíamos menos bien, se quedaban en casa y ganaba el PP. Aunque en mas de una ocasión he sostenido esta misma reflexión y la he defendido en público y en privado, hoy tengo mis dudas de que sea del todo cierto.

Es posible, digo, es posible y cada día más probable, que haya más de un par de millones de españoles a los que les es indiferente votar derecha o izquierda y que apostaban por el PSOE o el PP, en función de cómo iba España, la economía, de las leyes que se iban aprobando y, sobre todo, de la corrupción. De ahí lo del péndulo electoral y que los votos cayeran en uno u otro granero en función de las circunstancias.

Esto no es incompatible con que una parte importante del electorado de izquierdas, más exigente, más delicado, más dado a la crítica y la autocrítica, se quedase en casa cuando el PSOE no respondía a sus altas expectativas. Era quizás una combinación de ambas realidades, la abstención como forma de castigo a tu partido cuando se equivoca y la falta de adscripción ideológica que permitía votar a uno u otro partido en función de su gestión, lo que configuraba ese cruel péndulo electoral que unas veces te daba y otras te quitaba.

A la vista del espectacular resultado electoral de Ciudadanos en Cataluña y las últimas encuestas electorales que señalan a la formación naranja como clara ganadora de ponerse hoy las urnas, parece claro que se ha parado el péndulo electoral. Los votantes descontentos con el PP no necesitan apostar por el PSOE, los votantes descontentos con el PSOE no tienen por qué resignarse a la abstención, hay un nuevo voto refugio que contenta a unos y otros, un voto de centro, sin complejos ante la idea de una España y no diecisiete y sin sombra de corrupción. Es posible que agrade, al votante de derechas en mayor medida, pero también al votante clásico socialista harto de populismo y nacionalismo.

hay un nuevo voto refugio que contenta a unos y otros, un voto de centro, sin complejos ante la idea de una España y no diecisiete y sin sombra de corrupción

Con el PP en una batalla interna sin cuartel, en el que todos dan a Rajoy por amortizado y andan tratando de abrirse paso a codazos en la sucesión. Con todas las causas penales que asolan a los populares por sus muchos años de corrupción y financiación de campañas de manera ilegal en fase de juicio y pronta sentencia. Con un Rajoy que siempre esconde un as bajo la manga y que no tiene intención alguna de dejarse ofrecer en sacrificio por los suyos para salvar al PP, el votante de derechas se siente profundamente desconcertado.

Con Podemos en caída libre, una vez exprimido el éxito del buen diagnóstico de la realidad que sufrían la mayoría de los españoles como consecuencia de la crisis y las injustas políticas basadas en la austeridad, para salir de ella, una vez estrujada al máximo la indignación ciudadana que desembocó en el 15M, si hay algo que los votantes han comprendido es que no hay soluciones más allá del eslogan, la casta, la trama y el proyecto caudillista de Pablo Iglesias.

Con una Izquierda Unida al borde la extinción en manos de un líder sin fondo ideológico ni capacidad política para representar a la “verdadera izquierda” según ellos mismo se denominan, ahogados por acuciantes deudas económicas y diluidos dentro del marasmo podemita, no parece fácil que el bisoño Garzón sea capaz de sacudirse el abrazo del oso de Iglesias y volver a disponer de un espacio político que históricamente fue suyo.

Si en el PSOE, hubiera al frente un líder solvente, con capacidad para cohesionar el PSOE, con inteligencia para reunir en torno a su persona las distintas sensibilidades territoriales que cohabitan entre los socialistas y, sobre todo, respetado socialmente y no solo por una militancia menguante, podría aprovecharse para pescar en todos estos caladeros. En el de la izquierda más ortodoxa que sabe de la sensibilidad social del PSOE. En el del centro izquierda que siempre fue su base electoral por afinidad ideológica. Pero también en el de los no adscritos o más desideologizados que encontraban en los socialistas unos aliados de la clase trabajadora, de las mujeres, de las minorías, de los más desfavorecidos, pero también de las clases medias urbanas. Incluso se podría pescar en el caladero del centro o centro derecha que, aun no compartiendo las políticas más audaces de los socialistas, no se sentían cómodos con esa derecha antipática, belicista y corrupta como la que encarnaba Aznar, por ejemplo.

Pero para desgracia de todos los que somos y nos sentimos socialistas, con o sin carné que lo acredite, Pedro Sánchez vive ensimismado en su yoismo. Sentado en su fortaleza de Ferraz, acusa a las élites de estar promoviendo una suerte de confabulación judeomasónica para favorecer a Ciudadanos, con encuestas cocinadas y columnas de opinión envenenadas. Sueña con un triple empate en las próximas elecciones generales que le permita volver a acercarse a Rivera, como socio prioritario (una vez comprobado en sus carnes que Iglesias es su peor enemigo) y así alcanzar su sueño húmedo de dormir en La Moncloa. Y en lugar de buscar el apoyo social construyendo un proyecto para España creíble, se ha embarcado en una gira mesiánica por las agrupaciones socialistas que le asegurará el aplauso fácil de los suyos y el nulo rédito electoral.

