17 Nov 17

La agresión independentista

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Cuando le preguntaron a Frascuelo, torero muy popular en el XIX, qué le había parecido París, su primera salida a Europa, repuso con alarma y reverencia: “Aquello está lleno de extranjeros”. Es verdad, el mundo está lleno de extranjeros, es ancho y ajeno, como dijo Ciro Alegría, de modo que es lógico que amemos y protejamos lo que nos resulta más familiar. Hasta ahí el nacionalismo no tiene por qué ser malo, aunque a veces incurra en lo que Sánchez Ferlosio llamó una vez “la moral del pedo”: ese hálito que no nos molesta salvo cuando es ajeno. Es verdad que freecuentemente los nacionalistas menos exaltados también piensan en independizarse, pero para ellos la independencia es como para los cristianos el cielo: un lugar de perfección y delicias al que nadie tiene prisa por llegar…

Uno puede abominar del nacionalismo que ha ensangrentado Europa, como dijo Vargas Llosa en la gran manifestación antiseparatista de Barcelona, y sin embargo exhibir una bandera rojigualda con toda naturalidad. La supuesta contradicción entre ambas cosas se ha reiterado en las Redes y también en la prensa. “Dicen que rechazan el nacionalismo y van todos con su banderita. ¡Tienen una empanada!”, tuiteaba un tontaina, contento de sí mismo. Supongo que, según él, los que lloraron de emoción al ver la Union Jack que mostraban las barcas y barquitos que venían a rescatarlos en las playas de Dunkerque se ponían así al mismo nivel que los nazis que los rodeaban, esgrimiendo sus estandartes y cruces gamadas. Los que, en Barcelona, sacaron por fin a la calle la bandera constitucional española se rebelaban con ese gesto contra la imposición ideológica y la marginación cívica que sufren desde hace años en la orgía del separatismo obligatorio.

Las banderas que mostraron con orgullo no eran excluyentes de nadie sino inclusivas. Y, sobre todo, el suyo no fue un gesto narcisista sino una demostración de coraje en defensa propia. Porque lo que pretende imponerse en Cataluña no es simple nacionalismo, es decir, exaltación y apego a lo propio, aunque sea con desmesura; es separatismo, es decir, aborrecimiento de lo español, odio feroz al no nacionalista y, sobre todo, exclusión práctica de quienes no comulgan con el dogma del sacrosanto pueblo catalán y subversión de cuanto representa al Estado español.

El separatismo no es una opinión política o un ensueño romántico, como el nacionalismo, sino una agresión deliberada, calculada y coordinada contra las instituciones democráticamente vigentes y contra los ciudadanos que las sienten como suyas sin dejar por ello de considerarse catalanes. No es un delirio más o menos grave, sino un ataque en toda regla al núcleo más importante de nuestra garantía de ciudadanía, el Estado de derecho. Con algo de paciencia y sentido del humor se puede convivir mejor o peor con los nacionalistas; pero con los separatistas no hay más arreglo posible que obligarlos a renunciar a sus propósitos.

El separatismo no es solamente un movimiento político como tantos otros. Hay en él algo especialmente maligno, incluso desde una perspectiva mítico-religiosa. El diablo es, etimológicamente, el separador, diabolum, el que desune y rompe los lazos establecidos. La tarea diabólica es la fechoría antihumanista por excelencia, separar a los que conviven juntos y obligarlos a detestarse unos a otros, a alejarse: sembrar la discordia, el desgarro de los corazones. Es de lo más desdichado que tantos separatismos pequeños y grandes encuentren terreno abonado en España, hasta el punto de que cualquier símbolo regional —y si es posible excluyente— sea visto como algo liberador, progresista, por la izquierda lerda y sus asimilados: es prueba de que tenemos un país de todos los diablos…

En cuanto al proyecto separatista catalán: desde luego, la legislación internacional no está del lado diabólico, y así lo demuestra la declaración de la ONU sobre autodeterminación unilateral (1970), la cual sólo resulta comprensible en situaciones coloniales, pero nunca en casos en que el “pueblo” que quiere emanciparse forma parte de un espacio político “donde no se discrimina a nadie por su raza, credo o color”. O sea que más justificado estaría pedir la independencia de Alabama que la de Cataluña, región que ni los más distraídos confundirían con una colonia, tanto más cuanto que son los separatistas los que quieren introducir las discriminaciones que no existen y que ahora nadie padece salvo por su culpa (de lengua en la educación, por ejemplo).

Pero hay un requisito que algunos juristas invocan como posible justificación de la secesión y al que se agarran hoy los separatistas catalanes: que se diera una represión brutal, criminal y exterminadora, que no respete los derechos humanos, como la que llevó a cabo el ejército serbio de Milosevic en Kosovo o el ejército chino en el Tíbet. En Kosovo funcionó el invento y los expertos vieron con buenos ojos una “secesión terapéutica”, que sería la única formulación mediante la cual una Cataluña independizada unilateralmente podría ganarse algún reconocimiento internacional.

Pero en Cataluña no hay nada parecido a eso, de modo que no queda más remedio que inventarlo. De ahí viene el gigantesco bulo de la feroz represión violenta el 1-O, con la correspondiente trola de los 800 o 900 heridos, etcétera. Los separatistas catalanes, con astucia diabólica (si no suena demasiado melodramático), intentan hacerse pasar por kosovares o tibetanos europeos, pacientes de una represión sin mesura e indiscriminada.

Y estén seguros de que también en el futuro se procurará magnificar el uso de la fuerza legítima de la policía y la Guardia Civil, provocándola todo lo que haga falta y utilizando como carne de cañón a niños o ancianos, para presentarlo ante la ingenuidad (hipocresía, más bien) de medios de comunicación y Gobiernos extranjeros como posible legitimación del atropello separatista. Una satánica desvergüenza. Pero recordemos que son del Mediterráneo, tralará, donde se inventó la Mafia, la Camorra, la ‘Ndrangheta y otros milagros asociativos dignos de figurar en el Ómnium Cultural.

Hay esfuerzos por hacer creíble este indigesto pastel de posverdades y ellos me han motivado para escribir este panfleto. Por ejemplo, la Carta abierta sobre la represión política en Cataluña, promovida por profesores catalanes afincados en EE UU y por estadounidenses persuadidos por ellos, entre los que está el venerable Noam Chomsky, que sabe de Cataluña sólo un poco menos que yo de gramática generativa. El ampuloso infundio ha tenido su prolongación en una carta abierta a la firma en Change.org, encabezada por más académicos catalanes seguidos de Peter Singer —toda una recomendación— y otros miembros del resto de las universidades españolas. Si no fuera porque hay una mayoría de profesores españoles de derecho constitucional y de otras materias que han firmado escritos de muy distinto tenor, sería el caso de repetir el aforismo de Lichtenberg que complementa al de Oscar Wilde: “Debiera haber universidades para restaurar la antigua ignorancia”. Lo que más me duele es que la mayoría de estos firmantes dicen ser filósofos o, al menos, profesores de filosofía. ¿Cómo vamos a reivindicar un puesto más destacado en el currículo del bachillerato para la filosofía, apoyándonos en el argumento de que refuerza el pensamiento crítico, cuando existen tantos evidentes contraejemplos? Y, además, bastantes son amigos míos, de modo que su única disculpa es que les haya pasado como a mí otras veces: que hayan firmado por complacer a alguien sin leer el texto. Pero no me hago demasiadas ilusiones; los años de lucha en el País Vasco ya me han acostumbrado a estas decepciones. Cuando era muy joven me consideraba de un pesimismo atroz porque tenía a casi todos los seres humanos en la más baja estima y sólo la cohorte dorada de mis amigos me parecía digna de aprecio; después, la experiencia de la vida me demostró que aún seguía siendo demasiado optimista…

Extracto de ‘Contra el separatismo’, que Ariel publica el 14 de noviembre.

Autor: Fernando Savater
Fuente: https://elpais.com/cultura/2017/11/13/actualidad/1510576109_231556.html

16 Nov 17

El proyecto de ley hipotecaria: motivos, pros y contras

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El consejo de ministros aprobó el pasado 3 de noviembre el Proyecto de Ley de Crédito Inmobiliario. En terminología popular, la nueva ley hipotecaria. Muy probablemente entrará en vigor en el segundo trimestre de 2018, pues por término medio un proyecto de ley tarda cinco meses desde que el consejo de ministros lo envía al Parlamento hasta que se publica en el BOE y se convierte en ley.