Autor: Marta Garrote
Fuente: http://thecitizen.es/politica/se-paro-el-pendulo-electoral

19 Ene 18

Plataforma Ahora apoya la manifestación convocada por Jusapol en Barcelona

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  • El portavoz de Ahora, Gorka Maneiro, reclama “justicia e igualadad para los policías nacionales y guardias civiles de toda España respecto a las policías autonómicas”

  • Desde Ahora, defienden que “se trata de pagar lo mismo a quienes realizan las mismas funciones con demostrada solvencia”

La Plataforma Ahora estará presente en la manifestación convocada por Jusapol, que tendrá lugar este sábado en Barcelona, para reivindicar la equiparación salarial.

Tal y como ha explicado el portavoz de Ahora, Gorka Maneiro, “lo que se pide es muy sencillo de entender. Los policías nacionales y guardias civiles cobran una media de 600 euros mensuales menos que los policías autonómicos vascos o catalanes: otra asimetría más en una España llena de desigualdades”. Por lo que “necesitamos hechos no palabras ni promesas que no se concretan”. En este sentido, Maneiro destaca que “se trata de pagar lo mismo a quienes realizan las mismas funciones, en este caso, con demostrada solvencia”. Motivos de sobra para que desde Plataforma Ahora se apoye las reivindicaciones de la plataforma Jusapol. Por tanto, desde Ahora recuerdan que “no conviene bajar la guardia puesto que no nos fiamos del Gobierno del PP que lleva años prometiendo pero no cumple”.

Por todo esto, desde Plataforma Ahora ha mostrado su apoyo a todas las iniciativas llevadas a cabo por Jusapol y mañana sábado estarán presentes en la manifestación que tendrá lugar en Barcelona para defender la equiparación salarial, la justicia e igualdad que reclaman.

16 Ene 18

POPULISMO FISCAL

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No han sido pocas las voces que han criticado con dureza a Pedro Sánchez ante sus últimas propuestas en materia fiscal. Pocas, sin embargo, han sido las propuestas alternativas. Sin conocer la letra pequeña ni el desarrollo de la medida impositiva propuesta, desde Plataforma Ahora no vemos descabellado un incremento de la presión fiscal sobre el sector bancario con el objetivo de garantizar la sostenibilidad de nuestro sistema de pensiones. Lo que sí nos parece completamente fuera de lugar es la enésima aparición de esa cohorte de francotiradores que, a la mínima ocasión, arremeten desde su catecismo neoliberal contra los impuestos, chivo expiatorio de nuestro tiempo.

Conocemos el paradigma que defienden algunos, con ejemplos sangrantes desde los años ochenta a esta parte: el Dios mercado se regula sólo y, cuanto menos Estado, tanto mejor. Para ellos, cualquier impuesto debe ser tildado como apropiación indebida del malhadado Estado. Y, a poder ser, eliminado con presteza. Porque, al fin y al cabo, el dinero está mejor en el bolsillo de los individuos que en el del insaciable “Papá Estado”.

Olvidan decir que la consecuencia primera que se seguiría de la eliminación de todo tributo sería la inviabilidad de nuestro Estado del Bienestar al completo, sistema de pensiones incluido. Como olvidan mencionar que sin impuestos cualquier redistribución sería una pura quimera. No, el mercado no es perfecto, y basta con echar un vistazo a las causas reales de la última crisis financiera, espoleada por la ausencia de regulación en los mercados. Además, sin un sistema fiscal justo y progresivo, la igualdad de oportunidades no sería más que un mantra nominal averiado, sin traslación práctica alguna. Quienes tuvieran la fortuna de pertenecer, desde la cuna, al linaje de los que más tienen, partirían con casi todo hecho sin esfuerzo alguno; los demás, mermados desde su origen, arrastrarían un lastre en muchas ocasiones insalvable. Ese dinero en el bolsillo del individuo estaría, en honor a la verdad y a pesar del silencio de tantos voceros del libre mercado sin límites, en manos de unos pocos individuos injustamente empoderados desde su nacimiento.

Plataforma Ahora – y así lo venimos defendiendo desde nuestro nacimiento – defiende una económica social de mercado. No creemos en ninguna clase de izquierdismo infantilista anclado en viejas y desfasadas utopías. Sin embargo, estamos plenamente convencidos que la cosmovisión liberal libertaria, en virtud a la cual la traducción de la libertad de cada individuo es una absoluta ausencia de interferencias respecto al otro, constituye una doctrina profundamente equivocada y, en última instancia, reñida con los fundamentos más elementales de la democracia y la ciudadanía. En cuanto conciudadanos, somos titulares de derechos compartidos, no usufructuarios de dominios aislados que se dan la espalda mutuamente. Tampoco creemos en el dogma de los mercados perfectos y espontáneos, puesto que somos plenamente conscientes de que las lecciones que nos provee la realidad nos muestran las numerosas disfuncionalidades, atropellos e injusticias de los mismos. Por eso precisamente somos férreos defensores de espacios públicos de intervención y regulación (proporcionada y controlable, a través de un sistema de pesos y contrapesos que evite arbitrariedades en el ejercicio del poder público) que permitan equilibrar las sociedades, y cerrar la brecha entre los poderosos y los débiles. No se trata de proscribir el talento ni la creatividad – nada más lejos de nuestra intención – sino de articular sociedades donde los ascensores sociales estén al alcance de una amplia mayoría de ciudadanos, no de héroes excepcionales capaces de sobreponerse a draconianas situaciones de partida. Creemos en la necesidad de preservar, ampliar y prestigiar la sociedad del bienestar, donde quien cae no sea estigmatizado y siempre exista una colchón social para los débiles, los perdedores y los damnificados. No anhelamos sociedades que condenan o estigmatizan a los más desfavorecidos, sino aquéllas que les proveen oportunidades para salir adelante. Para ello, es imprescindible contar con unos servicios públicos de calidad, inclusivos y de referencia, que no constituyan el reducto asistencialista y desangelado al que nadie desee acudir. Al revés, entendemos que el Estado puede y debe proveer numerosos servicios y desempeñar amplias funciones de manera equitativa y eficaz. ¿Por qué no? ¿Por qué dejar operar ab initio absurdos prejuicios ideológicos en base a los cuales, sin necesidad de cualquier evidencia empírica y fáctica, quepa privatizarlo todo? La gran revolución de nuestro tiempo no es la toma de los Palacios de Invierno, sino nuestro sistema de Seguridad Social o una buena educación pública y laica.