Su redacción actual no será la definitiva, pues las enmiendas de los distintos grupos políticos en ambas cámaras provocarán cambios. No obstante, previsiblemente la magnitud de las variaciones será escasa, pues el actual proyecto genera un gran consenso entre los grupos de centro-derecha del Congreso, quiénes tienen en la actualidad la mayoría parlamentaria.

Por tanto, si no hay una gran sorpresa, la futura ley no contemplará aspectos tan esenciales como la regulación de la dación en pago, el reparto de los gastos entre deudor y acreedor derivados de la formalización de una hipoteca o la creación de estrictos límites hipotecarios que impidan el sobreendeudamiento de las familias. Como suele suceder casi siempre que una legislación afecta a la banca, la nueva ley previsiblemente volverá a ser una oportunidad perdida.

No obstante, supondrá una mejora significativa para los consumidores, pues les concede un mayor número de derechos de los que tenían hasta el momento. Aparentemente, éstos no provienen de un repentino deseo irrefrenable del Gobierno por beneficiarles, sino de una obligación y una necesidad a las que no les queda más remedio que hacerlas frente.

La primera es la transposición al ordenamiento jurídico español de una directiva europea (2014/17/UE). En ella, quedan fijadas las normas hipotecarias mínimas que debe cumplir la legislación de los países que integran la Unión Europea. Una adecuación que lleva ya 18 meses de retraso, pues debía de haberse incorporado a aquél antes del 21 de marzo de 2016. La segunda surge del colapso de los juzgados mercantiles y de primera instancia derivados del alud de demandas a la banca por prácticas abusivas en los contratos de préstamos hipotecarios y personales. En los últimos años, los juzgados y tribunales españoles han considerado como tales más de 80 de sus claúsulas.

Las ventajas que ofrecerá a los consumidores provienen de dos diferentes fuentes. Por un lado, de la transcripción de la normativa europea. Por el otro, de las generadas por el Ministerio de Economía.

Entre las primeras, destacan la limitación de las comisiones por cancelación anticipada, una mayor facilidad para convertir préstamos en divisas extranjeras a moneda nacional, la prohibición de realizar ventas vinculadas y la eliminación de los incentivos que la plantilla de las entidades tenía por captar un elevado número de hipotecas. De las cuatro señaladas, las dos iniciales supondrán una mejora de la situación de los consumidores; en cambio, las dos finales constituirán papel mojado.

Entre las segundas, cabe destacar la limitación del tipo de interés de demora, las mayores facilidades para convertir a tipo de interés fijo un préstamo contratado a uno variable y el retardo en la declaración por parte del banco del vencimiento anticipado de la hipoteca. Este último no es más que el paso inicial de la ejecución de sus garantías por impago.

La transposición de la directiva europea obliga a eliminar la comisión de cancelación parcial o total de un préstamo hipotecario a partir de su sexto año. Indudablemente, si el Gobierno hubiera tenido un gran interés por favorecer a los consumidores, no habría reducido dicha comisión, sino que la habría eliminado en cualquier plazo. Así es lo que lo hacen las entidades que ofrecen las mejores hipotecas del mercado.

En los nuevos contratos a tipo variable, la comisión máxima será del 0,5% del importe amortizado durante los tres primeros años de vida de la hipoteca y se reducirá al 0,25% durante los dos siguientes. En los realizados a tipo fijo, ascenderá al 4% durante las 10 primeras anualidades y bajará al 3% en las siguientes. En estos últimos, desaparece la compensación por tipo de interés, aplicada cuando el vigente en el mercado es inferior al que consumidor contrató en su préstamo.

En las hipotecas en moneda extranjera, en numerosas ocasiones un deudor no podía convertir una deuda en dicha divisa a otra equivalente en moneda nacional. No lo reflejaba su contrato y la entidad podía negarse a aceptar su petición. En un próximo futuro, podrá conseguir dicho cambio, si se lo pide al banco, incluso si el contrato no permite tal posibilidad. A pesar de que dicha nueva opción constituye una mejora para el consumidor, ésta no es de carácter sustancial. El motivo es que la conversión puede tener un coste tan elevado que obligue al cliente a descartar dicha alternativa. Una situación que ya se da en algunos de los contratos vigentes y que el nuevo proyecto de ley no impedirá que se vuelva a observar.

La gran especialidad de la banca española es la venta cruzada, consistente en asociar a un producto bancario varios más, y el gran anzuelo para realizarla lo constituye la hipoteca. Por tanto, la asociación a ésta de forma obligatoria de uno o más productos (por ejemplo, el seguro de vida del contratante con la compañía del banco) será sustituido por una vinculación de carácter voluntario (si no lo contratas con nosotros, te subimos el importe del tipo fijo un 0,25%), sin obtener ninguna mejora verdadera los consumidores por dicho aspecto.

La eliminación de los incentivos a la plantilla por captar hipotecas supone restringir parcialmente la capacidad de los bancos de remunerar a aquella por los objetivos conseguidos. Una legislación que no satisfará ni a los trabajadores ni a las empresas, pero que no generará ningún problema pues pactarán un subterfugio legal que permita continuar llevándola a cabo.

El interés de demora en los préstamos impagados quedará limitado a un máximo del 9%. Un tipo inferior al que aplican en la actualidad un gran número de bancos, pero excesivamente elevado en comparación con otros países europeos. Indudablemente, continuará suponiendo una dificultad añadida para que el deudor se ponga al corriente de sus obligaciones contractuales. Desde mi perspectiva, un tipo de interés adecuado sería el de referencia del BCE más un 3%.

Una de las ventajas más importantes será la mayor facilidad que tendrán los consumidores para pasar sus hipotecas de tipo variable a fijo. En la actualidad, la subrogación, que implica un cambio de entidad, es muy cara y desincentiva a muchas familias a realizar el cambio. El nuevo proyecto limitará la compensación al banco con quien contrataste la hipoteca al 0,25% del capital pendiente de amortizar. Además, bonificará los gastos de notaría y registro en un 90%.

Una mejora a medias es el retraso en la ejecución hipotecaria de un préstamo por su impago. En otras palabras, el embargo de la propiedad. No la es de carácter sustancial, porque no establece la intervención obligatoria de un mediador que permita que se llegue a un acuerdo entre las partes e impida que el impago acabe tramitándose en un juzgado.

Hasta el momento, los trámites podían iniciarse cuando el deudor acumulaba tres cuotas vencidas. En la nueva ley, el tiempo depende de si el número de años de vigencia de la hipoteca está por debajo o por encima de la mitad de la vida inicialmente prevista. En el primer caso, la declaración de vencimiento anticipado se producirá únicamente si hay más de 9 cuotas impagadas y la suma de éstas suponen más del 2% del capital concedido. En el segundo, si el anterior número supera las 12 y el importe impagado excede al 4% de dicho capital.

En definitiva, como casi siempre, un proyecto de ley que satisface a los bancos y decepciona a las asociaciones de consumidores, a pesar de que mejora significativamente sus derechos en la contratación y durante el período de vida de la hipoteca. Al no regular la dación en pago ni el reparto de los gastos asociados a la tramitación de una hipoteca ni limitar por ley el sobreendeudamiento, la nueva ley reducirá la judicialización de los contratos de préstamo hipotecario, pero mucho menos de lo que sería de desear. Por tanto, una nueva oportunidad perdida. Y ya van muchas.

Autor: Gonzalo Bernardos
Fuente: https://cronicaglobal.elespanol.com/pensamiento/ley-hipotecaria-pros-contras_99659_102_amp.html

15 Nov 17

Stanley G. Payne: «El independentismo es como una rebelión de los ricos contra los pobres»

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El historiador asegura que España necesita quien la defienda ante los ataques que está recibiendo

Stanley G. Payne (Denton, Texas, 1934), profesor emérito de Historia en la Universidad de Wisconsin-Madison, es un hispanista reconocido. Especializado en la II República y la Guerra Civil, el franquismo y la historia del fascismo, autor de una polémica biografía de Franco, acaba de publicar En defensa de España. Desmontando mitos y leyendas negras, ensayo con el que ha ganado el Premio Espasa. «El independentismo es un proyecto de las élites políticas que han creado el mito de las bondades de una Cataluña independiente, es como una rebelión de los ricos contra los pobres», señala el historiador.

-¿ España necesita que se la defienda en estos momentos de ataques en el extranjero?

-Creo que sí, sobre todo por los comentarios que se están haciendo en otros países, que ignoran la situación de España, los hechos o las actuaciones judiciales. Es importante explicar la verdad de lo que ha pasado en España en los últimos cuarenta años, desde la Transición.

-¿El independentismo catalán es un fenómeno que hace a España diferente del resto de Europa?

-El proceso independentista tiene mucho que ver con las rebeliones contra la globalización y los nuevos nacionalismos que hay en Europa, como en Escocia, el norte de Italia, o Bélgica, que son casi dos países diferentes. Es algo que sucede en varios países de Europa, por eso la UE tiene una posición tan firme y negativa frente a los independentistas. En lo que España es diferente es en que se ha hecho un referendo de autodeterminación ilegal. En resumen, es algo que existe en otros países pero su expresión en España es extrema. Llevo diciendo muchos años que los únicos españoles del siglo XXI que siguen siendo españoles a la antigua usanza son los fascistas y los independentistas. Tienen todos los defectos que se han imputado a los españoles en otras épocas. Fanáticos, en el caso vasco dispuestos a la violencia. En el caso catalán, se trata de un fanatismo político excluyente, que ha sido un defecto específico de la vida política española durante la primera mitad del siglo XX y que fue superado en la Transición.

-Cataluña goza de un gran autogobierno, pero los independentistas no se conforman. ¿Por qué?

-La Constitución del 78, que es la mejor que ha tenido España en toda su historia, tuvo un gran defecto, no estipular bien los límites de la autonomía. Por eso los nacionalistas han querido cada vez más y más concesiones. Lo único que les quedaba por pedir era la misma independencia. El apetito viene con el comer.

-¿Se está reeditando la leyenda negra contra España?

-Un poco, pero no hay que exagerar. En la primera fase, con el simulacro de referendo que hicieron los secesionistas y la actuación de la policía y la Guardia Civil, que tuvieron que intervenir porque los Mossos no hacían nada, ganaron la batalla de la imagen, pero eso está variando. Ahora, con un mayor estudio y conocimiento de la situación, la actitud de los demás países son más favorables a España.

-Carles Puigdemont acusa a España de ser un Estado fascista. ¿Qué opina usted como experto en la historia del fascismo?

-Fascista es el término peyorativo predilecto actualmente. Cuanto más se utiliza esa palabra menos sentido tiene. Fue algo inventado por los comunistas y ha llegado a ser parte del lenguaje retórico sin el menor significado. Lo que quiere decir el señor Puigdemont es que está en contra del Gobierno, pero esa denuncia no dice nada. España es un Estado de derecho, constitucional y democrático, homologable a los del resto de Europa. La comparación con el franquismo so es un lenguaje típico de las izquierdas españolas porque creen que les es rentable políticamente y que aplican a cualquiera que sea antiizquierdista. Ahora lo usan los independentistas.

-¿La cuestión catalana tiene solución?

-Se puede arreglar algo, mejorar, pero solución no hay. Como decía Ortega hace casi un siglo, cuando se aprobó el estatuto de autonomía catalán en 1932, el problema catalán es algo que España tiene que conllevar y sigue siendo así.

-¿Es necesaria una reforma de la Constitución?

-Sería deseable, pero tendría que ser para poner límites a los poderes autonómicos, y eso los catalanes no lo aceptarían.

«Rechazar la bandera española es sectarismo político»

El hispanista asegura que criticar la bandera española es una manifestación del sectarismo político.

-¿Qué le parece la posición de Podemos de cierta condescendencia con el secesionismo?

-Es cierto que han jugado con esto para tratar de sacar provecho, pero va a ser totalmente negativo. Los dirigentes de Podemos ven que esto se les puede escapar de las manos si van demasiado lejos. La destrucción de la estructura política actual de España es realmente el objetivo de Podemos, pero dar demasiado énfasis al independentismo catalán puede volver en su contra a gente de izquierdas. Es un asunto complicado para Podemos.

-¿Las críticas al régimen del 78 a qué se deben?

-La propaganda política siempre trata de explotar el lenguaje, en el contexto español régimen se refiere al de Franco. La tendencia a denunciar al sistema surgió a comienzos del siglo XXI, tras una etapa bastante larga en la que España había gozado de las libertades y la democracia, para asemejarla a otras experiencias mucho más negativas de la historia de España. Es un táctica política.

-¿A qué atribuye que en España haya rechazo a la bandera?

-Era la bandera de España antes del franquismo, fue la República la que introdujo otra. Es una cuestión de sectarismo político.

-Afirma que España es el único país europeo en el que una parte importante de sus escritores, políticos y activistas niegan la existencia misma del país, negando la existencia de la nación española.

-Es otra expresión del extremismo español, que se puso de moda en los últimos años del siglo XX, por parte sobre todo de escritores e intelectuales. No hay otro país europeo, salvo Bélgica, donde se hable de estos temas. Pero no quiere decir que sea una posición hegemónica.

-¿Tenemos los españoles poca autoestima?

-Esto ha sido así en diferentes ocasiones, pero cambió con el éxito de la Transición, aunque quedan residuos aún y parece que está volviendo.

«Nación y Estado independiente son dos cosas totalmente diferentes»

Payne destaca que el hecho de que un gran número de catalanes consideren que Cataluña es una nación no quiere decir que tenga derecho a ser un Estado independiente.

-Usted ha denunciado la falsificación de la historia que hace el secesionismo catalán.

-El independentismo lo ha torcido todo, a partir de la historia que se enseña en las escuelas y de insistir en la idea de la opresión que habría sufrido Cataluña. Han tergiversado la historia con fines políticos. Cataluña nunca ha sido un Estado independiente, fue un principado autónomo pero formaba parte de la Corona de Aragón. En otras épocas, Cataluña estaba a gusto con su situación en España, con sus prosperidad. Los catalanes siempre se habían considerado españoles. La historia real es muy diferente de la que cuentan los independentistas.

-¿Cuándo surge el independentismo?

-En los años 20 del siglo pasado con la emergencia de Esquerra. El primer catalanismo político fue la Lliga Regionalista de Cambó, que llegó a ser el partido hegemónico de Cataluña, pero no buscaba la independencia, sino ponerse a la cabeza de la modernización de España. El independentismo tuvo un papel muy importante en la Segunda República. En 1934, lo que Companys proclamó no fue la independencia en sí, sino lo que podríamos llamar el federalismo radical, que fracasó enseguida, y luego en la Guerra Civil se suspendieron de hecho las libertades autonómicas. El independentismo actual es más radical y se basa en el pensamiento único y la negación de la historia, presentando a Cataluña como una víctima, cuando ni lo ha sido ni lo es.

-¿Hay elementos para decir que Cataluña es una nación?

-Todo esto de la nación es algo subjetivo. Hay una escuela de pensamiento que dice que se basa en el idioma. Cuando dentro de una región hay más gente que se considera a sí mismo parte de una nación, esta existe porque es un estado psicológico y emocional sobre todo. En Cataluña hay una minoría bastante grande que cree que es parte de una nación. Pero nación y Estado independiente son dos cosas totalmente diferentes. Lo que consigue Cataluña como parte de España es mucho más que si fuera un Estado independiente.

Autor: Enrique Clemente
Fuente: https://www.lavozdegalicia.es/amp/noticia/espana/2017/11/10/independentismo-rebelion-ricos-contra-pobres/0003_201711G10P6991.htm

14 Nov 17

La tiranía lingüística y sus cómplices

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Décadas de monopolio educativo y mediático en Cataluña han demostrado hasta qué punto es eficaz la mentira en el proceso de construir una mentalidad que sirva a ciertos intereses económicos y judiciales, alimentando los delirios más reaccionarios, justificados por un fundamentalismo democrático que tolera o fomenta la tiranía a fuerza de llenarse la boca de democracia. El discurso victimista de un nacionalismo perseguido durante el franquismo ha sido, en buena medida, fuente de legitimación del robo económico y político, al que la mayoría de los responsables parlamentarios y mediáticos ha hecho el juego, y de la propagación de un odio tribal que el optimismo de ese democratismo vacuo y puramente retórico, que parece valer para justificar cualquier cosa, creía superado en la Europa sin fronteras. La realidad es que la palabra democracia ha quedado para disfrazar el expolio, la corrupción y el fanatismo, y bajo su aureola se ha perpetrado, desde antes incluso del año 78, la victoria de la sentimentalización e infantilización de la política y de la enseñanza y, con ello, de despotismos feudales.