Además, detrás de los intentos deliberados de demonizar los impuestos, se esconde un burdo populismo que, injustamente, goza de cierto eco mediático. ¿Son todos los impuestos iguales? Obviamente no. Si de nosotros dependiera, la presión fiscal debería recaer sobre los impuestos directos antes que sobre los indirectos. Sobre los progresivos muchos antes que sobre los impuestos proporcionales y regresivos. Y siempre antes sobre las rentas del capital que sobre las del trabajo. Muchos de los que estigmatizan toda presión fiscal, abogan paradójicamente por mantener un IVA alto que contraiga el consumo, aún a sabiendas de que se trata de un impuesto que carece de progresividad. En cambio, abogan por aberraciones tales como un tipo único en IRPF, o por eliminar de una tacada el Impuesto de Sucesiones – incluso para las herencias millonarias – o el de Patrimonio, tributos de acreditado carácter progresivo. ¿Y esto por qué? Básicamente porque no les interesa lo más mínimo mantener el Estado del Bienestar, ni garantizar la equidad social o las imprescindibles políticas públicas.

Demasiados, de forma velada o más bien explícita, propugnan una sociedad de cartas marcadas a perpetuidad, donde la movilidad social sea más bien una entelequia teórica y la igualdad un valor caduco y estigmatizado. Su populismo fiscal roza lo dantesco. Curiosa paradoja la de quienes sólo miran a EEUU para alabar la injusta rebaja fiscal a los potentados que acaba de perpetrar Trump, y nunca se acuerdan de la mejor tradición en aquellas latitudes, como la inolvidable sentencia, de máxima actualidad, que dejara para los anales de la Historia el gran magistrado del Tribunal Supremo de aquel país, Oliver Wendell Holmes, Jr.:

“Los impuestos son el precio de la civilización”.

16 Ene 18

La izquierda se está apagando por Carlos Elordi

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El apagón de la izquierda es el dato crucial del panorama político general. Porque es la garantía de que no se va a producir movimiento alguno en el signo del poder político, de que la derecha va a seguir mandando
A menos que cambien mucho las cosas, el PSOE y Unidos Podemos van a asistir como espectadores silenciosos a la pugna por la primacía de la derecha

En estos momentos, y desde hace ya un tiempo, la izquierda no es una referencia política. Se sabe que está ahí, dividida, eso sí, que de vez en cuando alguno de sus exponentes dice algo en público sin que ello tenga mucha trascendencia y también que, semana tras semana, los sondeos concluyen que cae en conjunto y que ni aún unida alcanzaría el gobierno. No propone alternativa viable alguna sobre las cuestiones más calientes, sobre Cataluña en particular, ni tampoco es paladín de las causas sociales más urgentes. Y el indicador más claro de que las cosas le van mal es que empieza a atisbarse que puede fracturarse más aún de lo que ya está.

Hace unas semanas, exponentes del PSOE hicieron saber que su partido aparcaba por ahora el proceso de entendimiento con Unidos Podemos, que nunca arrancó de verdad. El miércoles, este diario anticipaba el texto que se presentará en la Coordinadora Federal de Izquierda Unida y en el que Alberto Garzón confirma que quiere replantearse la relación con Podemos. Veremos en qué terminan uno y otro aviso, pero no es difícil vislumbrar que ante las dificultades, cada cual se apunta a conservar lo poco o mucho que tiene, sin arriesgarse en aventuras en las que no creen.

El apagón de la izquierda es el dato crucial del panorama político general. Porque es la garantía de que no se va a producir movimiento alguno en el signo del poder político, de que la derecha va a seguir mandando. Y eso ocurre cuando Rajoy y el PP están más débiles que nunca, cuando la corrupción les acosa, cuando todo lo hacen mal o peor, cuando ni la propaganda más desvergonzada puede ocultar que son incapaces de paliar la crisis catalana, que han dejado en manos de unos jueces que actúan como políticos que se están cargando la democracia. Y cuando muchos de sus votantes dicen a los encuestadores que se pasarían de buen grado a las filas de Ciudadanos si ahora hubiera elecciones.

A menos que cambien mucho las cosas, el PSOE y Unidos Podemos van a asistir como espectadores silenciosos a esa pugna por la primacía de la derecha que se libra desde hace ya tiempo pero que los resultados de las elecciones catalanas han colocado en el primer plano de la escena política. La izquierda no es capaz de incidir en esa guerra que puede perfectamente terminar con la victoria del partido de Albert Rivera. Y en el plazo de un par de años.