La ley educativa del 70 impulsó en la enseñanza un relativismo permeable a la corrección política y, de ese modo, abrió las vías de continuidad para los herederos del franquismo: el neofalangismo bolivariano y los nacionalismos lingüísticos. De un cierre dogmático, muy atenuado ya a esas alturas en las escuelas, se pasó a una apertura ideológica que, en lugar de posibilitar las diferencias de pensamiento sobre la base de una instrucción de calidad y estrictamente académica, hundió a los alumnos de la escuela pública en un vacío en el que cualquier simpleza podía ser legitimada. En ese lodazal en el que todo vale acaban por triunfar los disparates más peligrosos y se desvanece la lógica. Si los fundamentos objetivos del pensamiento racional quedan mudos bajo el imperio de los afectos, las falsedades más espectaculares calan y la postverdad campa a sus anchas. El monopolio del populismo pedagógico, uno de cuyos pilares es la sentimentalización de la enseñanza, como el nacionalismo lo es de la política, llegó como consecuencia necesaria de esas inercias de un país que se empezaba a equiparar a las democracias europeas. En su variante nacionalista, peculiaridad española que se gestó al calor de la Transición, se abrió paso por medio de una ingeniería social educativa y mediática con la cual producir fieles al servicio de la impunidad fiscal y judicial de la casta regional. La mentira de la persecución lingüística funcionó. Y, sin embargo, dos muestras anteriores a 1975:

“La expresión literatura española del cuestionario que antecede debe entenderse siempre que se refiere a las obras escritas en las lenguas castellana, catalana, gallega o vasca” (Cuestionario del Curso Preuniversitario, 8 de agosto de 1963).

“Las áreas de actividad educativa en este nivel comprenderán: el dominio del lenguaje mediante el estudio de la lengua nacional, el aprendizaje de una lengua extranjera y el cultivo, en su caso, de la lengua nativa” (Ley General de Educación, de 4 de agosto de 1970, art. 17.1).

La pedagogía de la LOGSE (1990), ya prefigurada por la ley del 70, dio cauce administrativo a un paulatino vaciado académico e intelectual de la enseñanza en aras de los egos, los afectos y las emociones. En ese caldo de cultivo propicio, el adoctrinamiento nacionalista se sirvió de la lengua propia como alimento del repudio de la lengua común, a lo que se sumó la manipulación de la Historia. La élite nacionalista no encontró obstáculo para producir creyentes, siervos de los caprichos de la alta burguesía catalana que, mientras imponía la ‘democrática’ condena de hacer estudiar sólo en catalán a las clases más bajas, enviaba a sus retoños a los liceos franceses o a los colegios alemanes.

La Ley de Normalización Lingüística de 1983, que oficialmente no permitía la llamada inmersión, estaba vigente cuando se gestó la LOGSE. La colaboración necesaria para sacarla adelante con el apoyo del nacionalismo catalán hizo que se diera sepultura a la legislación del 83, en muchos casos incumplida, y se ofreciera soporte jurídico a una política educativa de exclusión de la lengua común ya en marcha. En 1990, El Periódico de Cataluña publica un programa de las Consejerías de la Generalidad y de CIU para “aumentar la conciencia nacional” donde se habla de “catalanización de los programas de enseñanza”. El proceso se completó el 30 de diciembre de 1997 con la Ley de Política Lingüística, aprobada por el Parlamento catalán con el 80% de los votos. Una circular del Departamento de Educación de la Generalidad plasmaba, en 2004, esa confluencia entre la laxitud y la descentralización de la escuela “democrática” -que borraba las fronteras entre instrucción y educación- y el adoctrinamiento de impronta totalitaria: “No basta con que toda la enseñanza se haga en catalán: debemos recuperar el patio, el pasillo, el entorno”. Como se ve, el golpe de Estado se fue dando de facto tiempo atrás, acometido en distintas fases a la vista de todos.

El discurso nacionalista es falaz. Desplaza la igualdad ante la ley del plano de los individuos al de las lenguas, con lo que se impone una segregación material de individuos por la compensación de la desigualdad de las lenguas. El mantra del bilingüismo supone una falacia similar, ya que se confía en una igualdad entre dos lenguas que no pueden ser iguales, y que no sufren por ello, más que en los delirios metafísicos de los nacionalismos atascados en fases infantiles del pensamiento mágico. Por eso, incluso la reivindicación del bilingüismo es ya una derrota por admitir la igualdad de las lenguas ocultando la discriminación real de los individuos. La batalla se juega en la defensa de la superioridad técnica y social del español y en la necesidad didáctica de la enseñanza en lengua materna. La restricción a una lengua minoritaria en perjuicio de una lengua global implica limitar la formación de los futuros ciudadanos, que no podrán ser libres e iguales y, por tanto, condenarles a la indigencia intelectual o a la endogamia de la tribu a cargo de la escuela pública, financiada por todos los contribuyentes y que arrastra consigo la fobia a lo español y, por extensión, a los mismos que la pagan. En España, lo particular, legitimado sentimentalmente, invade la escuela pública. Lo común queda reservado para la escuela privada. Si los que disponen de recursos deciden que sus hijos se idioticen en un idioma que sólo podrán compartir con unos miles de semejantes es responsabilidad suya y son ellos los que tienen que pagar el capricho de pequeñoburgués de provincias aburrido. Pero que sean los hijos de las familias que no pueden acceder a la enseñanza privada los que se vean privados de una instrucción en español (pública o común) es una catástrofe generacional.

Como una hemorragia de la llamada nueva pedagogía el nacionalismo se alimenta de esa demagógica sentimentalización de la enseñanza. El ser hace acopio de una densidad ontológica suministrada por los sentimientos, ante los cuales ningún demócrata parece atreverse a rechistar. Sentirse es ya ser. La lengua dota de identidad. El terruño otorga sentido, pertenencia. Es la continuación de la tiranía de las pasiones por otros medios, que aboca a la ignorancia y a la mediocridad a las capas más desfavorecidas, cuyos miembros no pueden acceder más que a una enseñanza pública vaciada por las innovaciones pedagógicas y viciada por los mitos nacionalistas. Esos hijos de la inmigración interior y exterior y de las periferias que fueron entregados a la precarización intelectual porque se les vetó la enseñanza culta en español, idioma que sólo hablaban en contextos vulgares y dialectizados, no pueden ser competencia para los vástagos privilegiados de la burguesía nacionalista catalana. Y quedarán relegados a la categoría de lumpen charnego. La complicidad en ese delito también debería pagarse.

Autor: José Sánchez Tortosa
Fuente: http://www.elmundo.es/opinion/2017/10/17/59e4eaed268e3e23558b45f7.html

13 Nov 17

Lengua y formación del espíritu nacional

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En 1976, Jordi Pujol expresaba en su libro ‘La inmigración, problema y esperanza de Cataluña’ la opinión que le merecían los trabajadores andaluces de Cataluña y, probablemente, por extensión, todos los procedentes de otras regiones de España: “Si por la fuerza del número llegase a dominar sin haber superado su propia perplejidad, destruiría Cataluña”. Consciente de que la batalla demográfica estaba perdida, el exhonorable decidió vencer al enemigo convirtiéndolo en aliado del nacionalismo. Así fue como decidió diseñar en 1990 el Programa 2000, una estrategia para introducir el nacionalismo en todos los ámbitos sociales: asociaciones profesionales, de excursionismo, culturales, deportivas…; instituciones, medios de comunicación… y, por supuesto, en la enseñanza.

Efectivamente, la enseñanza y, por ende, los jóvenes son siempre el objeto de deseo de los regímenes nacionalistas. La inocencia, el idealismo y el vigor de la juventud representan para estos el instrumento indispensable para el logro de sus metas y la educación en el medio fundamental para forjar a los futuros soldados encargados de la construcción nacional.

Dos fueron los mecanismos fundamentales para la transmisión de la ideología nacionalista a los jóvenes: el adoctrinamiento y la inmersión lingüística. Durante estas últimas semanas, la opinión pública se ha alarmado ante la escandalosa visión de menores, incluso niños muy pequeños, portando banderas separatistas, pegando en las paredes propaganda del referéndum, asistiendo a manifestaciones, acosando a la guardia civil y gritando ese terrible eslogan hispanófobo que dice “Bote, bote, español el que no bote”. Todo eso no es más que el resultado de una labor adoctrinadora en muchas aulas catalanas centrada en presentar a los españoles como diferentes e, incluso, enemigos de los catalanes, y a Cataluña como una nación superior y, sin embargo, víctima de la maldad de España. No hace falta más que revisar los libros escolares catalanes, muestras de material pedagógico o vídeos de actividades lúdicas y obras teatrales para comprobar como la escuela nacionalista reescribe la historia para crear la ficción de una nación catalana otrora libre y próspera y, desde 1714, injustamente sometida al expolio y a la dominación española. Recientemente, Sociedad Civil Catalana presentó un detallado informe en el Congreso de los Diputados en que aparecen debidamente documentadas múltiples evidencias de adoctrinamiento en la educación catalana. Aún permanecemos a la espera de que el Ministerio de Educación tome medidas para corregir esos abusos.

Sin embargo, y aunque tienda a hablarse menos de la política lingüística de la Generalidad y de su trascendencia en la deriva separatista de los jóvenes catalanes; la inmersión lingüística es, en mi opinión, la condición sine qua non para el adoctrinamiento, la piedra angular de la construcción nacional.

Dijo uno de los líderes del nacionalismo, el socialista Josep Benet, que la inmersión lingüística que padecían los niños catalanes en la España franquista era “un crimen que resulta peor por inhumano: se tortura a nuestros niños durante los primeros años de escuela aprendiendo en una lengua que no es la materna” (Combate por la autonomía, 1976). Algunos nos lo creímos y luchamos contra esa injusticia, pero no he conseguido jamás que ningún defensor de la inmersión lingüística me explique por qué privar a los niños castellanohablantes catalanes de la educación en su lengua materna no es también un crimen. O mentía Josep Benet y la política lingüística de Franco no era criminal o mienten los pedagogos del régimen nacionalista al olvidar las recomendaciones de la UNESCO sobre los beneficios pedagógicos que comporta el uso de la lengua materna en la educación.

Ahora ya no se habla de lengua materna. Para evitar la contradicción flagrante con las directrices de la UNESCO y con la reivindicación del uso de la lengua materna catalana en la España franquista, uno de los servidores del régimen, Joaquim Arenas i Sampera, se inventó el asombroso concepto de lengua materna de la tierra: a los niños castellanohablantes no se les vulnera su derecho a la educación en lengua materna por la sencilla razón de que su lengua materna no es la de sus padres, sino la de la tierra, es decir, el catalán, algo casi como decir que los hijos no pertenecen a sus padres, sino a la nación.

Basta fijarse en el carácter dogmático que los nacionalistas le confieren a la inmersión lingüística y su intransigencia ante cualquier reclamación de enseñanza en español, incluso desafiando y desobedeciendo las sentencias de los tribunales, para entender el papel que juega la lengua en la construcción nacional y, por tanto, en la educación.

La tradición de la Flama del Canigó, la antorcha ardiente portada por jóvenes a través de los llamados países catalanes hasta llegar en la noche de San Juan al monte Canigó, explica muy bien lo que pretendo decir: la lengua es el alma, la esencia de la nación, representada por una llama de fuego como también el espíritu santo lo está en la tradición cristiana.

Infundir la lengua es infundir el espíritu de la nación. El niño que se educa en catalán comprende que el catalán es la lengua de la nación y que esta nación es diferente de la española. Una vez aceptada esta realidad primera y fundamental, es posible introducir con mayor facilidad en la mente del niño la mitología nacional. Por decirlo de alguna manera, la lengua crea, delimita un continente; el adoctrinamiento lo llena de contenido. Adoctrinar sin inmersión sería como pretender recoger agua sin disponer de un recipiente. Pero no solo eso, la inmersión lingüística persigue además la sustitución lingüística de la lengua materna de los niños castellanohablantes por la lengua catalana. Aquel que aprende en catalán enseñará idealmente a sus hijos a hablar en catalán asegurando futuros hablantes que preservarán la pervivencia de la nación.

Así se explica algunos de los eslóganes preferidos del nacionalismo: “Ni un paso atrás” y “Por un país de todos, la escuela en catalán”. Así se entiende también el acoso despiadado a los padres y a los niños que solicitan, suplican casi, unas pocas horas de clase en español; la intransigencia, incluso, con los niños que, debido a determinadas minusvalías, sufren un gran perjuicio al negárseles educación en lengua materna. El nacionalismo es insensible a los derechos individuales, solo importan los superiores derechos de la supuesta nación, a los cuales deben ser sacrificados indefectiblemente los intereses particulares.

Por todo ello, los políticos que menosprecian la incidencia de la inmersión lingüística en el auge del separatismo realizan a mi juicio un análisis erróneo de la realidad catalana. La exclusión del español en la enseñanza permite al nacionalismo romper el vínculo con España e infundir en los niños el espíritu de la nación catalana como algo diferenciado y excluyente. Los nacionalistas saben muy bien la importancia que la lengua tiene para afianzar las señas de identidad. Persistir en el error y renunciar al uso vehicular del español en la educación no es solo una cruel injusticia que conculca los derechos de los niños catalanes castellanohablantes, conduce además inexorablemente a la pérdida de la identidad española.

Autor: Dolores Agenjo
Fuente: https://www.elcatalan.es/lengua-formacion-des-espiritu-nacional/

8 Nov 17

La izquierda revisa su vieja relación con el nacionalismo

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Dirigentes y referentes progresistas hacen autocrítica y apuestan por combatir al independentismo y construir un nuevo patriotismo español

“La complicidad de la izquierda con los nacionalismos es un complejo miserable de Edipo. Arrastrar eso del derecho de autodeterminación, que no tiene nada que ver con la realidad en el caso de España… Plantear ahora, en un momento que es necesario más que nunca unir a las gentes, a los pueblos, que hay que continuar fragmentando a trabajadores y clases populares, es un suicidio político colectivo”. El ex secretario general del PCE Francisco Frutos se reafirma en sus críticas una semana después de haber protagonizado un enérgico discurso contra el independentismo catalán en la manifestación por la unidad de España del domingo 29 en Barcelona. Frutos reprendió a la “izquierda cómplice que le baila el agua a los nacionalistas”. Y puso el dedo en la llaga.

Tanto es así que su propio partido (integrado en IU y, a su vez, en la coalición Unidos Podemos) le reprochó que asistiera a la manifestación y advirtió de que no representaba la posición oficial. Pero la llamada de atención del exdirigente comunista —que también ha expresado con contundencia Josep Borrell— no es aislada: tras el fracaso político de la crisis secesionista catalana, una parte del progresismo reflexiona que urge combatir con más fuerza desde la izquierda al nacionalismo tras décadas de connivencia. El trasfondo es claro: izquierda y nacionalismo son incompatibles porque la izquierda es en esencia internacionalista y solidaria. Y hay que decirlo sin complejos.

“La izquierda tiene que recordar cuál fue la posición de Fernando de los Ríos, de [Juan] Negrín… Defender la igualdad, el principio de ciudadanía entre todos, rechazar lo que ya es un inicio de xenofobia. ¿Qué es eso de que tienen un Rh distinto de los catalanes? Sacar a las masas contra las instituciones, contra la democracia representativa, rechazar el funcionamiento de las minorías en el Parlament, de los tribunales de justicia catalanes… Suena muy parecido a lo que sucedió en 1922 en la marcha sobre Roma de Mussolini”, alerta José María Maravall, exministro de Felipe González.

Fascinaba Cataluña en su generación, recuerda Maravall, y un madrileño como él se puso a estudiar catalán. El exministro reconoce que los progresistas españoles con responsabilidades en la democracia, entre los que se encuentra, fueron poco combativos con los nacionalismos. Como titular de la cartera de Educación y Ciencia del primer Gobierno socialista tiene presente su complicidad con la antigua CiU. “Apoyaron todas las leyes que presenté. Al irme del Parlamento, recuerdo que le dije a Miquel Roca: de toda mi experiencia parlamentaria, lo más gratificante es que siempre hemos votado juntos”, rememora. “Entonces parecía que el nacionalismo catalán podía haber cambiado respecto a esa pesadilla que fue en los años traumáticos de la República. Pero hay un mar de fondo que tiende a resurgir de cuando en cuando”, lamenta.