Si tuviera algo más de fuerza y de convicción de la que tiene podría proponerse como una alternativa a los dos contendientes. Enarbolando la bandera de los intereses de la mayoría social que ni una ni otra derecha representan para nada. Aprovechando la tensión, enorme y creciente, entre el PP y Ciudadanos, para lanzar un mensaje de esperanza a los ciudadanos que no confían ni en Rajoy ni en Rivera, o que los detestan, pero que, hoy por hoy, no creen que sea posible apartarlos del poder.

No sería la primera que algo de eso ocurriera. Incluso en España: el éxito del PSOE en 1982 no habría sido posible sin la debacle de UCD, a la que en gran medida contribuyó la AP de Manuel Fraga. Pero para eso hacen falta elementos que ni el PSOE ni Unidos Podemos tienen en sus manos y que todo indica que no van a tener en el horizonte temporal previsible.

Para empezar, no tienen propuestas alternativas creíbles. Sí, uno y otro partido denuncian la desigualdad creciente, los bajos salarios, la desinversión en sanidad, educación e inversión pública, el recorte de derechos que se creían adquiridos para siempre. Pero ninguno de ellos da la impresión de tener muy claro cómo revertir esas tendencias. Porque la política no consiste sólo en hacer declaraciones sino en articularlas hasta el detalle y en preparar el terreno para que éstas puedan irse convirtiendo en realidad.

¿Y que han hecho el PSOE y Unidos-Podemos en ese camino? Poco o nada. No han ido más allá de las denuncias genéricas y de las ocurrencias puntuales. Y no existe nada parecido a la movilización social que podrían haber propiciado. Y que más que en manifestaciones rituales consiste en la creación de un ambiente, apoyándose en una trama militante que hay que organizar y alimentar cotidianamente. Pues, aunque no produzca resultados inmediatos, esa es la base de cualquier proyecto de transformación. Hoy, con internet, y siempre. Hay decenas de miles de ciudadanos dispuestos a contribuir en esa tarea. Pero nadie los convoca.

Son tan poderosos los motivos que justificarían una movilización con los objetivos antes citados, que si ésta existiera de verdad irradiaría todo el cuadro social y político. Sería un dato que hasta empresarios que no necesariamente están alineados con el actual poder, y otros muchos sectores, habrían de tener en cuenta a la hora de decidir cómo colocarse en la actual crisis política española. Que a nadie, salvo a la mayoría de los tertulianos, se le escapa que es gravísima.

Pero parece ser que ni los dirigentes del PSOE ni los de Unidos Podemos quieren salir a la calle. Los unos porque no puede hacer otra cosa que ocuparse del conflicto interno entre el sector conservador y el cada vez más inane que encabeza Pedro Sánchez que paraliza al partido desde hace casi tres años y que puede terminar abocándole a un entendimiento con el ganador de la pugna por el dominio de la derecha, o apoyando al PP como subrepticiamente ya está proponiendo el diario El País.

Y Unidos-Podemos porque sigue ensimismado y sin recursos para la acción, una vez agotada su máquina de crear novedades supuestamente impactantes y comprobado que el grupo parlamentario vale para poco una vez que el gobierno ha decidido pasar totalmente del parlamento y no mandar ni una línea a la carrera de San Jerónimo.

Es verdad que la prensa, por lo menos la grande, se ha olvidado de Unidos Podemos o sólo se acuerda de ellos para darles caña. Tampoco le hacen mucho caso al PSOE. ¿Pero a quién puede sorprender eso? ¿Por qué unos medios tan vinculados al poder iban a darles pábulo y más si no producen noticias? Quienes les critican, mejor harían en generar iniciativas reales que hasta ellos se verían obligados a reseñar.

El fracaso tanto del PSC como de los comunes en las elecciones catalanas ha puesto la debilidad de la izquierda al desnudo. Y, más allá de errores puntuales, lo cierto es que ni el PSOE ni Unidos Podemos han conseguido tener una voz propia en el conflicto político más grave que vive la sociedad española y que puede terminar arruinando nuestra democracia.

La postura de los socialistas, entregándose de pies y manos al PP sin asegurarse la mínima posibilidad de influir en los acontecimientos es injustificable. Un día tendrán que explicar por qué la tomaron. Pero Unidos Podemos no queda mucho mejor. Porque lo único que ha hecho es lanzar eslóganes. Primero el del “derecho a decidir”, luego el de “ni DUI ni 155”. Para terminar arrepintiéndose del uno y del otro cuando comprobó que los hechos los habían superado y que, además, no pocos de sus simpatizantes pedían una posición comprometida al partido, anti-independentista en la mayoría de los casos, y se han alejado del mismo viendo que nadie la tomaba.