La complicidad entre la izquierda y los nacionalismos se explica también por la lucha conjunta contra el franquismo, cree otro exministro socialista, Ramón Jáuregui, buen conocedor del nacionalismo vasco con el que ha convivido muchos años por su experiencia de Gobierno en Euskadi. “A finales de los setenta cuando no decidimos excluir la autodeterminación de nuestra agenda reivindicativa. Esto ya implica una asunción intelectual de algunos de los postulados nacionalistas, en mi opinión, equivocadamente, fruto de esta complicidad antifranquista”, explica el exvicepresidente del Ejecutivo vasco y eurodiputado del PSOE. Tanto el PNV como la antigua CiU (hoy PDeCAT) han sido, además, los partidos bisagra para Gobiernos de minorías en toda la democracia, lo que les ha concedido un estatus especial en la política española. “El combate ideológico de la izquierda y el nacionalismo no está suficientemente armado y nosotros tenemos que defender el Estado”, incide Jáuregui.

“No ha sido condescendencia, es incapacidad”, opina en cambio Rocío Martínez-Sampere, exdiputada del PSC y directora de la Fundación Felipe González, para quien la izquierda tiene que aceptar que tras la crisis de 2008 “tiene un problema de credibilidad en su relato y en su proyecto que la debilita para combatir los dos vectores que emergen con fuerza en este siglo XXI: la identidad y el poder”, señala la exdiputada en lo que, subraya, es su análisis personal. “Esto explica el repliegue en nombre de la soberanía que estamos viendo en muchas partes del mundo”, analiza.

El fenómeno tiene un reverso. El problema de los partidos progresistas para defender una idea fuerte de España. Cuesta hasta llamarla por su nombre, España, y hay reticencias para reconocerse en los símbolos nacionales: la bandera, el himno…”Han entregado el concepto de España a la derecha. Toda esta izquierda de Cataluña y de parte de España no cita la palabra España, hablan del Estado español”, se queja Frutos, especialmente crítico con Podemos y el partido de Ada Colau, a quienes califica de “servicio auxiliar del independentismo”.

En las direcciones del PSOE y de Podemos se van abriendo paso estas reflexiones. El secretario general del PSOE, Pedro Sánchez, hizo referencia a ello durante su discurso este domingo en Zaragoza. Sánchez recordó que el franquismo quiso “arrebatar a la izquierda el mero derecho a invocar el nombre de España”, y cargó contra la otra izquierda “que se creyó ese relato y que todavía traga saliva cuando tiene que invocar ese nombre”. “No es nuestro caso. A esta izquierda, la nuestra, la izquierda de gobierno, jamás le arrebatarán ese derecho”, defendió Sánchez, quien ha comenzado a desarrollar un discurso más españolista, mientras deja en un segundo plano su apuesta por la plurinacionalidad de España.

“La clave de la cuestión no son otras identidades nacionales, que son perfectamente legítimas, sino la debilidad cultural del proyecto nacional español”, analiza Íñigo Errejón, secretario de Análisis Estratégico de Podemos. El conflicto catalán, cree Errejón, es también una oportunidad para revertir este déficit histórico. “La crisis del modelo territorial nos pone frente a la tarea histórica de construir una idea nacional progresista, capaz de actualizar el pacto de convivencia con otros pueblos”, plantea.

En este contexto resurge la necesidad de escribir un relato de España desde el progresismo. Un patriotismo español que se oponga a la monopolización de la patria por la derecha y el independentismo. Errejón propone lo que describe como “un patriotismo cívico, que no se construye por esencias o referencias a un pasado mítico, sino por una voluntad ciudadana de vivir en un país más justo, una comunidad que se afirma en la solidaridad y los cuidados, en la igualdad de oportunidades, en los derechos y responsabilidades compartidas”.

El exnúmero dos de Podemos alza también la voz contra la visión catastrofista de España que defienden los independentistas catalanes. “España no es esa meseta negra e irreformable que se pinta a veces, y no porque pudiera reformarse, sino porque ya ha cambiado”, argumenta Errejón. “Es un país moderno, con unos servicios públicos envidiables pese a los recortes. Hemos sido pioneros en libertades sexuales e igualdad, hubo un 15-M que lo cambió todo y que se replicó por todo el mundo, la capital está gobernada por alguien como Manuela Carmena… Hay quienes usan España contra otros, el PP sigue con esa idea patrimonial partidista de la nación. Pero esa España es el pasado”, razona el diputado, que ha teorizado mucho sobre un nuevo proyecto patriótico para España.

Hispanofobia

“Si la izquierda no asume el concepto de España, lo que significa, por su historia desde la II República, la Guerra Civil, toda la lucha antifranquista, y lo que representa ahora, es que no ha entendido nada y es una izquierda que está condenada a desaparecer”, coincide Frutos.

¿Se puede hablar tanto como de hispanofobia en el progresismo español? La directora de la Fundación Felipe González lo rechaza. La cuestión clave, cree, es que falla el proyecto de la izquierda para España. “Cuando hay un proyecto consistente, creíble e ilusionador como lo ha habido en algunos momentos en este país, las banderas no son un problema para nadie. Es cuando falta esto, como ahora, que se pueden convertir en problemáticas”, entiende. “La lección para la izquierda debería ser clara: no se trata de reivindicar la bandera de España para que nadie se la apropie, sino de reivindicar una idea de España y tener un proyecto de país para que nadie lo rompa”.

Un nuevo patriotismo progresista defiende también el histórico dirigente comunista y vicepresidente de la Fundación Alternativas, Nicolás Sartorius: “Hay una línea progresista de España desde las Cortes de Cádiz, que pasa por la Primera República, la Segunda, y que llega hasta la Constitución del 78, nuestra propia revolución francesa”, reivindica Sartorius, que apuesta por crear “una cultura del patriotismo constitucional”. No hay en la capital, por ejemplo, ni una plaza ni un monumento importantes para el texto del 78, recuerda Sartorius (hay una escultura en el paseo de la Castellana). Y a España le urge, considera, apostar por “la patria de la libertad, la Constitución y la democracia”. Ahí está la tarea.

Autor: Elsa García de Blas

Fuente: https://politica.elpais.com/politica/2017/11/06/actualidad/1509986544_540445.amp.html

2 Nov 17

Indagación de lo indepe

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Lo indepe se propone como algo guay, un fervor con buen disseny, pero es un proyecto basado en ideologías que creíamos superadas.

Creo que era Juan Benet el que se burlaba hace años de la redundancia implícita en la expresión “política progresista”. En España, ni los políticos más conservadores se atreven a defender un programa de nostalgia o de restauración, sin seductoras promesas de futuro. La política moderna es un pacto contra la involución, una apuesta —más o menos encubierta— por el cambio o la mejora permanente.

Hace tiempo que la mayoría de los ciudadanos aspira a ser convencida por aquellos políticos que le prometan un futuro mejor, un proyecto —como suele llamarse— sugerente. Pero lo que así se define también oculta (ya lo decía Benet) los entresijos y conjuras de una realpolitik que poco tiene que ver con el progreso real y mucho con el vector contrario: el mantenimiento del poder.

Los que vivimos en Cataluña hace más de una década hemos visto con asombro la emergencia de un extraño consenso de jóvenes de clase media alrededor de un “proyecto” basado en algunos de los peores tópicos de ideologías que creíamos superadas. El precio a pagar es un presente de agit-prop e inquietud social, de utopías recalentadas, de infantilismo político, que en los últimos días ha tomado la forma de una revuelta separatista contra el status quo.

Si hace diez años la figura del progre estaba ya de capa caída y era incluso motivo de sátira (recordemos las mofas al bobó —el burgués bohemio—, a la gauche caviar o al radical chic que retrató Tom Wolfe), ahora asistimos a un revival del género en el que la ausencia de un orgullo de clase (incongruente, claro, con la declaración de la renta) no está reñida con el discurso de un psicodrama ideológico donde se mezclan el Che, ETA, Fidel Castro, Terra Lliure, el chavismo y Toni Negri. No es raro que esas reacciones contra lo establecido afloren en la adolescencia, cuando el idealismo y los abstractos deseos de “un cambio” aún no han sido tamizados por eso que Savater llama “la pedagogía de los hechos”. Pero sí es un poco extraño que, mediante una suerte de branding instantáneo, la nostalgia inventada de esta nueva generación se proponga en el mercado político como opción viable de futuro en un mundo globalizado.