Autor: Carlos Elordi
Fuente: http://www.eldiario.es/zonacritica/izquierda-apagando_6_728687150.html

15 Ene 18

Social de Fernando Savater

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La combinación de parlamentarismo constitucional, libertad regulada de comercio y asistencia social es el mínimo común denominador de la política europea respetable

Uno de los aciertos propagandísticos del franquismo fue llamar “rojos” a todos sus adversarios, desde democristianos a anarquistas. Los desafueros de unos contaminaban a los demás. Hoy se utiliza con idéntica amplitud de desdén el término “socialdemócrata” para descalificar cualquier medio o propuesta cercana al socialismo, sin matices. Aprovechan que los socialistas se desacreditan rebajando su mensaje político a la defensa de excéntricos vocingleros y colectivizadores victimistas de derechos que pueden reivindicarse desde la libertad e igualdad ciudadana. Peor, caen en la incoherencia de exigir fiscalmente a los contribuyentes adinerados mientras protegen en nombre de identidades fantásticas a quienes exigen privilegios para ciertos territorios. Sólo les falta proponer un referéndum pactado para preguntar a los ricos cuántos impuestos consideran justo pagar: ¡ahí sí que encontrarían independentistas entusiastas!

Pero eso no invalida el planteamiento socialdemócrata: la combinación de parlamentarismo constitucional, libertad regulada de comercio y asistencia social para todos es desde la II Guerra Mundial el mínimo común denominador de la política europea respetable. Y se puede ir más allá, como señaló hace casi un siglo Harold Laski en ¿Civilizar el mundo de los negocios? (en Los peligros de la obediencia, editorial Sequitur). La mercantilización del mundo no es la vía regia de la libertad ni su condición inapelable. Cabe valorar la propiedad privada sin adorarla: “La propiedad nunca debe ser tan grande como para que su beneficiario pueda ejercer el poder meramente en razón de su magnitud; y nunca debe ser tan pequeña como para no permitir otra preocupación que la búsqueda del sustento material más inmediato”. Ni colectivismo ni oligarquía: un individualismo de la responsabilidad social.

Autor: Fernando Savater
Fuente: https://elpais.com/elpais/2018/01/11/opinion/1515673430_393987.html

11 Ene 18

Insuficiencia fiscal de Luis de Velasco

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Oliver Wendell Holmes Jr. fue durante treinta años juez asociado en el Tribunal Supremo de EEUU. Fallecido en 1935, para todos en ese país fue y es un jurista de enorme prestigio. Seguramente su frase más difundida es la de que “Los impuestos son el precio que pagamos por la civilización”. Quienes siguen esta columna la habrán visto citada en ella frecuentemente. Lo hago así porque me parece perfecta en su sencillez, claridad y absolutamente verdadera y porque creo que es escasamente conocida en nuestro país. Sin impuestos no hay posibilidad de instituciones sólidas, a  la cabeza de ellas el Estado que permitan y, más aún, aseguren, lo que entendemos por civilización, vida civilizada, como lo demuestra la Historia.

Hoy (y siempre, con mayor o menor intensidad) esa afirmación es objeto de controversias. Tema central en todo país no puede quedar al margen de debates teóricos y controversias políticas. Aunque no se discute tanto la existencia del Estado y de sus impuestos como del alcance del ejercicio de esa facultad soberana de gravar bienes y actos de los ciudadanos.

A lo largo del tiempo y, sobre todo desde el comienzo del siglo actual, la tendencia general ha sido la del crecimiento de la presencia estatal en número también creciente de campos de la vid ciudadana. Tendencia que no ha excluido flujos y reflujos, determinados sobre todo por aportes teóricos concretados en opciones políticas. O, en menor medida, por factores exógenos como una guerra o una catástrofe natural.

Esa tendencia tiene una fecha que generalmente sirve como referencia y es la llegada de Reagan a la presidencia de Estados Unidos. Lo que poco después se apellidaba como neoliberalismo se va imponiendo como ideología y como acción política. Nada mejor  una frase del propio Reagan en 1981 “Las siete palabras que más temor me inspiran son: “Soy del gobierno y vengo a ayudarle”. En resumen, menos impuestos, menos regulación. Es decir menos presencia estatal y más poder a los más poderosos. Más ley de la jungla. El impacto mundial es muy grande ya que Estados Unidos es ya entonces claramente la primera potencia mundial tanto económica como intelectualmente. Una de sus consecuencias, la más dañina de la que todavía quedan restos, es la Gran Recesión de mediados de los ochenta iniciada en el sector financiero de Estados Unidos, ya en el reino del “capitalismo de casino”. Nada mejor que una frase del presidente Obama en 2009: “Millones de americanos que han trabajado duro y se han comportado responsablemente han visto dañados sus sueños por la irresponsabilidad de otros y por el fallo del gobierno en la supervisión. Nuestra economía ha sido dañada por ese fallo”. Lo mismo en gran parte del resto del mundo.

La reacción es doble y se puede sintetizar en mayor regulación y supervisión en el sector financiero pero prudencia en el tema impositivo y, más ampliamente, en lo relativo a la intervención del sector público como agente directo en la economía en inversiones porque eso supone siempre incrementos impositivos que llevan a un menor crecimiento económico. Esta puede ser la síntesis de los contrarios a un mayor intervencionismo estatal mediante esa vía. El predominio ideológico y en la opinión pública de esta tesis es indudable. Al menos hoy por hoy. Por razones varias. Nacen y son apoyadas por círculos muy poderosos desde las grandes empresas que cuentan además con terminales mediáticos y de  formadores de opinión. Gran parte de la opinión pública respalda esa posición por esa poderosa influencia, o por ignorancia en un tema complejo y porque a poca gente le gusta pagar impuestos sobre todo cuando ve casos flagrantes de evasión impositiva y delitos por quienes pueden hacerlo y porque ven fallos desastrosos en la otra parte del sistema es decir  en los gastos públicos.

En España parece estar cada vez más clara la realidad de una insuficiencia impositiva y por lo tanto presupuestaria para toda una serie de actuaciones directas, inversoras del sector público en la economía, imprescindibles para un crecimiento económico suficiente, sin estrangulamientos y equitativo. Es un tema que estará de actualidad en los meses inmediatos. Temas como la insuficiente inversión pública (una de las más bajas de la  UE en proporción al PIB), políticas de empleo y de formación profesional, sanidad pública, políticas sociales imprescindibles cuando la desigualdad en renta y riqueza ha aumentado son algunos ejemplos de posibles estrangulamientos, políticas en Investigación y Desarrollo. El PSOE acaba de anunciar la presentación de un documento sobre este tema. No conozco su contenido pero hay que aplaudir la iniciativa en un asunto que es ya urgente. Contará, ya cuenta, con opiniones poderosas en contra. Frente a ello habrá que desarrollar una densa labor didáctica así como incluir medidas, también urgentes, en la vertiente del gasto público  Mucho que reformar ahí también. Tampoco ahí es sencillo. Muchos intereses en contra. Pero en eso consiste gobernar: en decidir y no en quedarse quieto, impávido.

Autor: Luis de Velasco
Fuente: https://www.republica.com/el-replicante/2018/01/10/insuficiencia-fiscal/

3 Ene 18

Reescribir el contrato social: el borrón del cupo vasco de Víctor Gómez Frías

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El autor, militante socialista, pide al Defensor del Pueblo que recurra el cupo vasco ante el Tribunal Constitucional, y analiza el potencial de la comisión de evaluación del estado autonómico.

El pasado viernes se publicó en el BOE la ley que establece el cálculo del cupo vasco para el quinquenio 2017-2021. Pese a la amplia mayoría parlamentaria que la había respaldado unas semanas antes, esta ley ha suscitado –por su contenido y por las condiciones de su trámite– la crítica de muchos expertos y las dudas de numerosos ciudadanos, entre los que me cuento, por ahondar en la ruptura en la igualdad de acceso a los servicios públicos y otros derechos entre comunidades autónomas. Además, dentro del PSOE, muchos militantes opinamos que se trató de una posición incoherente y desacertada, que no se debatió suficientemente.

El monto del cupo se negoció a nivel exclusivamente político entre PP y PNV, anunciándose con meses de antelación a cualquier pretendida justificación técnica de su cálculo. Aunque el Gobierno había excluido el régimen del País Vasco y Navarra del estudio sobre la financiación del sistema autonómico que encargó a un grupo de expertos, al ser necesario calcular el presupuesto disponible para la solidaridad interterritorial se puso de manifiesto que estas dos comunidades reciben recursos de la Hacienda central en lugar de aportarlos, pese a encontrarse entre las más ricas de España. Fue también la conclusión de otros expertos a los que el Gobierno encargó anteriormente el cálculo de las balanzas fiscales y es notoriamente la opinión mayoritaria de especialistas académicos y profesionales.

En el texto de la ley, se pretende que el cálculo del cupo surge de los flujos financieros resultantes del régimen de concierto económico con el País Vasco, pero las administraciones responsables de esta negociación bilateral no han publicado el detalle que permita su escrutinio, limitándose a proclamar unas cifras agregadas que totalizan el monto predeterminado políticamente. Ni siquiera el trámite parlamentario pudo ser la ocasión para contrastar esas cifras, ya que se convino su aprobación en lectura única

Las fórmulas para el cálculo del cupo, que están pues desvirtuadas para que sumen el insolidario resultado pactado para 2017, son las que se aplicarán además hasta 2021, previendo incluso un mecanismo adicional en el caso de la balanza del IVA para inclinarla adicionalmente en favor del País Vasco según evolucione la recaudación de este tributo.

Diversos datos oficiales muestran que las importantes ventajas en la prestación de servicios públicos en el País Vasco no pueden explicarse solamente en una posible eficacia de gestión por parte de la comunidad autónoma, sino sobre todo en el injustificado desequilibrio en los mecanismos de solidaridad interterritorial del que se beneficia. Es por ejemplo el caso del superior sueldo –con frecuencia del orden del 30%– de muchos empleados públicos vascos respecto a sus homólogos en otras comunidades autónomas o en la administración central, que no se puede considerar una mejora fruto de la buena gestión cuando el propio coste de esa masa salarial se ha incorporado íntegramente en la balanza del cupo a beneficio del País Vasco.

He presentado una petición al Defensor del Pueblo para llamar la atención sobre estas cuestiones e interponga, si lo estima oportuno, recurso de inconstitucionalidad. Resulta muy improbable que los demás poderes habilitados para presentar este recurso se decidan a hacerlo, pese a que existen probablemente millones de españoles con legítimas dudas sobre su constitucionalidad.

No comparto pues el sentido de esta ley ni en el plano español ni en lo que dificulta una progresiva armonización europea. No obstante, con mi petición no he buscado restar legitimidad a la negociación política, ni pretender que el Defensor del Pueblo sea su árbitro ni siquiera partícipe, tampoco defender ingenuamente que cuestiones complejas como el nivel de prestación de los servicios públicos sean reducibles a meros cálculos técnicos.