Los “nuevos proyectos” de la política española se han dedicado estos meses a cortejar una ideología dificilmente definible como “de izquierdas”: el separatismo catalán. No pueden ser de izquierda (y ya lo ha dejado claro Félix Ovejero en varias contribuciones sobre el tema) argumentos que niegan la solidaridad económica y pretenden retroceder a una escala de privilegios anterior a la ciudadanía moderna. Pero lo que no se sostiene en la doctrina se compensa, en cambio, con las formas. La idea de las “calles que serán siempre nuestras”, tan cercana a degeneraciones populistas como el fascismo mussoliniano o los progroms del castrismo, se ha vuelto consigna habitual. La hemos visto, incluso, en boca de empleados de La Caixa que exhiben frívolamente su orgullo herido, aunque para ser justos, hay que decir que ellos sólo coreaban. Son otros quienes practican el desprecio por el institucionalismo democrático como caja de resonancia de un gran chantaje. Asociaciones cívicas (subvencionadas), asambleísmo (echado a un lado o fulminado cuando conviene a los intereses de los nuevos capos de partido), democracia directa (sostenida con sueldos de funcionario), organizaciones civiles (convertidas en instrumentos de una élite reaccionaria)… todas estas aberraciones verificables están hoy al servicio de un Govern, cuya fuga suicida hacia adelante representa el fin de una tradición pactista y el comienzo de la movilización contra la Constitución del 78, considerada ahora inactual y “extranjera”.

¿Por qué una parte de la sociedad catalana, próspera y estable, ha decidido emprender esta deriva? —nos preguntamos muchos. El bosque rebelde que avanza ante las murallas defensivas del Estado no debe impedirnos contar con cuidado los árboles. Detrás de esta amalgama indepe hay una lógica de chivo expiatorio y una larga tradición de hipocresía y bajas pasiones. Están los reciclajes de las viejas izquierdas, las culpas y el silencio de la burguesía, un sindicalismo de pesebre, una prensa local sobornada, una amplia variedad de inadaptados y oportunistas, la evidencia de que el catalanismo es uno de los más rápidos ascensores sociales… Y, cómo no, los racistas de toda la vida, que tienen ahora la coartada supremacista de “la patria”…

La masividad de estas movilizaciones separatistas tiene que ver, sobre todo, con la elasticidad del enemigo invocado, las múltiples cabezas de la víctima propiciatoria. Por un proceso de “realidad aumentada” traspuesta al discurso político, el rival de este frente ultra es un orden democrático al que se le sobreponen, como capas de Photoshop, los rasgos monstruosos de una dictadura imprecisa. A veces es “franquismo” (las comillas pretenden diferenciar la evidencia histórica del nuevo storytelling podemita sobre ese periodo). También puede ser aludido como capitalismo consumista o patriarcal. En ocasiones, incluso, viene caracterizado como sistema colonial monárquico o imperialista. Se ha pasado de la pretensión de “cambiar el mundo” al ejercicio de negarlo a conveniencia o sumergirlo en un pantano de fake news.

Lo indepe se propone como algo cool, guay, un fervor con buen disseny. Nada de eso es una novedad: ha pasado ya, en diferentes momentos de la historia, en otras sociedades europeas. No es la primera vez que lo retrógrado se pone el traje bien cortado de la ilusión colectiva. Pero, a diferencia de otros casos, en Cataluña esta versión del meme progre en forma de república no tiene contenido real, ninguna propuesta de futuro viable más allá de sus rabietas retóricas y su constelación de hashtags. ¿Qué país será ese que están “empezando a construir” desde el desprecio por los derechos de los catalanes no independentistas y la violación de los mecanismos representativos de una democracia avanzada? ¿Qué futuro puede haber en un proyecto que ha provocado una desbandada empresarial, un estado de angustia y desazón colectiva, una epifanía de tractores y cacerolas?

No es casual que buena parte de esta ideología tenga como vivero las universidades y se instale en una pose, digamos, intelectual. Qué reaccionaria, en el fondo, esa necesidad de nuestras “almas bellas” de obedecer al código progre, incluso después que este contradice hechos probados. Es nuestra versión posmoderna y moralista de eso que Nabokov llamaba “filisteísmo”, adaptado a esta época de redes sociales: ahora el apasionado y conformista afán de asimilarse permite zurcir en la apariencia aquel desgarro original entre dos anhelos: el de hacer lo que hace todo el mundo y la ambición febril de pertenecer a un círculo distinguido, a un club de valores exclusivos y de categoría social. El nuevo personaje indepe brilla en las academias, esa variante de aquel “mundo satélite y fantasmagórico” del que hablaba Nabokov, allí donde se sabe un poquito de todo y poco de lo esencial, donde el conocimiento se degrada en consenso conformista y activismo sobre lo falsamente importante, lo falsamente hermoso, lo falsamente inteligente. Es un comportamiento de rebaño que apuesta por la cursilería aceptada; que se engolosina con cualquiera de los clichés relativistas a costa de la verdad y que suele ser manifestado desde una superficial empatía por la Humanidad y sus constantes tragedias, reales o inventadas.

Empatía que disfraza, en realidad, una vulgaridad de ideas adquiridas y una profunda indiferencia de fondo hacia esa misma realidad que, según dicen, tanto los indigna.

Autor: Ernesto Hernández Busto

Fuente: http://www.letraslibres.com/espana-mexico/politica/indagacion-lo-indepe#.Wfo5vj8wx1A.twitter

1 Nov 17

Sobre las mayorías y las minorías

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Es bueno que, atendidos los hechos que vienen ocurriendo en Cataluña, seamos capaces de analizar también todo cuanto se dice, de modo que aclaremos algunos términos. Hace unos días, en el Parlamento de Cataluña, Miquel Iceta vino a decirle a Puigdemont que lo más grave de todo lo ocurrido era que no tenían la mayoría necesaria para proclamar unilateralmente la independencia: que con más votos “catalanes” igual sí, pero que con menos del 50%, imposible. Y es habitual que este argumento se presente como el más importante de todos e incluso el único… con el objetivo de detener las intenciones (delictivas) del independentismo más obtuso. Sin embargo, para desmontar las falacias nacionalistas y, sobre todo, para ganarles la batalla política, conviene hilar fino y acertar con los argumentos que se esgrimen, algo que, desgraciadamente, apenas veo que se logre ni en los principales debates parlamentarios que nadie atiende ni, tampoco, en las principales tertulias televisivas donde se informan unos cuantos millones de españoles.

El problema del golpe a la democracia dado por los independentistas en Cataluña es precisamente ese: que es un golpe a la democracia, no que hayan logrado sacar adelante la votación fraudulenta por una mayor o menor diferencia de votos. El asunto es que la votación fue fraudulenta, y no solo por el procedimiento seguido sino también por el fondo del asunto: lo que se ha venido votando en Cataluña (fundamentalmente, la independencia de la Comunidad Autónoma) no puede decidirse allí… por no hablar de todo lo demás que se ha decidido sin ni siquiera haberse votado.

Y es que, señor Miquel Iceta y otros destacados representantes políticos y mediáticos: la reforma de la Constitución Española, el modelo territorial del Estado o el futuro del país… lo decidimos todos los españoles. Y lo que han pretendido los golpistas catalanes es decidirlo únicamente ellos, declarando unilateralmente la independencia y apropiándose de una parte del territorio nacional… como si ya fueran independientes. Para todo lo cual han optado por saltarse gravemente la legalidad vigente, cometiendo de ese modo gravísimos delitos y vulnerando nuestros derechos cívicos y ciudadanos. El derecho a decidir sí existe: corresponde al conjunto de los ciudadanos españoles y debe ejercerse en el marco de las competencias que disponemos. Así, Cataluña carece de la competencia exclusiva para decidir la reforma de la CE o la fragmentación del Estado.