Además, ha reiterado el Tribunal Constitucional que la igualdad a lo largo del territorio español no puede reducirse a una total uniformidad que sería incompatible con la autonomía de las distintas comunidades, que incluso puede ser un aliciente para la mejor gestión de los recursos. Sin embargo, las evidencias que he intentado resumir –y que han ilustrado ampliamente muchos expertos– creo demuestran que con el cálculo del cupo vasco (quizá no solo en esta ocasión, aunque nunca antes llegara a denunciarse tan ampliamente) no nos encontramos en ese margen de diferencias aceptables o incluso convenientes, sino ante una asumida ruptura de los principios constitucionales de igualdad y solidaridad, que no pueden ser moneda de cambio para una pretendida estabilidad gubernamental.

Una vez más, un partido nacionalista logra cobrarse de la solidaridad territorial la continuidad de un gobierno en La Moncloa. La novedad ha sido que, desde la oposición, el PSOE del estéril “no es no” que no supo aportar condición alguna a la investidura de Rajoy –o incluso lograr que el PP cambiara de candidato–, entregue ahora un “sí” tan obsecuente como anticipo de lo que costarían los votos del PNV en una hipotética moción de censura. Más aún cuando este partido se ha permitido sabotear la comisión de evaluación del estado autonómico, que es la principal iniciativa política de Sánchez, como antesala de una posible reforma constitucional.

Si queremos evaluar el reparto de competencias entre nuestros administraciones de distinto nivel territorial, es necesario un discurso general (que bien pueden trazar las personalidades invitadas a la comisión) pero es necesario también convocar a expertos para analizar los principales sectores, estableciendo en grandes líneas el “nivel de servicio”, los problemas de coordinación y, por supuesto, el coste y su financiación. En consecuencia, lo coherente con la atención y margen de acción que merece esta comisión es que, a partir de sus conclusiones, se hubiera negociado la financiación de todas las comunidades autónomas (no urgía especialmente la del País Vasco, puesto que las de régimen general también tienen pendiente su actualización).

Denunciar el abuso que supone el monto del cupo y las formas de su negociación no supone ni cuestionar el concierto ni atacar a los vascos. Algunos expertos proponen un concierto amplio pero no completo (tampoco lo es el actual del País Vasco y técnicamente es casi imposible que llegara a serlo) para todas las Comunidades, que recaudaran directamente buena parte de los recursos que van a gastar, pero manteniendo siempre suficientes ingresos en la administración central para sus propias competencias y para distribuir la solidaridad interterritorial.

En cuanto a los habitantes del País Vasco, no hay duda de que actualmente se benefician de estos ingresos adicionales. No obstante, más allá de los valores intrínsecos que tiene la solidaridad, a medio plazo acabará no siendo rentable intentar ser el hijo pródigo de un Estado débil que no logra sumar fuerzas en una Europa que necesitará mayor igualdad, si quiere resistir unida la amenaza de otras potencias a nuestro modelo de progreso y bienestar.

La encrucijada en la que se encuentra España –y en la que estoy convencido el PSOE debe volver a ser un actor decisivo en su resolución– es reescribir, probablemente en papel europeo, el contrato social que nos liga. Pasará posiblemente por una reforma constitucional pero requiere sobre todo de un debate y un acuerdo mucho más amplios sobre qué significan la libertad, la igualdad y el progreso.

Autor: Víctor Gómez Frías
Fuente: https://www.elespanol.com/opinion/tribunas/20180103/reescribir-contrato-social-borron-cupo-vasco/274342565_12.html

1 Ene 18

Lecciones catalanas para la izquierda

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Existe una relación tormentosa entre nacionalismo y voto a partidos de izquierdas. Los debates identitarios son cosa del pasado; la modernización debe interpretarse en términos de unificación y de conflicto redistributivo en las ciudades

Mirar a Cataluña es mirar el futuro. Muchos de los conflictos sociales, económicos y políticos que vienen sucediendo allí en los últimos años son fracturas que vamos a encontrar con más frecuencia en las sociedades desarrolladas. Por ello, si somos capaces de entender qué está sucediendo, obtendremos valiosas enseñanzas, especialmente para la izquierda. El procés ha nublado cuestiones que son mucho más destacadas que lo meramente territorial. Eso no significa que la cuestión identitaria sea irrelevante en las sociedades del futuro, pero si nos centramos en exceso en ello, nos estaremos perdiendo otras transformaciones sociales que son igual o más importantes

La evolución electoral de la izquierda en Cataluña nos puede dar una primera pista. Hasta el año 2006, el porcentaje de voto progresista en las elecciones catalanas se situó entre el 55% de 2003 y el 40% de 1984. La caída en sus apoyos se produce entre 2010 y 2015, cuando todos los partidos de izquierdas apenas suman más del 30% de las papeletas (incluyendo a los nacionalistas). De hecho, el menor porcentaje de apoyo lo observamos cuando el procés arranca en 2015. Las elecciones del 21 de diciembre han logrado revertir la tendencia, llevando a la izquierda a casi el 43% de los votos, unos datos similares a los que encontramos a principios de los años noventa. No es menos cierto que parte de la recuperación de la posición electoral es gracias a los nacionalistas de izquierdas, quienes por primera vez han superado el 25% de los apoyos cuando, en toda la serie histórica, ERC y la CUP tenían su máximo en el 17% del año 2012. Pero que la izquierda recupere terreno electoral, no significa que sea posible la unidad de acción. La fractura identitaria es en estos momentos una barrera insoslayable.

El segundo balance electoral relevante para la izquierda es que ha perdido la preeminencia que siempre ha tenido en las grandes ciudades catalanas. El 21 de diciembre el PSC ha sido la cuarta fuerza política en Barcelona y en las poblaciones entre 50.000 y 100.000 habitantes. En las que tienen más de 100.000 habitantes se ha situado en tercer lugar. En cambio, Ciudadanos se ha impuesto en 20 de las 23 urbes catalanas. O dicho de otra manera, algo está sucediendo en las grandes ciudades que afecta notablemente a los progresistas

¿Cómo interpretamos todas estas cifras? La primera lección es que existe una relación tormentosa entre el nacionalismo y la izquierda. Durante mucho tiempo, los proyectos identitarios han contado con una cierta simpatía por parte de los progresistas. En la medida que sus reivindicaciones se centraban en lo cultural, la lengua o el deseo de ampliar libertades, la izquierda se sentía muy cómoda en esos debates. Pero cuando la defensa del colectivo nacional da un paso más allá y enfrenta a unas identidades contra otras, algo que viene sucediendo en Cataluña desde el año 2010, las formaciones progresistas se encuentran muy incómodas a la hora de elaborar un relato compartido y de mayorías. De ahí la profunda caída en los apoyos entre 2010 y 2015.

La única forma de superar esta incomodidad es dar un verdadero sentido histórico a lo que ha sucedido en el siglo XX. En realidad, los proyectos políticos más fascinantes son los procesos de unificación como la Unión Europea, Mercosur o la reunificación de Alemania. En un mundo donde las fronteras se debilitan y los desafíos son transnacionales, los esfuerzos que se vienen haciendo en muchas sociedades por compartir soberanía son mucho más loables que los casos de separación o aislamiento. Como recordaba en una reciente entrevista Fred Halliday, los procesos de independencia se reducen a colonias y al colapso del sistema comunista, donde la Unión Soviética, Yugoslavia, Checoslovaquia y Etiopía dieron lugar a una veintena de Estados. Entender la dimensión de lo que está por venir en el futuro implica asumir que los países europeos han dejado de ser Estados-nación para ser Estados-miembro.

Este es un cambio muy importante en la concepción de la democracia, la economía o la redistribución. Muchos dirigentes no son conscientes de que los debates identitarios son propios de otro tipo de estado que hemos dejado atrás en el tiempo. La izquierda, si quiere ser modernizadora, debería empezar a interpretar el mundo bajo el prisma de la unificación y no sobre el de la separación y la identidad.

La segunda lección es que la fractura del mundo rural frente al mundo urbano va a ser una de las brechas más importantes en el futuro. Dice Michael Ignatieff en su libro Fuego y cenizas que una de las desigualdades más invisibles es la territorial. Conforme pase el tiempo, esta desigualdad no solo se acrecentará, sino que además dentro de las ciudades veremos una mayor conflictividad.

En la era moderna, las ciudades siempre han sido el espacio para el progreso. Su mayor productividad, su continua especialización y su facilidad para transmitir información son factores que convierten al mundo urbano en un actor relevante de modernidad. Pero como señala Ryan Avent, están surgiendo las ciudades valladas. El enorme incremento del precio de la vivienda está expulsando a muchos grupos sociales, convirtiendo a algunas ciudades en un espacio para una ciudadanía de renta muy alta. En el fondo, lo que se va a producir dentro de las ciudades es una reproducción de la lucha de clases. Por un lado, tendremos a aquellos que no tienen capacidad adquisitiva suficiente para acceder a una vivienda (jóvenes, trabajadores poco cualificados, mujeres…). Por otro, estarán los niveles de renta altos, quienes se adueñarán del espacio físico. Este conflicto redistributivo es muy probable que se agrave con el progreso tecnológico, al dejar numerosos trabajos poco cualificados en niveles salariales muy bajos.

Si la izquierda no presta atención a este fenómeno urbano, lo más probable es que vaya perdiendo apoyos en las grandes ciudades, tal y como está sucediendo en la actualidad y como observamos en Cataluña. Una izquierda modernizadora debe tener un proyecto transformador para el espacio urbano que permita combinar los factores de progreso con una redistribución interna, y todo ello en un escenario de creciente desigualdad social.

Sobre estos dos aspectos debería comenzar a trabajar la izquierda. Es muy probable que una parte importante de los resultados del 21-D en Cataluña se expliquen por estas dos causas latentes. La salida que tenemos los progresistas en sociedades cada vez más fragmentadas, es establecer una épica de la unión y comprender lo que está sucediendo en las grandes urbes. La cuestión identitaria no es menor, desde luego. Pero el procés pasará, mientras que las soberanías compartidas y la transformación del mundo urbano seguirán ahí.

Autor: Ignacio Urquizu es profesor de Sociología en la Universidad Complutense (en excedencia) y diputado del PSOE por Teruel en el Congreso de los Diputados.
Fuente: https://elpais.com/elpais/2017/12/22/opinion/1513933589_624205.html