Daba igual que la declaración de independencia hubiera contado con el apoyo del 70% de los diputados autonómicos catalanes, porque tal cosa no es de su competencia ni puede hacerse. Lo que los independentistas del tipo que sean deberán hacer para alcanzar sus objetivos políticos será defender en el Congreso de los Diputados un cambio constitucional para incorporar en nuestro ordenamiento jurídico el derecho a la secesión de una parte del territorio, cosa que no aparece en ninguna constitución del mundo, salvo exóticas excepciones que ni ellos mismos citan. Una especie de derecho a la rebelión y a la destrucción del Estado. Para ello, deberán convencer a una mayoría de diputados nacionales que tal reforma nos conviene a todos y, a partir de ahí, formular los cambios legales precisos. Hay quien defiende que ni siquiera esto pueda plantearse. Yo no tengo problema en mantener esa vía legal abierta… pero les queda lo más difícil: convencernos a los españoles de semejante idea y de que es mejor romper España que mantenerla unida.

Autor: Gorka Maneiro

Fuente: http://theobjective.com/elsubjetivo/gorka-maneiro/sobre-las-mayorias-y-las-minorias/

30 Oct 17

La izquierda invertebrada

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Es deseable un proyecto político internacionalista, capaz de confrontar al nacionalismo y al injusto modelo de relaciones económicas hegemónico

Dicen que el primer golpe seco producido por la puerta de la celda es inolvidable. Sólo después de eso, los Jordis entendieron una de las características asociadas a la norma de un Estado que se pretenda vivo: la eficacia. Algunos afirman que el hedor, provocado por los intestinos de los depositantes premium tras constatar la posibilidad de transmutación de euros en pujoles estimuló a muchos de los empresarios que habían nutrido las arcas separatistas a abandonar el barco. Otros señalan que la mera visión de un burofax con un membrete de un gobierno invisible, de una tal España -la nieta con trenzas de Franco según TV3-, provocó la inmediata renuncia de un jefe de Policía, cuyo exquisito gusto y olfato no toleran nada que sea español. Curiosa forma de adentrarse en la validez normativa. En definitiva, agitadores profesionalizados, empresarios de seny y políticos displicentes sintieron, en sus emotivos cogotes, el aliento de algo así como un fantasma; como el Godot al que nunca se espera porque no existe: España. Desgraciadamente, tenían sobradas y convincentes razones para pensar así.

Parafraseando, la novela de Semionov, sobre los últimos días de la II Guerra Mundial, los nacionalistas catalanes se encontraban inmersos en sus diecisiete instantes de una primavera. A cada cual más caótico, pero al fin y al cabo, recubiertos de ese celofán tardoadolescente que tanta fortuna hace en nuestras sociedades de autómatas ciegos. De hecho, aún sueñan con la primavera árabe que les conduzca, por la vía de los hechos o de los muertos, a la conquista de la cola de pasaportes del Prat. No obstante, este último sentimiento es nuevo. La idea siempre había sido reeditar, en las cabezas de los autómatas de todas las edades, la sabiduría complaciente de los libros ochenteros que nos prometían el inglés sin esfuerzo en cuatro semanas. Y todo porque España era algo abstracto, una entelequia, un proceso de renuncias, el gorjeo lejano de un grillo tras una noche de barbacoa veraniega.

Las recientes apelaciones a que la psiquiatría deba explicar la actitud de los líderes separatistas son absolutamente infundadas. En realidad, tienen motivos para pensar y actuar así. El cumplimiento de la norma ha sido optativo. La presencia del Estado irrisoria. La atención a los catalanes no nacionalistas insultante. Mejor, indigna.

Las responsabilidades están repartidas a derecha e izquierda. No obstante, la izquierda nominal ha tenido un papel decisivo en la construcción y éxito del relato nacionalista. El PSOE cimentó un tripartito en Cataluña que asumió los postulados del nacionalismo. Desarrolló los pactos con el pujolismo y cercenó cualquier mínima veleidad internacionalista en su seno. Al contrario, siempre se mostró exultante con la colonización que el PSC hizo de los rescoldos de un imaginario español que se extinguió proporcionalmente a su socialismo. De hecho, sus políticas antisociales fueron contestadas en las plazas con nitidez, sencillez y realismo: “No nos representan”, decían los manifestantes a ZP y a Mas. Cuando un partido deja de ser obrero, socialista y español, se convierte en el partido; una herramienta que permite ganar elecciones contra un contendiente erosionado por un turnismo gris. Pero nada más.

IU siguió un camino semejante. La integración del nacionalismo en su ideario aniquiló al viejo PCE, que continuó su caída libre bajo el pseudónimo de IU. Finalmente, se travistió en algo que se denominó Podemos, donde las inercias suicidas de la vieja tradición “llamazárica”, interpretada por sus ayudantes bolivarianos, se agudizaron hasta convertirse en el actual cadáver político. Su papel en la tragicomedia separatista ha acelerado su descomposición. Por un lado, la foto grupal de Vista Alegre ha quedado reducida al amado líder; por otro, se confirma que es un partido inhabilitado para gobernar España. Esta izquierda invertebrada ha querido hacer del libro de Ortega una profecía autocumplida.

Y no es cuestión de sentimiento. Como bien señalaba Savater, uno no se siente español, sino se sabe español. Una España felizmente vertebrada como proyecto colectivo, como representación del esfuerzo de nuestros abuelos por abandonar la miseria a la que condujo el cainismo y la incultura. Como un estado en el que existe un notable consenso en torno a los derechos sociales, como probó el 15-M. España es ahora un país de ciudadanos hartos de dirigentes que no creen en él o se avergüenzan de sus símbolos. De ciudadanos hastiados de una izquierda que en vez de confrontar el nacionalismo, lo asume y promueve. La ensoñación estaba justificada.

Es deseable un proyecto político internacionalista, capaz de confrontar al nacionalismo y al injusto modelo de relaciones económicas hegemónico. Una izquierda con un programa sólido en favor de la justicia social y de un proyecto común que ha superado sus complejos y al que denominamos España. Un país que se sabe capaz de afrontar desafíos y cuya esperanza es derribar fronteras.

Autor:Rafael Rodríguez Prieto

Fuente: http://www.diariodesevilla.es/opinion/tribuna/izquierda-invertebrada_0_1186381760.amp.html

 

28 Oct 17

Mandamiento

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Una Cataluña sumisa y humillada debe ser mucho peor que una cívicamente rota, empobrecida, intolerante y reprobada

El primero: no humillarás. Los mismos que durante dos décadas no vieron especial peligro de ello en la inmersión lingüística, la manipulación de los textos educativos, el casi risible sectarismo antiespañol de TV3, el ofuscamiento de los símbolos del Estado, las pitadas al Rey, etcétera, están hoy muy alerta ante la amenaza que supone aplicar el artículo 155. ¡Cuidado con los abusos! ¡Se ha despertado ese endriago infernal, el nacionalismo español! Es pecado mencionar los lúgubres precedentes de anteriores aventuras separatistas. Y nada de cárcel, ni del mínimo menoscabo de unas instituciones de autogobierno que han sido utilizadas de modo impropio y torticero, hasta provocar la división entre los catalanes y la crisis más grave en España desde el comienzo de la democracia. “¡Quieren una Cataluña sumisa y humillada!”, clama Puigdemont. Lo cual debe de ser mucho peor que una Cataluña cívicamente rota y empobrecida, intolerante con su amplísima disidencia interna, reprobada por los representantes de la Europa unida que quiere seguir estándolo, mintiendo a diestro y siniestro para justificar lo injustificable. Pues nada, antes muerta que humillada, qué se habrá creído Rajoy, violento y franquista. En fin…

Humillar a alguien es someterle a la arbitrariedad, no al cumplimiento de la ley. Al contrario: según Hegel, si no se castiga legalmente al delincuente se le humilla, porque se le trata como si no fuera humano, es decir, responsable. Y desde luego se humilla al resto de los ciudadanos que cumplen las leyes para asegurar sus libertades. Claro que no se debe ir más allá de la legalidad: por ejemplo, condenando a los maestros que enseñan a los niños a detestar y perseguir a algunos de sus conciudadanos a limpiar letrinas con la lengua. Eso solo pueden quererlo los energúmenos… como, por ejemplo, yo.

Autor: Fernando Savater
Fuente: https://elpais.com/elpais/2017/10/26/opinion/1509035038_117132.html?id_externo_rsoc=TW_CC